La gloria de la Puerta Grande

8 de junio de 2017. Plaza de Toros de Las Ventas. Vigésimo noveno festejo de la feria de San Isidro. Más de tres cuartos de plaza.

Cinco toros de Alcurrucén, serios, descastado el primero, muy nobles segundo y tercero, encastado el cuarto y con dificultades el quinto; un toro de El Cortijillo que hizo primero en el orden de lidia, manso.

Manuel Jesús, El Cid (azul marino y oro); estocada tendida y descabello (silencio); pinchazo y estocada trasera (saluda desde el tercio).
Joselito Adame (verde botella y oro); pinchazo sin soltar, otro hondo pescuecero, otro más -aviso- y tres descabellos (silencio); estocada que hace guardia -aviso-, pinchazo que escupe, otro sin soltar y bajonazo (silencio).
Juan del Álamo (blanco y plata); estocada (oreja con petición de la segunda y dos vueltas al ruedo); estocada (oreja).

Presidencia: D. Trinidad López-Pastor Expósito. Correcto, quizá demasiado exigente en no conceder la segunda oreja a del Álamo aunque tampoco se le puede criticar por ello.

Suerte de varas: el acostumbrado concierto de puyazos traseros, algún que otro rebrincado, picotazos, no faltó el apuntado al costillar repartidos en esta tarde entre el picador de tanda y el que hacía puerta; toda una suerte de despropósitos. Solo se salva una vara bien señalada de Juan Francisco Peña de la cuadrilla de Juan del Álamo.

Cuadrillas: vulgaridad y a cumplir el papel. A reseñar dos buenos pares de “Lipi” en el cuarto toro.

Tuvimos las dos conocidas versiones de El Cid: el desangelado torero en su primero y la encajada actitud en su segundo toro. Estuvo mal en el de El Cortijillo, destemplado, sin mando, dudándole por ambos lados, tropezones continuos de muleta… El toro era un manso que le transmitió su aburrimiento y falta de ilusión al torero, que por suerte para él y por el cariño que esta plaza le tiene se le silenció lo nada hecho. Distinta fue la faena con el de Alcurrucén, muy noble en la embestida, en ocasiones araba con el hocico siguiendo con fijeza la muleta que le presentaba el torero vaciando la embestida en los muletazos y en dos tandas de naturales hondos, para adentro, pero no tan bien rematados con el de pecho. Puso fin con muletazos plenos de ligazón y las ya inevitables y manidas poncinas. Y el Cid no sería El Cid sin pinchar el toro, que es lo que pasó. Adiós triunfo.

Pasó Adame sin pena ni gloria. Dos muletazos por alto con sabor, una aseada serie por la derecha, naturales despegados y echando fuera el toro c0n el pico de la muleta. Eso en su primero. Su segundo, un toro encastado, se le fue. Salvo los estatuarios de inicio y unos ayudados por bajo, pases y más pases sin orden ni concierto.

La tarde fue de Juan del Álamo. Engañó su primer toro de principio que de salida olía la arena, amagaba con embestir los capotes, probaba, gazapeaba en la embestida saliendo suelto y abanto para dirigirse alternativamente a uno y otro picador. Allí nadie daba un duro por el toro. Pero cambió radicalmente en la muleta; noble donde los haya. Lo tomó el diestro con un inteligente y precioso trasteo por bajo, hoy muy en desuso, sacando la muleta en el remate por debajo del hocico. Los ayudados rodilla en tierra fueron muy enjundiosos finalizados con un ¡ahí te quedas! Y ya el personal comenzó a calentarse. Lo muletazos hondos, sentidos, llevando al toro muy toreado en que temple y lentitud coincidían. Un garboso afarolado para llevarse la muleta a la izquierda en series de naturales extraordinarios girando la cintura al compás del toro acompañándole en el viaje con el colofón de los magníficos de pecho. Remató con tres ayudados y trincherilla y la gente enloqueció, más cuando lo mató de una estocada ¿algo caída? pidiendo las dos orejas. El presidente solo concedió una y la bronca fue épica con la desesperación general; unos se tiraban de los pelos, otros se los mesaban, había quien se abría la camisa, mi vecina se golpeaba la cabeza con el abanico cerrado con gestos de desesperación, al funcionario lo llenaban de improperios. En fin… oreja y dos clamorosas vueltas al ruedo.

Su segundo fue un toro complicado que se quedaba corto, metía arrones y a las primeras le desarmó. Pero tirando el diestro de casta le plantó cara, aguantó la embestida violenta y lo metió con cuajo en la muleta en unos derechazos llenos de emotividad. No fue lo anterior, pero fue faena de torero macho dispuesto a que no se le escapara el triunfo. Y con lo que vio en los tendidos esta vez el presidente no se atrevió a negar el trofeo.

Muy bien Juan del Álamo. Salió a hombros por la Puerta Grande y ojalá que lo de hoy le sirva en su futuro profesional.

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