En bandeja de oro

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  • JAVIER JIMÉNEZ: De azul pavo y oro. Estocada baja. Silencio. Estocada trasera perdiendo la muleta. División de opiniones.
  • DIEGO FERNÁNDEZ: De verde y oro. Estocada trapacera. Silencio. Estocada tendida de bonita ejecución, perdiendo la muleta. Saludos desde el tercio.
  • JUAN ORTEGA: De caña y azabache. Tres pinchazos y aviso tras pinchazo y descabello. Bronca. Estocada atravesada tras la que sale atropellado. Descabello tras aviso. Silencio.


Cada novillero tuvo ayer su oportunidad de haber conseguido el triunfo, o por lo menos haberlo intentado, pero toreando, no pegando pases. Son interpretaciones distintas, por las cuales el aficionado de esta plaza no está dispuesto a transigir. Pero al parecer los novilleros actuales lo confunden con frecuencia. Destacó el sexto, un animal encastado y me comprometería a decir que con cierta componente de bravura. La oportunidad de oro la perdió Juan Ortega y el aficionado lo sintió, ya que pudo comprobar que el animal se marchó sin torear. Estuvo embistiendo con nobleza y con buen tranco desde el primer muletazo, citándolo de lejos, hasta que montó la espada, pero el novillero no supo qué hacer con las embestidas de su enemigo. Lo desarmó dos veces y a punto estuvo de cornearlo otras tantas. Entró a matar con decisión y lo arrolló, quedando el torero tendido en la arena como un ovillo, afortunadamente sin consecuencias. Cuando el torero reflexione y vea la oportunidad que ha perdido, seguro que pondrá en duda su futuro en esta profesión. Es lo que tienen los toros encastados y bravos, que lo mismo te encumbran que dejan al descubierto las miserias. En su primero y ante un enemigo que llegó rajado a la muleta, el torero no tuvo recursos para plantar cara a un novillo en esas condiciones, limitándose a mostrar las ventajas que guardaba en su muleta. Son los recursos del toreo actual.  Javier Jiménez. Le tocó en suerte un primer enemigo que llegó a la muleta con las fuerzas justas, a pesar de no haber sido castigado en el caballo. El torero no supo darle la faena que requería su enemigo. Lo poco que le ofreció el novillo, el torero lo consumió dando pases fuera de cacho y sin rematar ningún muletazo. El animal durante la faena perdió la verticalidad y ya conocemos lo que ocurre: si se cae el toro, se cae la fiesta. Su segundo, ante un manso encastado, comenzó la faena intentando meterlo en la muleta; de esta manera consiguió un derechazo largo y templado bajándole la mano que levantó los ánimos de los asistentes, pero con ello terminó el toreo. El novillero tiró de vulgaridad y con ella completó lo que hubiera sido una gran faena. Su enemigo tenía condiciones para ello, pero había que ponerse en su sitio y aguantar; es lo que tiene el triunfo. El torero decidió recurrir a las ventajas y torear al natural rematando los muletazos para fuera y al hilo del pitón. Terminó dando trapazos y el novillo “pidiéndole explicaciones”, a las cuales no encontró respuesta.  Diego Fernández en su primero se limitó a dibujar muletazos ante un enemigo al que le costaba mantenerse en pie. Fueron las consecuencias de un presidente bondadoso con la empresa, cruel con los aficionados y con una total falta de respeto a la fiesta que los mantiene. En su segundo, un novillo que se dejó torear en la muleta, lo recibió con unos pases por alto y un trincherazo con sabor, continuando con el toreo al natural sin mando y sin acoplar a su muleta las embestidas que le ofrecía su enemigo. En redondos, la vulgaridad floreció de la pañosa, aliviada con las ventajas del toreo moderno, creando con ello un divorcio con la afición. Al final, intentó adornar la faena con unos muletazos de frente que, en su ejecución, parecían más bien mantazos. 

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