La magia de las chapitas

Una brillante idea, promovida por un gran aficionado del norte, sin más representación que su propio amor por la fiesta, ni más interés que el de erradicar el fraude, ha empezado a tomar forma y a cambiar la fisonomía de los tendidos de las plazas de más categoría. Tanto en Sevilla hace algún tiempo atrás, como ahora durante San Isidro, los aficionados y público interesado han comenzado a lucir una chapita en su pecho llamando a combatir el fraude y a recuperar aquello que le da, en carácter exclusivo, el sentido y la dignidad a la fiesta: la integridad del toro de lidia.

La idea fue acogida sin reparos desde un principio por todos los aficionados honestos que vieron en ella una forma discreta pero directa de hacer llegar su pensamiento, no sólo a la Autoridad, que ésta ya lo conoce desde hace tiempo, sino también a aquellos no demasiado preocupados, hasta el momento, por establecer lo que es la esencia de la tauromaquia; aquel espectador que, sin mala intención, va a la plaza a divertirse y no acepta que le estropeen la fiesta aunque sea recordándoles que lo que están viendo es un sucedáneo vil de aquello a lo que tienen derecho y por lo que han pagado buenos dineros. La protesta desde el tendido, con ser no solamente necesaria sino indispensable, debe ir complementada con una labor más directa de información y toma de conciencia que normalmente se lleva a cabo a través de la escasísima prensa que todavía defiende la integridad de la fiesta o de los coloquios de algunas Organizaciones, aunque por lo heterogéneo de su composición éstos también puedan provocar todavía más confusión entre aquellos que intentan, con la mejor de las intenciones, ampliar sus conocimientos.

Por otra parte, una característica recurrente en el público que ocupa mayoritariamente los tendidos es que su preocupación por la fiesta comienza cuando empieza la corrida y termina dos horas después. Suelen no leer la prensa (y, actualmente, hacen bien) ni mucho menos la literatura de referencia. Si llegan a ver televisión se verán bombardeados por información interesada que probablemente no les aclarará el concepto fundamental que se debe defender, e incluso, en el peor de los casos, les inculcará esa mentalidad pasiva y consentidora que tan bien viene a los mercaderes taurinos.

Es por eso que se impone buscar caminos por los que llegar al público con un mensaje veraz y decidido, pero sin forzar entradas con actitudes que pudieran ser contraproducentes por malentendidos. Uno de esos caminos lo ha constituido la aparición de las chapitas reivindicativas del toro de lidia, las que han despertado la curiosidad de los asistentes, muchos de los cuales no solamente han tomado conciencia de un problema al que no le atribuían la importancia que realmente tiene -si es que no lo desconocían del todo-, sino que han tomado partido y accedido a lucirlas, sumándose a una pelea en la que los aficionados tradicionales estaban relativamente solos y que constituye la herramienta de salvación de un arte que se está perdiendo a pasos agigantados.

El hecho de haber logrado que gente que nunca se había propuesto llevar a cabo acción alguna de protección de la integridad de la fiesta haya querido colaborar tan entusiastamente hasta llegar a sitios inverosímiles, como el callejón de la plaza de Las Ventas o la esclavina de un capote de brega, aunque fuera durante el efímero tiempo de una fotografía, ya nos hace concluir que la iniciativa ha sido todo un éxito y congratular al excelente aficionado que la planteó y llevó a cabo con esfuerzo y sacrificio.

Pero hay otro factor agregado que quizás no haya sido considerado en el proyecto inicial, y que tiene tanto o más valor que el buscado, y es el de haber conseguido la unidad de los propios aficionados. Desde que surgió la iniciativa no hubo ningún aficionado honesto que planteara objeción alguna y todos se manifestaron dispuestos, cualesquiera que haya sido su posición puntual respecto a metodologías o concepciones de la fiesta, a llevar adelante la campaña alrededor de lo que realmente nos interesa a todos. Qué bueno sería si esa claridad de conceptos respecto a la integridad del toro de lidia la conserváramos y no la perdiéramos de vista como propósito unitario, relegando todas las diferencias periféricas a un segundo plano y consiguiendo unir a toda la afición cabal alrededor de un propósito común. Esa es la única forma de hacer frente a ese enemigo tan poderoso que es la cohesión de los taurinos, quienes sí han tenido el buen juicio de dejar de lado animadversiones pequeñas y juntarse para defender sus intereses comunes. La única arma de la afición contra esa barrera de poder es la unidad. Unas modestas chapitas de fondo rojo, con letras blancas que llaman a recuperar lo que nos han quitado, lo están demostrando.

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