D. Octavio Leiro y D. Fabrice Torrito. Mayorales

El pasado jueves nos visitaron en Casa Patas dos representantes de uno de los gremios que más admiración y respeto despierta entre nuestros socios, los mayorales de bravo.

Fueron dos mayorales, un español y un francés, los que trajeron otro jueves más El Toro a nuestra casa; Octavio Leiro, mayoral de Flor de Jara (antiguo Bucaré) ganadería formada con reses de procedencia Santa Coloma-Buendía trasladadas el pasado año desde tierras andaluzas a la sierra madrileña y de Fabrice Torrito, mayoral de Marqués de Albaserrada, mítica ganadería sevillana que vive hoy recordando glorias pasadas.

Tras presentar a nuestros invitados comenzamos visionando una película producida por la Asociación Nacional de Mayorales que llevaba por nombre “Mayorales, profesión legendaria” y que nos ponía en situación sobre esta bella y admirada profesión para todos los amantes del toro en su medio.

Este oficio de Mayoral que imaginamos desde el ideal del toro, la dehesa, las labores de campo, no está pagado sino es con la satisfacción de como nos comenta Fabrice, “saber cada día que lo que voy a hacer me va a gustar” pero por otro lado, este trabajo está lleno de sacrificios, la vida del campo es muy dura y los animales no pueden esperar a ser atendidos si hiela o llueve ellos no distinguen entre días laborables o festivos, el campo abre todos los días.

Es poco habitual encontrar un mayoral que tenga una historia como Fabrice. Nacido en Nimes y habiendo estudiado finanzas, quedó desde joven fascinado por la fiesta. Algunos acontecimientos, como la corrida de Guardiola Fantoni que Luis Saveedra desenjauló en Nimes en el 89 para ser lidiada por Nimeño II, dejaron en Fabrice imágenes que aun hoy permanecen impresas en su memoria; observar los justos movimientos del maestro mayoral.

Pronto, sin tan siquiera saber montar, visita España y tal como él nos comenta “como maletilla de vaquero” se ofrece para trabajar de forma gratuita con tal de aprender el oficio de hombre del campo bravo y de “respirar el toro”. Hoy, después de haber pasado por Sánchez Ybargüen y Lora Sangrán, es el mayoral de Marqués de Albaserrada, casi ná.

A Octavio Leiro le viene de antiguo. Empezó con su hermano Luis Miguel Leiro, picador de los buenos, mejor dicho, de los pocos buenos. Empezó como decía con su hermano con un primer proyecto de ganadería de procedencia Domecq y tras esto no ha dejado el campo. Ahora lleva un año y pico con lo de Bucaré, hoy Flor de Jara, reses santacolomeñas que el diestro Carlos Aragón Cancela compra y trae desde Sevilla a nuestra sierra madrileña. Sobre lo de Santa Coloma le preguntamos al mayoral si añade este encaste dificultad de cara al manejo y Octavio no tiene duda; “el manejo está en las manos, no en el encaste”. Nos dice que lo que sí marca diferencia en la dificultad de manejo son las fincas o su orografía, los campos andaluces, mucho más abiertos, son más complicados para el manejo que las fincas de la sierra en Madrid. En esto del manejo Fabrice esta de acuerdo con Octavio, lo importante son las manos del ganadero, todo hay hacerlo suave, molestando lo menos posible al toro.

En La Mirandilla, dentro del monte bajo de Sevilla, Fabrice acostumbra a correr los toros en vacío; esto quiere decir que los hace atravesar cerrados con cancelas abiertas para luego así el día que tiene que realizar cualquier tarea que exija desplazar o encerrar a los animales, estos se dejen guiar con mayor facilidad. No le gusta a Fabrice la modernidad en el campo si no está justificada, “no se por cuanto tiempo será, pero mientras yo sea mayoral en Mirandilla, no entrará una garrocha de fibra de carbono”.

Otra práctica habitual en el manejo es acostumbrar a los toros enganchándoles poco a poco con la comida.

Algo que llama la atención es que, según nos contó Octavio Leiro, las fincas o el clima, hacen que los toros sean diferentes. Los toros que pastan en Colmenar, con sus cambios de temperatura en día y noche, en verano e invierno, hacen el toro más fino; dice Octavio: en Colmenar la hierba es más fina y esta hace al toro también más fino.

Llama la atención que estos hombres curtidos por el sol, el hielo y mil batallas entre las bestias, tengan el corazón de poeta. En el campo se habla muy poco, pero cuando ellos hablan del campo y del toro, recitan a Lorca y cantan a Camarón.

Cuando hablamos de la estrecha relación que debe tener el ganadero con el mayoral, ambos coincidían en que esta debe ser fluida y mantenerse en buena sintonía ya que las decisiones que afectan a la selección y por consiguiente a la evolución de la ganadería, son tomadas de forma compartida, teniendo muy en cuenta la opinión del mayoral. Y aunque los invitados no lo dicen, sabemos que en muchas ganaderías es el mayoral el que dirige y decide el rumbo. Por otro lado, sin entrar en más consideraciones, es de cajón.

Hablamos de las escuelas de mayorales, que parecen ser una afortunada iniciativa en un ambiente taurino en que este oficio está perdiéndose. De todas maneras, hubo un comentario de alguien entre el público presente, que apuntaba que el problema no es que no haya gente con buenos conocimientos como para poder ser un buen mayoral, sino que la gente del campo quieren que estos, además de mayorales y por sueldos poco razonables, hagan tareas agrícolas, de fontanería y si toca de albañil, pues de albañil. Y siendo todas estas profesiones muy dignas, el mayoral debe estar a lo suyo, al toro.

Hablando y hablando se nos echó el tiempo encima, fue un placer contemplar que al margen de donde se nazca, en el campo bravo sólo se habla un idioma; un idioma expresado con muy pocas palabras y que nadie lo puede enseñar mejor que los propios toros.

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