Victorino, un ganadero entero y sincero

El último «Tendido Cero» nos recordó la opinión de un salmantino del siglo pasado, que prefería indultar en casa a que le indultasen en la plaza. Lo que completaba Guillermo García-Palacios, representante de Albarreal, explicando que la selección de ganado bravo comporta tal dificultad que convierte la labor en apasionante y termina haciéndola un veneno para enamorarte de por vida, siendo lo mejor mezclar tres factores: familia (los libros), hechuras (el campo) y conducta (la tienta). En la corrida solo cuenta el tercero.

Bravura de alquimia
El pasado martes 8 estuvo en Almodóvar Victorino Martín, sin que yo lo oyera. Su presencia en los círculos taurinos se considera por sí sola un acotecimiento, pero en Almodóvar del Campo le hace hervir más al ambiente la pasión por el toro de sus habitantes, de la que han hablado los periódicos antes y después de visitarlo el famoso alquimista de la bravura.

Donde tuve oportunidad de oírle fue en la tertulia del jueves 3 en Casa Patas, sede de la prestigiosa peña «El Toro de Madrid», con el recinto hasta la bandera. Dos horas estuve de pie constatando la atracción de esta divisa, superior sin duda a las que ejercen otras, también míticas, cada una en su estilo. Victorino va camino de superar las leyendas de Miura y Veragua-Domecq, no en el orden temporal, pero sí en el emocional. Entre mil honores más, posee la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes de 2013 y un azulejo en la puerta grande de Las Ventas, instalado a bombo y platillo el 6 de junio de 2016 en acto de inusual aglomeración: «Ganadero infatigable y ejemplar, defensor de una tauromaquia íntegra, leyenda de la cabaña brava española».

Pero yo no escribo aquí para narrar las excelencias que apabullan al hierro y su titular desde hace medio siglo. Solo haré dos consideraciones al hilo de la charla madrileña del día 3. La primera, que, tras recordar el hijo lo que piensa su padre de las eralas («hasta los tenderos les dan pases»), nos dijo que ellos tientan las vacas de utreras y las cubren a los tres años, logrando mejor selección y crianza, porque una res brava no tiene definida la personalidad ni conformado el carácter a los dos años; y porque, si a la madre primeriza le añades inmadurez bilógica, la paridera corre riesgos que no tienen los partos de maduras. ¿Inconvenientes? Los hay, pero económicos, pues cada hembra produce un becerro menos en su vida útil y las desechadas suman otro año de gastos no compensable en carne. Pero vale la pena sacar ejemplares más hechos, alega el viejo y sabio padre. Mi aplauso para él.

Los tres tercios
Otra consideración tiene que ver con la pregunta que le formulé en el coloquio, tras confesar en su exposición que aspiraban a toros para los tres tercios, por la evolución de los espectadores y para cohonestar los gustos toristas y toreristas. Premisa de mi pregunta era también que esta temporada había obtenido tres indultos, cinco vueltas al ruedo y tres salidas a hombros, pensando yo si no estaría cambiando la esencia del encaste, pues actualmente se premian los toros que siguen ciegamente el engaño, sin mirar al torero ni crearle problemas, posibles de torear por cualquiera que se vista de luces y no solo por los dominadores de ‘enemigos’ que venden cara su dominación después de haber demostrado poderío frente a picadores y peones. En definitiva, se premia el toro comercial que agrada más al espectador que al aficionado.

Con más convicción él que yo, me contestó que no quieren distraer su atención de los otros dos tercios, sino mejorar el tercero salvaguardando el primero. Ojalá, porque eso mismo dijeron en ese foro todos cuantos por él pasaron: Miura, Fuente Ymbro, Baltasar Ibán, Palha, Montealto…. y, por supuesto, los Domecq y sus reatas. Siempre que lo oigo, ¡lagarto, lagarto!: buscan trocar fiereza por nobleza; hacer de las avispas mariposas.

A los toros encastados no les llueven indultos. También es cierto que los públicos pedigüeños y los presidentes munificentes solo miran la muleta. Preocupa que a los victorinos —admirados por su movilidad, su espabilo, su testuz inteligente, su inquieto sentido y su arranque al caballo— los colmen de devoluciones a la dehesa desde plazas y festejos no siempre mayores. Hasta 2012 fueron cinco, menos de una por década. Desde entonces, siete, casi una y media por año, tres de ellas en 2016. La mitad de todas, en pueblos. Una realidad hecha preocupación que someto a meditación. Cualquier cosa menos rendirse a la moda. Victorino no ha necesitado indultos a gogó ni vueltas a mogollón para hacerse histórico. Los criadores coleccionistas pueden seguir el rumbo que quieran, pero que padre, hijo y nieta Martín no dejen el suyo. Nada tienen que envidiar. Son los envidiados. Se trata de un dilema ante el que no quisiera verme, pero aconsejar no cuesta trabajo ni dinero. Por eso lo hago. No sirvo para más. Ellos sí.

Escrito por Eduardo Coca Vita.

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