Una brillante banda de música amenizó el espectáculo

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Vigésimo noveno festejo de la feria de San Isidro. Menos de tres cuartos de plaza. Toros de José Escolar de bonita lámina, nobles, sosos y aburridos a excepción de segundo y sexto.


Rafaelillo (nazareno y oro); tres pinchazos -dos sin soltar y uno que escupe- y estocada desprendida (palmitas); pinchazo perdiendo la espada, estocada caída y descabello (silencio).

Fernando Robleño (sangre de toro y azabache); aviso, estocada caída y dos descabellos (palmas); estocada caída y cuatro descabellos (silencio).

Luis Bolívar (catafalco y oro); estocada desprendida (silencio); muy buena estocada -aviso-  tres descabellos -aviso-, descabello (palmas de despedida).


Presidencia: D. José Magán Alonso. Pasó inadvertido, pero a pesar de sus muchos años de Delegado de la Autoridad parece no haberse enterado en su papel de Presidente que no puede cambiarse el tercio con solo tres banderillas clavadas como ocurrió en el primer toro de Robleño. Por tal menester fue justamente abroncando.

Suerte de varas. Les zurraron de lo lindo a los toros, pero como siempre, puyazo bajo, alguno señalado, traseros los más, otros a la grupa del caballo, rectificando casi siempre y alguno que otro barrenando. Distinto el piquero en el sexto toro: ¿toreaba con el caballo, se adornaba?, algo distinto cuando citaba al toro emplazado casi en los medios, pero entre el tranco del toro viniéndosele, la pérdida de la puya, me caigo no me caigo con picotazo previo al pescuezo, atina, no atina, al final echando la vara por delante un puyazo correcto y el monosabio intentando poner el toro en suerte, unos se divertían ovacionando y otros, lógicamente protestaban. Importante consignar aquí el papel del Delegado de la Autoridad y alguaciles-el de Don Tancredo- en el callejón con monosabios sujetando por la jáquima las riendas del caballo cundo se repucha en tablas empujado por el toro.

Cuadrillas. Nada de nada. Pares de banderillas vulgares, muchas de una en una y el personal esperando a Fernando Sánchez, subalterno de Bolívar, para concluir que no mucho tiempo atrás lo hemos visto mejor. Claro, que en el país de los ciegos el tuerto es rey.


Comenzaba diciendo que una brillante banda de música amenizó el espectáculo y a ver quién me lo desdice porque entre lo gris y plúmbea de la tarde, la bobalicona sosería de los toros, y el quehacer de los toreros esto fue para hartarse de comer pipas esperando entre toro y toro deleitarnos al menos con los magníficos y acompasados sones de la banda dirigida por el maestro Zahonero.

Se esperaba en la semana torista esta ganadería procedencia Albaserrada y todo quedó en pura coincidencia: las estampa y las cárdenas capas. Animales que nada tenían que ver con los de su estirpe que no se parece a ninguna otra en todos los sentidos por sus reacciones, exigencia, dificultades y su manera de humillar; hoy metían la cabeza como toro comercial. Los toros de hoy eran distintos al albaserrada que no da confianza a relajarse con él obligando a una actitud expectante a ver qué va haciendo durante la lidia. El albaserrada ha resultado siempre un toro tan desigual como agresivo, encastado, vivo y ágil y muy complicado para el torero por su facilidad en aprender, un toro que acaba un muletazo y ya está pensando en el siguiente, un toro de toques, alturas y distancias. Y nada o muy poco de esto hemos visto hoy.

Y así Rafaelillo estuvo correcto con el capote en su primero, acorde con el comportamiento no especialmente significativo de estos toros en la capa. Brinda al público y comienza con una serie de doblones para seguir con derechazos reponiendo el toro más que el torero en que no le manda y claro, acaba desarmado. El toro, aunque le costaba embestir tenía algo de codicia y previo parón en seco, empieza a medirle, también le mira y el diestro tira de oficio para decir se acabó porque no puede con él y repito, el toro no era ningún albaserrada a tipo. Su segundo metía no sé si con bondad o sosería la cara, humillaba, pero el torero empeñándose en dar más y más derechazos sin mando, enganchados y acabando por ser desarmado de nuevo; continua con una serie de naturales en que tampoco dice nada y aburridos toro y torero aquello acabó.

Robleño se encontró con un primero que era una bellísima persona en que desde el tendido alguno lo entendió en su condición de medio toro. Tan buena persona que cuando Fernando se cae en la cara quedando a merced, éste va y le dice: -venga, levántate y sigue-. Tras las educadas gracias continua con derechazos, mejores unos, peores otros y una aceptable serie de naturales a un toro que era un primor de comportamiento. Su segundo sí que tenía mala leche. Escarbaba mientras el diestro le ponía de lejos la muleta, le tiraba hachazos, los arreones eran de toro reservón, las arracandas defendiéndose y mientras, el torero empeñado en estirarse con naturales y derechazos todos enganchados. A un toro como este, lidiándole hay que echarle la muleta adelante y abajo, en el hocico para que humille. ¿Por qué no le lidió? Secreto abisal.

Luis Bolívar tuvo a otro noble y más que noble, soso, en el tercero de la tarde. Tras un trasteo insulso al menos tuvo el gusto de echarse la muleta a la izquierda durante toda la faena surgiendo algún que otro buen natural, aunque tampoco fue cosa del otro mundo. Muy bien con el capote estuvo en su segundo toro con el remate de una media extraordinaria. Se dio cuenta delo que tenía y cuidó en llevar muy bien al toro al caballo donde ya dejamos reseñado lo que ocurrió. Tras brindar al público se le viene el toro a la cara al primer muletazo y adivinando su lado izquierdo empezó con una tanda de naturales templados y hondos, aunque cortada prematuramente. Otra no menos buena, aunque con el mal gusto de no rematar con el pase de pecho. En la tercera serie imperó el clasicismo, pero ya empezó a rectificar y aquello decayó. Cambió de mano, pero estaba todo acabado. Y viendo cómo estaba con él la plaza se tiró a morir encima del morrillo cobrando una gran estocada incluido porrazo de no te menees. Lástima de tener que utilizar reiteradamente el descabello porque quizá no se hubiese ido andando hacia el patio de cuadrillas.

Y como colofón la banda de música despidiéndose a los acordes del “Recordando a Gaona”


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José Escolar

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