LA VOZ DE LA AFICIÓN - Número 11 - Septiembre de 1.998

De la cultura a la tortura

Por Tomás Romero

¿Se pueden creer ustedes que un aficionado a los toros podría algún día declararse abolicionista de la fiesta brava?

Yo siempre pensé que ese paso era casi imposible, pero ante los derroteros por los que camina la fiesta esta posibilidad debe ser tenida seriamente en cuenta.

Como aficionado a las corridas de toros y abonado a la plaza de las Ventas desde hace casi veinticinco años, he de confesar que cada año que pasa el espectáculo presenciado es más aburrido, más vulgar, más anodino e insoportable.

Jamás pensé que como aficionado me podría aburrir en una plaza de toros, pero esto se ha convertido en realidad; es más, lo que veo no sólo me aburre, sino que en algunos casos me repugna. Ya no asistimos en las plazas de toros a un espectáculo noble y gallardo como antaño, cuando la exigencia de integridad era la bandera que enarbolaba una afición que, por lo menos en Madrid, supo dar guerra sin cuartel a esos taurinos que siempre han tratado de darnos gato por liebre para defender sus intereses, absolutamente contrapuestos a los del aficionado cabal.

La plaza de toros de Madrid, única que mantenía cierto grado de seriedad en el planeta taurino, va cediendo también, paso a paso, a la degeneración del espectáculo entre la indiferencia general y la desesperación de una minoría que ya no sabe qué medidas tomar para evitar el desastre hacia el que nos encaminamos.

No, no me tache el lector de pesimista. Basta echar una ojeada al plantel de toreros que encabeza el escalafón para llegar a un triste conclusión: nunca tanta mediocridad se enseñoreó de la fiesta. Los diestros que hoy van de figuras en otros tiempos no muy lejanos navegarían entre la indiferencia general.

Del estado de la cabaña brava para que vamos a hablar. Se arrastra tristemente por esos cosos de Dios, aguantando a duras penas un picotazo -dos en Madrid-, se los afeita, droga y manipula (¿como explicar sino los traspiés, volteretas y demás comportamientos extraños que despliegan en las plazas?) ante la indiferencia de la autoridad y la complacencia de un público ignorante, festivalero y orejero que ha caído como una plaga sobre las plazas.

De la prensa qué vamos a decir. No sé si les pasará lo mismo, pero cuando voy por el quinto renglón de la crónica de turno lo dejo, porque no hay quien lo digiera: ¡cuánta palabrería vana, que exalta hasta el éxtasis faenas ridículas a bueyes inservibles!

Con este panorama ¿no está justificado ponerse al frente de las manifestaciones que protagonizan los abolicionistas de las corridas de toros?

Me lo pensaré, y por si acaso voy a ir preparando la pancarta "esto no es cultura, es tortura". Tienen razón, la cultura es el arte de doblegar a una fiera con un estoque y una muleta y de ello hacer un arte; pero por desgracia eso no es lo que estamos viendo en las plazas de toros. Es triste reconocerlo pero, hoy por hoy, tienen razón. Acaben con esto.