El abonado penitente

 

El abonado penitente se sienta de nuevo en su localidad isidril. La plaza, la misma que en las temporadas anteriores. Los aficionados (que no el público), los mismos que en las corridas fuera de abono. Los clarines, los mismos que en las novilladas del verano. Los pasodobles, los habituales desde que la plaza es plaza…  ¿La diferencia?

El abonado penitente piensa sobre ello… hasta que le sacan abruptamente de sus pensamientos para decirle algo tan taurino como que “esta primavera la niña ha hecho la primera comunión”. Cosas de la vida social. Entonces vuelve sus ojos al ruedo, donde saltan a la vista las hechuras menguantes del ganado de este año, algo que a su alrededor parece no importar demasiado. “Chico, cuando puedas, tres cervezas y una coca-cola”… “¡Qué horror, este año solo hay Pepsi!”.

El abonado penitente trata de concentrarse mientras el presidente se hace el sueco ante una borrega derrengada que trata con dificultad evitar derrumbarse sobre la arena…  Sí, la misma sobre la que la crítica (siempre tan independiente) dirá al día siguiente que era algo justita de fuerzas pero “enclasada” y “con calidad” … Sin embargo, no es fácil concentrarse. “Resulta que ahora el banco me sube la comisión de mantenimiento” …  “¡Qué partidazo el del Madriz ayer!” … “Hombreee…  ¡eso no es del carburador!”…

El abonado penitente observa perplejo cómo a su alrededor una masa vociferante de público, como sacada de las Pinturas Negras pero en versión siglo veintiuno (¡qué bonito y goyesco todo!), jalea la figura retorcida y afectada de la Gran Figura de turno, que, con la gracia de un obrero entibador, traza a la muleta decenas de líneas con verdadera saña de principio a fin de faena frente a un toro de docilidad casi perruna. En su cabeza, el mantra de que el muletazo, siempre cuanto más largo, mejor.

Otro aficionado (también abonado penitente) clama desde otro rincón de la plaza contra el enésimo toro perfecto que sale al ruedo. Un toro que lo tiene todo: falta de casta, falta de fuerzas, falta de trapío, falta de bravura… A lo que un individuo, de comportamiento tan sórdido como el del “toro perfecto”, insulta con voz cazallosa. ¿A quién? ¿A la autoridad que le da gato por liebre? Nooo…  A ese abonado penitente que lo denuncia y cuyo dinero sirve para mantener la farsa.

El abonado penitente observa cómo un picador es ovacionado por una pinturera vara trasera en los costillares de un toro disminuido al que, además, le hace la carioca sin recato alguno.  En la cabeza del aún abonado resuenan unas palabras de Joaquín Vidal (Por cierto, ¿os acordáis de cuando había críticos que criticaban a los protagonistas del negocio, y no al aficionado?): “El puyazo trasero, que destruye el toro, convierte la hermosísima y fundamental suerte de varas en un repugnante trámite. Y por ahí la fiesta toda de hunde en la decadencia y en el desprestigio. La consecuencia del puyazo trasero (y bajo, las más de las veces) es que el toro entre en fase preagónica, y le sea dificultoso humillar”.

El abonado penitente vuelve a la realidad cuando tres muchachos que a sus espaldas practican un pequeño botellón en versión cañí, le derraman encima su tercer gin-tonic.  No pasa nada. De hecho, lo aguanta todo. No en vano se trata del abonado penitente.

Una tarde más, la Gran Figura de turno vuelve a dejarse en el hotel lo de cargar la suerte. Una tarde más, el “rey del embrujo” vuelve a usar intensivamente el pico como lo haría cualquier minero picador que extrae feldespato del pozo 16. La horda vociferante de cubata ruge en su melopea. ¡Están viendo resucitar a Antonio Bienvenida! ¿Paranoia colectiva? No. Ganas de usar la palabra “histórico” al día siguiente en la oficina. “¡Y a la próxima pedimos el rabo!”.

Al hilo de esto, por la cabeza del abonado penitente rondan las palabras de Bergamín “Se creyó por algunos toreros que era más emocionante torear sin ‘cargar ni tender la suerte -como había enseñado Pepe Illo- … No solamente se llenaron de telarañas los ojos del espectador y del torero, sino de musarañas soñadoras su pensamiento. Se creyó que se podía pensar, hacer y decir el toreo de ese modo. Así, efectivamente, se ha pensado, se ha hecho y se ha dicho el toreo de esa manera, que es amaneramiento”. La cita mental se interrumpe bruscamente por los olés prefabricados de ese público, en su mayoría ocasional, amante del toreo Ikea. Es decir, de diseño y baratito.

A continuación, el mismo individuo que hace unos minutos contaba cómo su nuevo coche sube el puerto del Mochuelo Verde en sexta velocidad, ahora tira de repertorio de insultos entre güisqui y güisqui. ¿Lo hace con gracia? En realidad, con la misma con la que el Gran Maestro sobre el ruedo encadena decenas de muletazos a destajo desde la lejanía. ¿Insulta para afearle que esté siempre fuera de cacho, que se enmiende a cada pase sin necesidad, que se anuncie siempre con la misma ganadería…? Nooo.  Lo hace para dirigirse tabernariamente a los aficionados que reprochan al matador su destoreo y sus tejemanejes.

El abonado penitente se lamenta de cómo en los mismos tendidos en los que hace años se solía seguir la lidia con reflexión, observación y espíritu crítico, corren ahora los canapés y la bollería industrial entre los efluvios del alcohol, en una atmósfera similar a la cantina de un cuartel de la legión. ¿Que el torero artista ha clavado el estoque al inválido en los bajos tras tres pinchazos y un metisaca? Pues la horda cargada de merchandising patriótico (lo de la tauromaquia es ya lo de menos) agita sus clínex de manera histérica. ¿Qué el presidente se resiste a sacar el pañuelo blanco? Pues la turba empieza a aullar.

El abonado penitente consulta mentalmente el reglamento taurino y no encuentra nada sobre la petición de orejas vía decibelio. No pasa nada, el presidente tampoco se resiste demasiado. Si un día se le ocurriera hacer recuento de la gente que NO saca el pañuelo, en vez de los que SÍ lo sacan, se sorprendería al comprobar que casi nunca hay petición mayoritaria. Ni por pañuelo ni por aullidos. Pero, no vamos a ponernos exquisitos a estas alturas. Las verbenas venteñas de San Isidro son ahora más de calimocho que de Vega Sicilia.

El abonado penitente se ha enterado de que, como resulta tradicional, esa mañana se ha producido el entrañable “baile de corrales” coincidente con el cartel que incluye lo más relamido del escalafón. Sí, esos gallardos matadores que adornan con exquisito aroma de jazmín los vuelos de sus muletas. ¡Qué arte! En concreto, el arte del camión A-4 para arriba y para abajo. O este año, en su versión torista, bailando el mismo ritmo pero por la A-5.

El abonado penitente, que es un triste y un amargado porque no sabe festejar como se merece la importancia vital de que la montera tras el brindis quede volcada hacia abajo, debe sentirse afortunado por compartir localidad con lo más granado de la sociedad. Con un poco de suerte, mañana hasta saldrá en alguna tele. ¡Qué guay! En días así, uno aprecia la verdadera grandeza de la tauromaquia. ¡Cómo no disfrutar con las “lentas y elegantes” embestidas del cuadrúpedo –con frecuencia más ovino que bovino- que se trastabilla en una trayectoria paralela a la primorosa expresión corporal del artista! Por supuesto, en este tipo de lidia, el que se dobla (y se retuerce hasta los límites de la luxación) es el matador, no el toro.

El abonado penitente se maravilla al ver el enorme repertorio de técnicas de lidia que atesora la Gran Figura del toreo. ¿Qué el toro permite los derechazos y naturales de rigor ejecutados con una cierta ligazón? Pues aplicará el Plan A y la gloria del éxito está garantizada. ¿Que el toro presenta dificultades (¡qué malaje!) y exige una lidia menos vistosa? Pues la Gran Figura buscará sin éxito el Plan B en el baúl de la cuadrilla, y dirá que con ese toro no había nada que hacer.  ¿Que el toro además de difícil es encastado? Pues el maestro se encargará de pregonar (y la crítica taurina de amplificar) que esos toros no son aceptables hoy en día. Al fin y al cabo, esa crítica afín estará siempre ahí para darle la razón y para justificar que las ganaderías por él elegidas sean, invariablemente, las que permitan su “triunfo”, las que les permitan “sentirse a gusto”. Por cierto, tratándose de un espectáculo, ¿no sería lo suyo que quien se sintiera “a gusto” fuera más bien el aficionado?

¿Y si esa crítica afín sustituyera la melaza que derrama en sus periódicos, en sus televisiones o sus webs por una mayor reflexión para enseñar al público que faenas donde los naturales y los derechazos son dificultosos y en las que se superan con sabiduría las dificultades del toro, pueden ser igualmente aplaudidas? ¡No jorobes, a ver si la cúpula del escalafón se cabrea! No vaya a ser que la gente empiece a decir que los matadores que sí manejan con torería y conocimiento ese “Plan B” (y hasta el C) son algo más que “buenos profesionales”, como los críticos cicateros a veces dicen. No vaya a ser que el público empiece a decir que, además de ejemplares profesionales, son verdaderos torerazos.

El abonado penitente empieza entonces a sentir hastío. ¡Culpable debería sentirse! ¡Mira que no apreciar esas originales bernadinas! ¡Mira que no aplaudir ese péndulo ejecutado tras el septuagésimo sexto muletazo ante un animal que –al parecer- sigue vivo!  En esa tesitura, tal vez los veterinarios (siempre inflexibles ante cualquier toro que menoscabe con su presentación la seriedad de la plaza de Madrid) pudieran certificar la muerte de la res antes de la estocada. Así nos ahorraríamos la penosa suerte de matar, que en algunas ocasiones (pocas) ha impedido al público pedir la concesión de trofeos e irse contento a casa. ¿Por qué impedir a la gente ser feliz? ¡Ante todo, alegría, caramba!

Termina el festejo, y el abonado penitente procede a abandonar su localidad abriéndose paso entre el tapiz de cáscaras de pipas que ha dejado la efusiva muchachada que tantas orejas ha pedido entre ojeada y ojeada al ruedo. Es comprensible. Casi ni miraron al ruedo porque la gravedad de los asuntos despachados durante toda la tarde a través de sus móviles era, por supuesto, crucial.

A las puertas de la plaza, el abonado penitente admira con orgullo cómo los nuevos gestores han logrado con éxito modernizar la tauromaquia. Se encuentra con una discoteca a pocos metros de la enfermería. Se pregunta si los gestores-modernizadores se atreverán a suspender el jolgorio si un día hay un muerto o alguien ha salido gravemente herido de esta plaza; una plaza que un día fue un templo de vida y de muerte, y hoy remedo de chiringuito playero.

Esta es la historia del abonado penitente. Entrando en el metro, piensa en la famosa reflexión de que la tauromaquia siempre ha sido el fiel reflejo de la vida del país. ¿Por qué el público va a ser exigente y reflexivo cuando no lo es ni en la sociedad ni con la política? ¿Por qué la gestión de lo taurino iba a ser más cuidadosa que la de otros ámbitos? ¿Por qué las máximas figuras de la tauromaquia iban a estar menos asimiladas por el poder que las figuras del resto de las artes o en el pensamiento? 

Muy poco alentador resulta el panorama, pero nuestro abonado aún se conmueve recordando sobre todo la fiereza de Pastelero y el interés de lo de Rehuelga, pero también algunos toros sueltos de Alcurrucén, de Garcigrande… el poderío de Ureña, la resurrección firme y madura de Ferrera, la magnífica faena de Ginés Marín, el ansia de triunfo de Juan del Álamo, detalles de figura de Talavante, la verdad de Rafaelillo con corridas que ninguna figura quiere, la gallardía de Robleño negándose a salir a saludar tras emborronar con la espada una faena muy meritoria, la brega de Iván García, las banderillas de Otero, el compromiso del aún inmaduro pero prometedor Colombo… ¿Continuará nuestro abonado con su penitencia en San Isidro 2018?

 

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