Manda la ignorancia

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  • Antonio Puerta De rosa palo y oro. . En su primero bajonazo infame. El puntillero levantó al toro para doblar a continuación con una muerte brava. Recibió un aviso de la presidencia. Saludos inmerecidos desde el tercio. En su segundo dos pinchazos saliéndose de la suerte, un metisaca y un bajonazo de regalo. Después de este dosier de autentico pinchaúvas, el público se permito la osadía de aplaudir su labor y el novillero corresponder con saludos desde el tercio.
  • Juan Millán De canela y oro. Tres pinchazos y una estocada en los costillares. Tímidos pitos. En el segundo de su lote entró a matar sin muleta haciendo un cuarteo, consiguiendo media estocada perpendicular y atravesada y dos descabellos tras aviso. Saludos con mucho descaro del torero.
  • César Valencia De azul pavo y oro. En su primero, bajonazo infame. Silencio. En su segundo estocada tendida, saliéndose de la suerte y perdiendo la muleta. Vuelta al ruedo por su cuenta, tras petición de oreja de un público muy generoso a la vez que ignorante de las reglas que rigen esta denostada fiesta, tanto desde los despachos como desde los tendidos.


El público es el que manda y hasta los presidentes condicionan sus actuaciones en base a sus exigencias, perdiendo con ello su autoridad, su criterio y el respeto a las normas establecidas. Aunque en este caso no hubo regalos que procedieran de la presidencia, i el público fue muy generoso con los coletas, obligándoles con sus aplausos a saludos totalmente inmerecidos, y en lugar de taparse, se dejaron llevar por ese afán de protagonismo que mana de la ignorancia, consiguiendo con ello alimentar falsas expectativas en novilleros que no demostraron nada en el ruedo, salvo los detalles de pinturería que muestran a la menor ocasión. Ni un detalle que justificara la presencia de los aficionados en la plaza. Ni un quite, ni un par de banderillas, y los toreros, no digamos. Si uno estuvo mal, el siguiente le superaba y eso que hubo novillos que se dejaron torear pero dio la impresión que desconocían el toreo o lo habían dejado olvidado en el hotel, y eso que había algún novillero de edad próximo a la treintena, y si con esos años no se conocen las reglas que rige este arte, mejor es que se olviden de él. Los novillos primero, cuarto y sexto, pusieron en bandeja el triunfo a sus matadores, pero Antonio Puerta, que se llevó el mejor lote, no mostró condiciones. Con el pastueño primero mostró todas las triquiñuelas del toreo moderno, pero con una muleta de saldo, y en el cuarto que fue un poco más exigente, mostró un desconocimiento total de la lidia. El novillo necesitó un torero que le bajara la mano y lo sometiera y el torero mostró valentía haciendo uso del toreo encimista para tapar sus carencias.  El sexto, un sobrero de Hnos. Martín Alonso, en cuanto a romana fue un toro en toda regla y César Valencia lo único que mostró fueron unos muletazos por bajo para someterlo con un bonito cambio de manos. Con esto terminó su lucimiento, la blandura de su enemigo, los inadecuados terrenos y sus limitaciones físicas, le impidieron rematar los muletazos, quedando estos en auténticos trapazos. Fue una pena, pero así ocurrió. Sin embargo el torero tuvo la osadía de dar la vuelta al ruedo y con ello satisfacer el prurito de sus incondicionales. El tercero de la tarde lo enganchó sin consecuencias al segundo muletazo. Fue un animal que lo raro era que se moviera después de la carnicería a que fue sometido en varas. Lo volvió a enganchar en otra fase de la faena de muleta, y terminó presentándole complicaciones que el torero no supo solventar.  El primero del lote de Juan Millán fue un burel con algunas complicaciones y el torero comenzó la faena al natural por exigencias del guión, ya que era el pitón bueno del novillo, pero le costaba humillar y al torero bajarle la mano, consiguiendo con ello que su enemigo fuera por un lado y el torero por otro, cuando la que tenía que mandar era su muleta. El quinto le dio pocas oportunidad de lucimiento, a pesar de ello, el torero terminó dando pases al aire dedicándose a salir pinturero de los inexistentes muletazos. Que atrevimiento tiene estos jóvenes, tratan de vender humo a los tendidos y lo malo es que hay quien lo compra, ya que terminó convenciendo al público festivalero que lo obligó a saludar desde el tercio. No hay ninguna duda que este público es el que manda.

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