Un oasis de casta llamado Comeuñas


  • Rafael Rubio “Rafaelillo”: (de frambuesa y oro): Pinchazo hondo, pinchazo, media perpendicular y un descabello (leves pitos); cuatro pinchazos y dos descabellos (bronca); en el que lidió y estoqueo en sexto lugar por la cogida de Javier Castaño, estocada desprendida (silencio).
  • Javier Castaño: (Celeste y oro): En el único que mató, tres pinchazos, estocada entera atravesada y tres descabellos (palmas).
  • Luis Bolívar: (Verde manzana y oro): Pinchazo y estocada entera desprendida (pitos); media desprendida (pitos).

Incidencias: El matador de toros Javier Castaño resultó cogido en el segundo de la tarde cuando se disponía a solicitar el cambio de tercio, siendo volteado, sufriendo un esguince cervical y traumatismo craneoencefálico que le impidió matar el quinto. Ingresó en la enfermería tras la muerte del segundo toro.


Existe un oasis de casta en la cabaña brava española. Una reserva natural de bravura dentro del inmenso desierto de descaste de las ganaderías que se dicen llamar de toros bravos. Un rincón en el que el toro es TORO (con mayúsculas y con todas las letras). Un lugar llamado “Comeuñas”, sito en la carretera onubense que une Trigueros con Gibraleón. En esa inmensa finca el toro es el rey. Al toro se le respeta, se le mima, se le cuida y se le cría como siempre. Dándole el espacio que requiere, la comida que necesita y la selección que la familia Cuadri lleva a cabo desde hace más de cincuenta años. Un toro con personalidad propia, con carácter y con rango de toro. A la arena de las Ventas saltaron seis ejemplares cuajados, hondos, serios desde la mirada hasta la penca del rabo.

En primer lugar salió al ruedo el ejemplar más bravo de toda la corrida, el de mejor nota en el caballo. Pronto y alegre, empujó siempre humillado y con poder. El astado se empleó mucho y fue duramente castigado por el del castoreño. Esperó mucho en banderillas, como es impronta en este hierro. Rafaelillo brindó al público e inició por bajo su trasteo saliéndose hasta el tercio. A la faena le faltó acople y decisión. Acortó las distancias de forma injustificada y no lo probó al natural hasta el final de la faena, cuando el cuatreño ya se lo pensaba más.

Javier Castaño era el gran esperado de la tarde. En la retina del aficionado aún perduraba el grato recuerdo del gran tercio de varas que nos regaló en este mismo escenario hace apenas dos días. También en esta ocasión ejerció como un auténtico director de lidia. Colocó al burel con cirujana precisión y dominó los terrenos como los maestros de antaño, mas cometió un error imperdonable. Cuando se dispuso a solicitar el cambio de tercio, al entender que el toro ya estaba picado, le perdió la cara durante medió segundo, el mismo tiempo que empleó el astado en arrancarse hacia su lidiador y propinarle una fortísima voltereta. Fuerte fue el impacto y dramática la caída, ya que el cuello de Castaño golpeó torcido contra la arena. Las consecuencias del percance pudieron haber sido trágicas, pero afortunadamente y después de unos momentos de confusión, el lógico mareo y el agua milagrosa, Javier consiguió rehacerse y pudo matar a su oponente. A la muerte de este “Aragonés” tuvo que ir a la enfermería, de donde ya sólo salió camino de la clínica para continuar las pruebas radiológicas, dejando en suerte a Rafaelillo el quinto de la tarde, que a la postre se lidió en sexto lugar.

Aunque visiblemente lastimado y mermado físicamente, Castaño anduvo decoroso con el toro que le había prendido y brindó al público. Tuvo la claridad de entender que el Cuadri le ayudaría más en los medios y allí fue donde construyó su faena. Hubo pasajes meritorios, incluso lances de bello trazó pero sin ligazón. Sin llegar a ser una obra maciza, el espada salmantino apuró las embestidas del astado, lo que repercutió negativamente a la hora de acabar con su vida. Escuchó palmas.

La tarde había quedado marcada por la voltereta de Castaño. Era la hora de Bolívar, a quien le correspondió en primer lugar, un burel con mucho motor aunque nada fácil. Con el capote ya repuso aunque humillando. Ismael Alcón hizo muy bien la suerte de varas, destacando el segundo puyazo, en el que tuvo temple para mover al caballo, valor para esperar y habilidad para colocar el palo en todo lo alto. En la muleta acentuó sus cualidades y defectos. Faltó acople en varios tramos de la faena pero cuando el colombiano consiguió engancharlo hubo momentos muy meritorios. Con mucho picante por el pitón derecho, consiguió instrumentar varios naturales aislados de mucha importancia. La afición le trató con excesiva dureza e incomprensión.

Se invirtió el orden de lidia para evitar que Rafaelillo matara dos toros seguidos, por lo que en quinto lugar salió el sexto. Muy reservón de salida, soseó en los primeros tercios pero se vino arriba en banderillas. Llegó a la muleta de Bolívar muy espabilado. También en los medios, Luis le aguantó mucho. Es cierto que faltó acople y que un desarme en mal momento hizo que su labor se viniera abajo, pero también es cierto que la gente se impacientó con él y no supo ver las complicaciones, que eran muchas, que tenía el toro. Bolívar se pegó un auténtico atragantón, exponiendo una barbaridad, supo correr la mano en un ramillete de muletazos de largo trazo. No consiguió hilvanar ninguna tanda rematada por lo que no consiguió llegar a los tendidos. Tras una media desprendida, el Cuadri herido de muerte, tuvo una arrancada espectacular antes de caer patas arriba. La afición no supo reconocer la disposición, entrega, pureza y honradez del diestro colombiano.

Rafaelillo pegó un auténtico sainete con la espada en el cuarto. La verdad es que lo único que se le podía pedir ante ese ejemplar era una buena estocada, ya que fue imposible. Muy reservón, tan sólo tuvo medias arrancadas y con malas intenciones. La lidia que le instrumentaron tampoco colaboró a corregir los defectos de la res. Al que cerraba la tarde, el murciano lo recibió con una larga cambiada de rodillas. Un animal de impresionante lámina que fue ovacionado de salida. Rafael tuvo un momento de duda con el capote que a punto estuvo de costarle un percance. A estos toros no se les puede dudar. Cumplió en el caballo. Mal lidiado, con muchos recortes en el capote del peón, el toro fue el de más clase y calidad del encierro. Su matador estuvo desconfiado y no lo vio claro en ningún momento, llegando a dar la sensación de verse desarbolado. No supo estar a la altura de la condición de su oponente.

Corrida nada fácil para los profesionales ni cómoda para los toreros. Todos los animales tuvieron emoción e interés. Todos fueron distintos, los hubo bravos, con motor, nobles, peligrosos y enclasados, pero todos tuvieron el común denominador de la casta. La casta, ese ingrediente que nunca debe desaparecer en el toro bravo y que hace que todo cuando acontece en el ruedo tenga una emoción y una autenticidad que sólo puede alcanzar este espectáculo. Eso fue lo que llegó al aficionado, esa sensación de ver toro a lo largo de todo el festejo. Toro toro después de todo un serial, salvo puntuales excepciones, de ver carne de medio toro amoruchado que tan de moda está en estos días. Por eso fue por lo que el mayoral fue aclamado por la afición y obligado a saludar envuelto en una calurosa y sincera ovación cerrada. Don José puede decir bien alto que crió, durante más de cuatro años, una auténtica corrida de toros en su oasis de Comeuñas.

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