Otra vez ese cosquilleo entrando por la puerta de los corrales.
Esas paredes encierran más misterios que las pirámides de Chichén.
Te abres paso entre la gente para contemplar al toro, que descansa en los dominios de Florito, que es como el guardián del hades, pero con pinta de chulapo; entre el murmullo, escuchas suspiros de admiración.
A la gente, por muy mal presentada que venga la corrida, el toro siempre les parece grande. No les falta razón.
Camino como un monje tibetano buscando un lugar de recogimiento desde el que observar los movimientos y las formas de esos seis animales, que esta tarde, saldrán a la plaza.
El toro, siempre enigmático, nos manda mensajes para que desvelemos su personalidad, su comportamiento. Todo está en sus movimientos, en su mirada, en sus reacciones, en su actitud de ataque o defensa, he ahí la cuestión.
El toro nunca miente.
En los días de feria, uno está untado desde bien temprano por el veneno; sumido en un torrente de pensamientos, hasta que cae la tarde y la cosa se va apaciguando.
Hay una estirpe de aficionados a los que nos mueve lo religioso, lo ético, la incesante búsqueda de emoción, de autenticidad. Somos legión. Foxá decía que era una forma de salir de la vulgaridad. Tenía razón.
El toro llena de detalles nuestra memoria y nos pone a cavilar, a ver si algún día, nos enteramos de algo en todo este embrollo.
Y una tarde, llegas a la plaza, y te das cuenta que has descubierto los terrenos antes que el matador, que lo normal, es que no sea así, pero es que hay algunos, que lo mismo les da llevárselos a Pinto, que a Valdemoro.
Y un día, de tanto pensar, descubres su distancia, que el toro se entrega en la querencia, que es un manso encastado — y como dijo Don Gabriel — en los medios mejor que en ningún lado; que sale de toriles oliendo el albero como aquel bravo de contreras que guardas en la retina, que tiene dos cortijos por el izquierdo, que se va a rajar antes de que se siente el torilero, que empuja de manso, que pierde las manos y te preguntas si ¿será por falta de fuerza ó porque le han dado más collejas en el mueco que un maestro de posguerra?
El toro siempre nos está enseñando, y a veces, hay tanto ruido alrededor, que pediría un minuto de silencio en mitad del tercio para que me dejen solo.
A los toros, se va a pensar, y mientras piensas, mientras tratas de descifrar esa cosa transcedental que ocurre en el redondel, te alejas de lo insustancial, y haces, del mundo, un lugar digno de ser vivido.
A los toros, se va a pensar, y mientras piensas, te das cuenta que esto no es el rey León, que aquí no te bañas dos veces en el mismo río ni aunque pongan otras tres tardes a Talavante, que son tardes de la marmota, si, si pero no; que los toros, generan debates que perduran en el tiempo, preguntas que tardan en contestarse o que no se contestan nunca.
Ahí hay enjundia, Don Alipio.
Y cuando menos te lo esperas, cuando por un momento te despistas y miras al cielo, se te ha escurrido ante los ojos el toreo; un destello que nunca espera a nadie.
En los toros, todo se parece a la vida y a los sueños.
Entre las astas de ese animal totémico, siempre se están reviviendo antiguos mitos, siempre presente esa rebeldía que desafía el orden divino.
Un día me decía una señora que los toros eran aburridísimos, que nunca pasaba nada y que no entendía como podía gustarme eso.
Pues mire, señora, váyase al Rey León.
¡A los toros se va a pensar!