“Hemos sustituido al inteligente aficionado por el apasionado espectador” -Cristóbal Becerra, Apoderado de Marcial Lalanda – El Ruedo num. 23 (15/11/1944)
Llevamos un tercio de nuestra Feria de Madrid, ahora denominada Feria de San Isidro, y sugiero reflexionar sobre la afición que encuentro estos días en la Plaza de Toros de Las Ventas.
Distingo dos clases de aficionados, el cultivador del decadentismo, que es aquel que adorna el pasado para quejarse del presente; y el renovador, el inocente reformista que sublima el presente para denostar el pasado. En el primer grupo podemos encuadrar al aficionado torista. El toro pierde casta, fiereza, fuerza y por tanto el toreo pierde valor y significado. Este aficionado es un nostálgico empedernido empeñado que lo puro, verdadero y bueno reside en el pasado, convirtiéndose por tanto en un moralista gruñidor, que comenta que ya su abuelo denostaba la degeneración del toreo.
Es indudable que desde el siglo XVIII a nuestros días el espectáculo de los toros se ha vuelto menos brutal y sangriento. Es la evolución de la lidia, pasando el centro del espectáculo, del primer al tercer tercio, de la gloria de los picadores, al triunfo de los matadores, donde la heroica ha sido rebasada por la estética. Los ganaderos con la lógica evolución de los tiempos, los gustos y costumbres y sobre todo con la presión de públicos y taurinos, se han visto y se ven abocados a seleccionar nuevos productos de sangre brava probando una y otra vez vacas y seleccionando escrupulosamente sementales.
Así sobre castas Espinosa-Zapata, Jijona, Navarra, Vazqueña, prevalece Vistahermosa y de ella encastes Murube, Saltillo, Santa Coloma, Albaserrada, Parlade y de este, Núñez, Conde de la Corte, Atanasio … hasta llegar al de Juan Pedro Domecq hoy dominante.
Los ganaderos a lo largo de la historia taurómaca se van deshaciendo de los productos trasnochados, aquellos que no demanda el mercado -público y toreros- decantándose por aquellos que funcionan, buscando irremediablemente una mayor nobleza en detrimento de la fiereza, el poderío y el instinto de empuje y defensa del toro de lidia, cambiando casta por bravura, todo ello en busca de la toreabilidad.
En el grupo renovador, observamos la figura del llamado torerista, que es un optimista incorregible en busca de una mejora constante en las costumbres y el perfeccionamiento ininterrumpido de la técnica del toreo. Al toreo de Guerrita, le sucedió el de Joselito El Gallo, toreo más largo, este fue superado por el toreo de Belmonte, más ligado y estos seguidos por el de Manolete, más inmóvil, el de Ordóñez más enlazado, el de Ojeda más estático, o el de José Tomas toreo inerte, y así hasta nuestros días, donde algunas proezas técnicas llegan a ser prodigiosas.
Y es este público -renovador- que ahora llena las plazas de toros y compra con facilidad cuanto se escribe sobre ello, el que es apasionado y bullanguero. Va a las corridas a divertirse, no a emocionarse.
Para quienes profesamos la afición a los toros, y la apreciamos desde una perspectiva analítica qué pasa por los diversos elementos de la intervención histórica, ética, estética o filosófica, tenemos que descartar la historia absoluta. Por tanto, debemos hacernos con los avisos que nos sugiere esa otra historia relativa, que nos permite entrar en un territorio de flexibilidades, que además, son mucho más congruentes con la realidad, pero eso sí, sin perder el sentido de una fiesta deslumbrante, viril y emocionante, donde el toro conserve su fiereza, el torero su romanticismo, la crítica su independencia y el público su sentido de la estética, porque las corridas de toros deben preservar su prestigio, su aureola de lucha entre el hombre y la bestia, entre la inteligencia y el instinto.
A la afición le está reservado el derecho y el honor de vigilar, por el prestigio de la fiesta, en nuestro caso por el de la Plaza de Toros de Las Ventas, pero resulta que en su manifestación individual, poco o nada puede hacer, porque sus opiniones más o menos sensatas, se pierden en la masa heterogénea. Tiene que ser en su manifestación colectivizada, vía asociaciones, clubs, peñas … -caso de la imprescindible báscula de los caballos, o la solicitud del apartamiento de determinados presidentes de plaza- que aunque es muy complicada la consecución de sus logros, debemos persistir, quizás porque, tal vez, se oculten oscuras intenciones de los taurinos y se puedan plantear problemas más hondos, y por tanto se les haga caso omiso.
Francisco Javier Píriz Collado
Miembro de la Asociación El Toro de Madrid