Volver a Zamora por San Pedro

Los recuerdos taurinos de Zamora se pierden en los tiempos que íbamos a ver a Julio Robles, ¡que de ahora es! y antes de acudir a la plaza nunca faltaba la cita a comprar los ajos en Las Tres Cruces, visitar la feria de la cerámica y también aquella del vino y el queso, que son dos delicias gastronómicas de la tierra y en la que había que medir para no pasarse a la hora de beber tantas ‘pruebas’. Y eso sí, por medio un montón de cañas en esa ciudad de tanto encanto y que echa la casa por la ventana con la llegada de estos días del patrón. Entonces siempre estaba aquel brilló que resplandecía en esas tardes de toros que completaban los tres cuartos largos y, muchas veces, se rozaba el lleno. Con corridas cuajadas y palcos serios que daban las orejas si de verdad se merecían. Como aquel año que a Espartaco le tocó en suerte un astifino toro de Antonio Pérez y se jugó la vida en una faena colosal, mientras su padre daba saltos por el callejón gritando “¡aquí ni una más!”. Espartaco le cortó, creo, que el rabo y al año siguiente volvió, ya en los tiempos que su progenitor no dejaba un pitón sano en las fincas; pero en Zamora no tragaron con las amenazas de irse a la hora del sorteo, ni en esa ocasión, ni en ninguna, porque había un rigor y una seriedad. Y por más que en los años de su máxima fuerza taquillera intentaron que cedieran a las exigencias lo cierto es que Espartaco fue un fijo en San Pedro y hasta ofreció otra inolvidable actuación junto a su hermano, Espartaco Chico, en la que al final la plaza se llenó de aficionados y de chavales en la multitudinaria salida en hombros.

Y entre Espartaco y el esplendor de su gran figura, el villalpandino Andrés Vázquez, junto a El Viti, que tantas tardes toreó en San Pedro y también la feria de septiembre –que tuvo su postín y desde hace años está en la papelera del olvido-, sin olvidar a Camino, El Cordobés… por medio estuvo otra gloriosa época en la que en numerosas ocasiones torearon El Niño de la Capea y Julio Robles, quienes llenaban de charros la vecina ciudad; porque además los dos contaron con muchos seguidores en esa tierra. En la que ofrecieron faenas para el recuerdo, siempre con ese toro serio e integro que se lidiaba; un poco por encima del de Salamanca y Valladolid. Era época de Juan Gutiérrez Puerta, que llegó tras estar una larga época de empresario González Vera, junto a su cuñado Felicísimo Tejedor, con los que Zamora vive su particular edad de oro en el toreo.

Entre añoranzas uno se pierde y olvida que cada 29 de junio el calendario nos devuelva a San Pedro y regresa la Feria a Zamora para vivir el encuentro anual con la ciudad y con sus gentes, entre ellos numerosos amigos. Sin embargo, la Zamora taurina ha cambiado para dejar de ser un ciclo marcado por el toro serio. Ahora ha abierto de par en par las puertas a la moda del triunfalismo impuesto en la Fiesta actual en la que la salida en hombros predomina en el espectáculo y es lo que buscan a cualquier precio los protagonistas. Los protagonistas de esta Fiesta a la que deben cambiar el nombre de los espectáculos y llamarlo ‘corrida de toreros’, que en vista de cómo está la situación es más acorde que el de ‘corrida de toros’.

Yo me pregunto, ¿ha servido de algo cambiar el sino de esa plaza que tuvo rigor y sentido torista al actual de triunfalista? Los resultados ahí están y no son otros que, de año en año, se pierde gente. Si, gente, que ahora va menos que hace tres o cuatro ferias, en los que aún se lidiaba el toro de verdad. Y me refiero a público, porque aficionados desgraciadamente ya quedan muy pocos. Pero en Zamora y en cualquier lugar. Y es que el toro de ahora, tan justo de fuerza, sin peligro alguno, sin existir la suerte de varas más que en forma de un simulacro y al que les cortan las orejas las mal llamadas figuras gracias a un público –que no aficionados- amaestrado e ignorante que acude a las plazas ya convenido de que deben pedir las orejas.

Por eso la Zamora taurina de ahora con tantas orejas y con sus habituales salidas en hombros nada tiene que ver con la de su añejo encanto. Recuerdo que, como dije antes, de chaval y mocete ví varias veces a Julio Robles en esa plaza y creo que ninguna salió en volandas, pero de todas quedó algo que se perdura en los almacenes del recuerdo. Un quite, unos naturales, unos ayudaos por bajo que después de tantos años siguen frescos en la retina. Al igual que el arrimón de Espartaco el año del rabo. O el posterior que se picó con su hermano. O alguna mas de entonces. Sin embargo, ¿qué recordaremos de este ciclo en el futuro? Nada, como suena. Pero alguna puede referirse a la faena de Ponce y le diré que el maestro valenciano está en un magnífico momento, de los mejores, pero ese cuarto toro que desorejó es más propio de un festival.

Porque una corrida de toros es una cosa muy seria. Y como no se busque un toro que lleve emoción al tendido no nos llamemos a engaño, que de esta forma se está echando a la gente de las plazas y eso no se puede ignorar. Aunque la foto sea una salida en hombros.

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