Duodécima corrida de la feria de San Isidro de 2026
No, no es ésta una crónica política, ni mucho menos, aunque bien pudiera serlo, quién sabe…
Corrupción putrefacta, o putrefacción corrupta, o carroña fétida, o hedionda carnaza, o pestilente masa cárnica, y así mil cosas más. Me parece que cada vez esto se parece más a la situación que nos rodea en muchos ámbitos de nuestra vida, y no sólo taurina.
Pero no se preocupen, me refiero, con el titular, a la situación -décadas lleva así- en la que se encuentran las ganaderías de la salmantina familia Fraile, especialmente a sus hierros señeros del Puerto de San Lorenzo y Ventana del Puerto, pero hay mucho más. No se olviden que ayer salieron, además, dos toros de idéntica condición de José Vázquez (este antes Aleas lo pongo para oprobio de su dueño actual) y de El Freixo (de don Julián López de San Blas).
Pues nada, tampoco se preocupen lo más mínimo, porque con regocijo verán ustedes, como llevamos décadas, que nos las volveremos a comer con patatas no una, sino quizá dos más este año, y trescientas veces en los próximos, no se preocupen. Todo ello seguirá igual, desde hace años y hasta in aeternum, mientras no vaya al matadero o cambien de manos a otras angelicales, beatíficas o directamente santas que consigan el milagro de la transformación del agua en vino. Cosas del mundillo taurino, y el bajo precio por el que se consiguen esas masas corruptas.
Si ustedes no alcanzaron a ver la corrida de ayer en Las Ventas, lo mejor que pueden hacer es olvidarse de su existencia. Olvidarse por completo. Borrón y apagado más definitivo y fatal que el eléctrico de hace un año, sin que pase nada. Vuelta a las semejanzas con la política, perdón. Lo digo por su salud mental o su salud física. Porque pueden acabar o bien en un frenopático (hoy Hospital Psiquiátrico) o bien en la UCI coronaria de la ciudad hospitalaria de La Paz.
¿Y para qué se apuntan a este lamentable conjunto de masas cárnicas la terna de supuesto postín de ayer, Manzanares, Juan Ortega y Pablo Aguado? ¿Alguien les puso la pistola en el pecho? ¿Aceptaron, bajo coacción insufrible, lidiar este infumable encierro, so pena de no volver a pisar plaza de toros alguna, en suelo patrio o allende nuestras fronteras, o no volver a ver a sus seres queridos? ¿Un desvarío? ¿Quizá a los postres de una opípara comida bien regada, y sin total conocimiento de lo que se hacían? ¿Forzados por la amistad con los ganaderos, empresarios o tratantes? Ya nos vamos acercando… ¿Tal vez porque sus bueyes aparentan algo que no tienen, huyen de su sombra y no molestan si se sienten dominados? Caliente, caliente… Por ahí van los inequívocos tiros. Son mulos que acaban rajándose las más de las veces, tras un par de tandas, que miran a toriles en cuanto pueden, y que se van sin molestar, caminito de Belén, en cuanto pueden, pero sin tirar una mala cornada. Lo único malo, es que pueden atropellarte si te pones delante, en la dirección a su querencia natural de la tranquilidad en los chiqueros. Así que ya lo saben diagnosticar y evitar convenientemente. Se trata de dejarles el paso franco, y andar detrás de ellos, en plan excusa inevitable, como diciendo que lo intentaron pero no pudieron evitarlo -¡cómo si no se pudiese hacer!-, cobrar su importante salario -¡mayor en una tarde que el ochenta por ciento de la población española en un año, incluido bomberos o policías, buzos profesionales o conductores de ferrocarriles, mineros o albañiles que se juegan la vida todos los santos días!-, y a casa hasta la próxima becerrada… en plaza de tercera.
Ni arte, ni parte, ni estética, ni artistas, ni esencias, ni mil cuentos. El único cuento válido en esta ocasión, y en muchas otras, es que se apuntan a esto por su mansedumbre innata, por su descaste absoluto, y que aun preferirían que saliesen como de rejones en vez de cómo salieron ayer, y que confío se analizaran los cuernos al finalizar el festejo, camino del laboratorio de astas del complejo policial de Canillas.
Un timo en toda regla. Los cantores de “Híspalis” del sistema echarán, como siempre, la culpa a la asquerosidad que salió de toriles de cuatro hierros diferentes, es, con mucho, lo más sencillo. Pero eso lo eligieron los espadas, no el público que regó sus bolsillos de billetes o sus cuentas corrientes, ¡qué a saber! La empresa llenó los tendidos, bajo la absoluta falta de criterio del público -los aficionados presumíamos lo que iba a suceder, pero el abono es el abono-, y todos se excusarán con el habitual recurso de echarle la culpa, no a los ganaderos, sino a los irracionales bóvidos de carne putrefacta que salieron de los chiqueros. Los ganaderos son Fraile…, no les digo más. Santos varones, dedicados a la oración -porque sus toros no vuelvan a rajarse-, al trabajo -de criar a esas moles de vacío bravo-, y al estudio -de cómo empeorar más aun la situación de aquello-. Seguro que, al margen, son muy buena gente, perdónenme, y que lo hacen todo con la mejor intención. Como ganaderos… más vale no insistir: oran, estudian y laboran.
La corrida, mal presidida ayer por don Iñaki Sanjuan, en el que teníamos puestas nuestras esperanzas de aficionados, debió durar como unas dos horas más, pues al igual que se fueron por invalidez dos de los anunciados a los corrales con los bueyes de Florito hijo, debieron volver también varios más, empezando por el inválido e inaceptable primero, el primer sustituto de José Vázquez (antes Aleas, ¡toma del frasco que es carne de liebre!-, y alguno más que besó el santo suelo en varias ocasiones. Pero seguro que lo hicieron porque, bien aleccionados por los Fraile, querían recibir póstumo homenaje al sacro-santo recinto de la plaza de Las Ventas donde antaño fueron glorificados Bienvenida, Camino o el Viti, Antoñete y tantos otros. ¡qué respeto reverencial! Y los que cambiaron desde la presidencia requirieron de varios batacazos para marcharse a la frescura de su antiguo encierro… ¿Es que había amenaza de no soltar más que los dos sobreros de rigor, los reglamentariamente obligados? Me acuerdo de hasta once animales, no sabría cómo calificarlos, en otras tardes venteñas, con muchos otros presidentes, incluso el ex presidente Lamarca me aseguraba semanas atrás, que llegaron a salir hasta 13, cosa que yo no recuerdo, pero quizá me falle la memoria.
El primero de Manzanares, era digno candidato a su análisis de sustancia córnea. Se cayó antes de su entrada a la primera vara, volvió a caerse al entrar a aquella, salió suelto después de cabecear por allá un rato, a oleadas, entró sin fijar a la segunda -¡vaya dirección de lidia, enhorabuena don José María!-, salió como en la primera, y como no le picaron, las sucesivas caídas habrá que achacárselas a su endeblez congénita y no a la saña del lancero bengalí. Todos los capotazos fueron rematados por alto, por ver si aquello colaba, y coló por la inoperancia del palco: el veterinario estaría pensando en la futura resurrección de la carne, ¡un católico impecable! Comenzó Manzanares la faena enfermeril, pero el toro, por jorobar, se cayó de nuevo. Y, aunque no lo forzó nada, desde fuera, con el pico y despegado, el toro, que no podía con el rabo, entraba al paso, con ritmo mortecino y anduvo a punto de caerse siempre. Manso, soso y aborregado, le enganchó por cabecear ante la imposibilidad de moverse, casi todos los pases y ¡le desarmó! ¡Será el bicho indigno! Gracias al cielo, y a que alguien vela sobre nosotros, el espada tomó la herramienta toricida, le dejó una estocada entera, desprendida y sin cruzar, vamos pasando en paralelo y con suficiente distancia, y el prácticamente cadáver se fue camino de tablas y se echó. Fin del primer capítulo. ¡Bravo por todos y por todo! El cuarto, que también era sospechoso de barbería, mejor dicho, presunto, como los políticos nos dicen tenemos que llamarlos, se cayó varias veces y ahora sí, don Iñaki decidió que volviese a su encierro previo, para soltarnos un segundo sobrero -ya había salido el primero una hora antes-, de El Freixo, vacada propiedad de Julián López. Animalejo feo, nada rematado por detrás, con mucha leña, pero poco más, ¿quién reconoce esto y lo admite para Madrid? Salió suelto, corretón, pero al menos Manzanares, visto su origen y reata, le condenó a una docena de verónicas, que el toro tomó codicioso, aunque los lances no tuviesen mucha enjundia. Por si las moscas… y visto que el toro parecía comerse el mundo -¡vana ilusión!, como dicen en Doña Francisquita-, el de la brigada acorazada decidió, o quizá le ordenaron, porque la escala de mando es incorruptible, masacrarlo debajo del formidable penco que seguro no pesa más de 1500 kilos. Parecía empujar en el primer envite, pero en el segundo, visto lo visto, salió suelto… luego ya conocen el diagnóstico. Comenzó el diestro un tanteo semi-genuflexo, todo rematado por alto, en previsión de desplome, pero al darle el primer pase con final por bajo, ¡cataplás!, el bicho al suelo. Nueva faena de cuidados intensivos, sin muchos resultados, con el toro queriendo y él asegurándose de que no se le acercase demasiado, y faena, en suma, llena de ventajismo, que no dijo nada ni con la zurda ni con la diestra, o diestra y siniestra como gusten. Mucho pico, mucho despegue, mucho cite desde las Kimbambas, provincia del antiguo Congo Belga, y todo rematado por alto, con la suciedad correspondiente. El pobre torillo se hubiese echado antes de la estocada, amorcillado, pero tuvo que soportar un espadazo trasero, y desprendido por alargar el brazo. Se cayó tras un trallazo del capote de un banderillero y aprovecho la cuadrilla -¡qué recuerdos me llevan hacia el Código Penal!- para apuntillarlo.
La segunda fiera, para el fino torero don Juan Ortega, del Puerto de San Lorenzo, volvería a los corrales tras una serie de batacazos y con otros pitones más que curiosos. Así que en su lugar saldría otro monstruo, de José Vázquez, antes Aleas. Escaso de presencia y corniavacado, salió a su aire y así siguió hasta que entró... a la primera vara, suelto, en el caballo que hace puerta. Sintió el hierro y salió huido; siguió corriendo y se topó con el caballo de contraquerencia y lo mismo. El tercer encuentro, también suelto, fue semejante a los primeros… cabeceó y salio… ¡suelto! ¡Quién lo iba a decir! Para completar el cuadro se caería estrepitosamente, porque estaba más inválido que el rechazado desde el palco, cosas de la vida, y se volvería a caer repetidas veces. Ahora no salió el ansiado y demandado pañuelo verde. Se le banderilleó a la carrera, para evitar más derrumbes que hubieran afectado ya al piso de plaza y a las obras del metro, y llegado a la muleta se cayó, de nuevo, al segundo pase. El toro iba al trote, defendiéndose por arriba, corto de viaje, y entre unos nueve pases, poco más o menos, se caería cuatro veces. Lo despenó Ortega -qué falta le hacía-, de una estocada por arriba, antes de nueva caída, no crean que se echó la fiera, y lo apuntillaron certera y rápidamente. Tiene guasa lo de los sobreros madrileños… El quinto toro, con el público ya harto y marchándose a puñados, fue de la prestigiosa ganadería hermana de la Ventana del Puerto, feo como él mismo, colorado ojo de perdiz, y bizco del derecho. ¿Pero cómo pasa eso en Madrid? Pues les respondo…, ¡porque sí! ¿Quieren más explicaciones? Diríjanse a empresa, veterinarios, presidencia y diestros. Casi le dio el maestro una verónica buena, con clase -que la tiene es indudable aunque necesite para demostrarlo su torito-, pasó por varas con algún empuje, antes de que le arrearan un puyazo en las costillas, y que estuviese a punto de derribar en el segundo encuentro. Al menos cumplió este buey en varas. Pero se acabó lo que se daba. Salió parado, sin admitir ya dar tres pasos seguidos, y llegó a la muleta con la cabeza como una batidora, tirando cornadas y tornillazos en el remate de todos los pases. ¡Uffff! Ortega hizo bien en cuidarse para la próxima corrida, y desde fuera lo intentó pasar de muleta, sin gran… iba a decir lucimiento, pero nada, ni con una ni otra mano, y se terminó de complicar el buey colorado y casi le desborda. También se acabaron las bromas, trincherazo con tirón, muy por bajo, y el toro al suelo, que ya se veía venir y hasta ese momento lo había evitado el diestro sevillano. Vamos, un toro a “contraestilo”, como diría Rafael el Gallo -no teman, no hubo aquí “espantá” y salto de barrera, aunque la hemos visto este año a varios coletudos-. Faena, a Dios gracias, breve, y una estocada entera, desprendida, alargando el brazo. Finis coronat opus.
El tercer “portero de San Lorenzo” fue una bestia de 604 kg. Para el pobre Pablo Aguado. ¿Quién le preparó esta encerrona? Lances sin historia de recibo, que ni siquiera fueron aplaudidos, antes que el buey entrase tres veces a los de caballería, sin que le pegaran mucho y se rompiese una vara de fresno, la segunda de esta feria. O tienen el brazo de hierro, o la madera ha perdido calidad… o citan a caballo atravesado y el impacto es brutal. Hubo un buen par de Iván García en el segundo tercio, sólo uno, y llegó el toro a la muleta, único interés que tienen las corridas de hogaño, con prontitud y larguito. Aguado que no se esperaba aquello en la báscula, lo pasó a bastante distancia, sin ajustarse ni una sola vez durante las dos tandas que duró el toro. A la tercera levantó el bicho la cara para reconocer el terreno de toriles, y hacia allá siguió yendo el resto del infructuoso “paseo” de ambos. Comenzaron en las tablas del nueve, y en lento peregrinaje al hilo de las mismas, pasaron por lo más selecto de la sombra, superaron los toriles anhelados, llegaron al cinco, y entre tanto el “matador”, que no lo fue, le dio media estocadita desprendida, y ¡18 descabellos! Fatal, horrible… no ha superado el récord de Las Ventas, según mis cuentas en 27, pero las de un ex presidente en 37. Para eso no vengas. Sonó el tercer aviso y no se marchó el buey, con los berrendos en colorado, porque no podía y le apuntillaron en el burladero que anda sobre el tendido 4. Bronca. Las buenas gentes, probablemente ya bajo el sopor de la tórrida tarde, el aburrimiento, o el refresco con cualquier bebida espirituosa, no se lo tuvo en cuenta cuando salió el sexto y último “ventanero”, igual de sospechoso pitonudo, como sus hermanos, primos y sobrinos de camada. Para no perder la costumbre empezó cayéndose, pero probablemente del trallazo que le dieron; se quedaba cortito en el capote, y, en fin..., ya sabíamos en qué iba a acabar todo, ni estilo, ni fuerzas. Fue a la primera vara, y aunque se arrancó con alguna alegría, salió suelto, y volvería a lo mismo en la consecutiva. Aguado intentó hacer un quite, pero, bastante deslucido, aquello no pasó de un maremagnum de trapazos, pese a algunos olés iniciales. Y llegó la fiera “ventanera” a la muleta protestando, sin fuerzas, enganchando la muleta, llevado por el “matador” -véase lo que hizo en el tercero- a media altura para evitar más caídas, aunque le sacó, entre mil, dos pases aceptables, desde fuera pero para dentro. ¡Sorprendente! Faena por completo prescindible, sin interés, descolocado, llevándolo periférico y distanciado, por mor de la prevención de riesgos laborales. ¡Caramba, hay que cumplir la ley! Y cuando parecía que, ante la inexistencia de todo, se iba por la espada, se arrepintió y, con la desesperación de todo el mundo, nos sometió a dos minutos más de tortura inmisericorde. El nihilismo no tiene precio. Le dejó otra media espada, como por arriba, echándose fuera, otra media un poco más profunda, igual, y no quiso descabellarlo, visto los 18 intentos previos. Tras larga agonía, el toro se murió de aburrimiento.
Menos mal que los más sensibles ya se habían marchado de la plaza hacía mucho. La unidad coronaria de la UCI de La Paz, se relajó, ¡por fin!
Luego nos contarán que todo fue un malentendido, que los toros preparados eran animales con casta y bravura, que si el camión, que si el calor, que si las moscas, que si los chiqueros y su empapelado de papel de lija, que si el hambre, la sed, o un virus… Yo creo que había que llamar a los animalistas para que vacunaran a todos los murciélagos, uno a uno, a mano, y asunto acabado. Pero ni la empresa, ni el palco, ni los veterinarios, ni los ganaderos.. ¡y muchísimo menos los espadas!, tienen culpa de nada. Amén.
Lope de Molina