Novena corrida de la feria de San Isidro de 2026
Como esperábamos una corrida con un Cazarratas cualquiera -mítico toro de Saltillo, recordado por su ferocidad-, y salieron en su lugar cinco toros del hierro de los recordados marqueses, que antes fueron de los Lesaca -abuelo, padre, esposa e hijos, para que vean que uno sabe algo-, de buenas intenciones en general, encastados y con posibilidades, hubo quien salió decepcionado de la tarde.
Los “saltillos” de ayer sacaron unas buenas velas, tocadas o casi veletas, bonita lámina en general (sólo hubo fuera de su tipo), largos, serios, cinqueños -salvo el segundo- pero sin malas intenciones, ni grandes resabios, listos pero manejables; podemos definir el espectáculo como una buena corrida… aunque se esperaba un Cazarratas, repito.
Corrida que anduvo por encima de sus lidiadores, con la salvedad de la actuación del veterano José Carlos Venegas -16 años de alternativa y 38 de edad- que, aun sin estar a la altura de lo que le correspondió en primera instancia, anduvo aseado. Aseado, en un esbozo de diccionario para neófitos en el arte taurómaco, era un término que se usaba mucho, en tiempos de mi niñez y adolescencia, para calificar a un espada que estaba bien aunque podría haber estado mejor. Normalmente se empleaba con diestros que se enfrentaban a toros complicados, broncos, difíciles, a los que había que lidiar y someter, a ese tipo de toros en los que la ética y el esfuerzo quedaban por encima de la estética -a veces imposible-, pero se le reconocían méritos que, sin ser suficientes para el corte apendicular -a ver si se destierra, de una vez para siempre, esa repugnante costumbre-, andaban suficientes, comprometidos, técnicamente eficaces e incluso sacaban lances de profundidad y largura en ocasiones. Tal fue la actuación de Venegas con ese primero del hierro de Saltillo. José Carlos Venegas le hizo una faena aseada, pero... el toro no era un barrabás, sino un toro con casta, listo, que entraba “con todo”, metiendo riñones y al que había que hacerle las cosas bien hechas. Y fue dicho y hecho.
Corrida, a la que, sin embargo, le faltó ese picante extremo y dureza imposible que todos creíamos o esperábamos. Fue un encierro interesante, con sus teclas que tocar, a la que había que aguantar y lidiar bien, so pena de que se complicaran, como ocurriría en algún caso. Una corrida más en el carácter de un “santacoloma”, que en el “saltillo” de los últimos tiempos, algo así como cuando La Quinta comenzó a anunciarse con aquellas novilladas de los 90 en la plaza de Madrid. Casta, pero sólo a veces desbordante, interés siempre, pero asequible, nunca ni tonta ni mansa de solemnidad. Yo creo que el ganadero debe estar contento, aunque todavía no veo a Morante apuntándose a esta corrida en la próxima feria isidril.
Hoy no toca hablar del palco, en el que don José Luis González no tuvo problema alguno, aunque quizá el segundo tenía poco trapío en comparación con sus hermanos. Hubo un tercio de banderillas calamitoso, eso sí, pero aunque se cambió con tres palos, la verdad es que varios de ellos se cayeron después de colocados, manes de los dichosos muelles. Si exceptuamos al segundo, y al remiendo de Couto de Fornilhos -se habían corneado dos de los titulares en los corrales-, el encierro fue muy parejo y promedió casi 582 kilos, con sólo once kilos de diferencia entre el mayor y el menor. Y ni un átomo de grasa; toros hechos y derechos, largos -salvo el cuarto-, cárdenos en diferentes tonalidades y accidentes, seriamente armados y astifinos -al menos desde arriba, porque estos días atrás se han visto muchas “bolitas”-, toros en definitiva con toda la barba.
Lanceó Venegas a su primero sin mayor historia, ganando algo de terreno hacia los medios, antes de que tomase dos varas -de bastante castigo-, bien picado -ayer hubo buenas varas en general-, pero sin emplearse demasiado, saliendo al ver el capote, no suelto. Buen segundo par de Fernando Sánchez, por fin en la cara, ya era hora, la verdad. Embistió luego el toro a oleadas de casta, metiendo riñones, yendo con todo, como suele decirse, pero como le habían sacudido de firme en el caballo, las fuerzas no fueron suficientes, y por eso había que dejarle respirar, porque de otro modo se caía en algún tirón. Venegas intentaba colocarse como gusta en la capital y llevarlo, sin demasiado lucimiento, pero de forma eficaz, aseado, como decimos, por ambas manos, aguantando muchísimo en un pase de pecho en el que el toro se paró a medio camino. Lo mató de una estocada, arriba y casi entera, pero con pérdida de muleta. El toro fue muy interesante, boyante, lástima de la pérdida de manos por lo mucho que se le picó. En el cuarto, que era el más feote, grande, casi negro, más corto, pero con más cuajo y dos velas, no vimos al mismo diestro giennense; hubo un desarme con el capote, pasó por varas saliendo suelto, aunque arrancándose con alegría y vimos un sensacional tercio de banderillas de Iván García, pareando a favor de toriles, exponiendo mucho. Pero…, siempre tiene que haber uno, el toro necesitaba que le bajasen la mano y lo torearan sólo por la derecha. Por el pitón izquierdo tenía bastantes complicaciones, se coló, y embestía con la cara por los cúmulo-cirros. No terminó el diestro de bajarle los humos -las nubes, léase la cabeza-, y tras aguantar alguna miradita de las que hielan la sangre, continuó por la derecha con serenidad, pero, la verdad, sin sacarle el jugo. Por la zurda todo fueron engachones por los cielos. Un espadazo casi entero desprendido, pero tirándose con ganas; el toro se aguantó la muerte y se requirió un descabello.
El segundo “saltillo”, para el francés Juan Leal, desdijo de la media de presencia, aunque el par de velas que lo precedía le tapaba considerablemente. Lo paró en los medios, después de que el toro anduviese, corretón, un buen rato, pero a base de doblarse con él. El toro enganchó mucho el capote, y aprendió en vivo, y no por correspondencia, latín clásico y medieval. En la primera vara empujó con riñones, haciendo una dura pelea; el picador respondió, dándole fuerte, pero prácticamente en su sitio; en la segunda intentó romanear, cabeceó y al final salió suelto. Bien picado por José Ney, mariscal en esto de las buenas varas… cuando quiere. Quedó el toro algo incierto, distraído, sin que le fijasen adecuadamente y algo avisado. La faena, que comenzó en los medios, con populistas pases cambiados, ya auguraba que no veríamos gran cosa. Cuando al toro no se le lleva con el cuidado y trato que requiere, pasan estas cosas, y los trapazos por la espalda, no favorecen esto cuando el toro tiene su casta. Series periféricas con la derecha, descolocado, por las afueras, y el toro que salía suelto o distraído de ellas, con tendencia a tablas, porque no remataba ni un pase hacia atrás, sino hacia las Landas. Ni el uno, ni el otro, dijeron gran cosa, más bien nada. Se doblaría levemente al final, cuando tendría que haberlo hecho al principio, antes de dejarle una estocada entera, caída y perdiendo la muleta. En el quinto, ese remiendo de Couto de Fornilhos, salió el Cazarratas esperado, pero era de otro hierro, ¡qué le vamos a hacer! Toro con cuajo, bien armado, serio, peligroso, complicado y tan negro como sus aviesas intenciones. Manso de solemnidad, no quiso saber nada en varas -bien por Vicente Herrera que intentó varias veces impedir su entrada, suelto, en el caballo que hace puerta, hasta que se vio que era la única fórmula para que fuera castigado… ¿para cuándo el pañuelo rojo, por favor?-. Llegó a la muleta, tras la debacle banderillera con un pitón derecho imposible. Pues nada, hijo, Leal empezó la faena por ahí, con enganchones, despegado y en los medios, terminando con un desarme y un susto considerable. Finalmente alguien le debió decir que cogiese la izquierda, y así lo pasó con bastantes precauciones, desde fuera, ciñéndose algo el toro por su cuenta -eso daba alguna emoción-, pero mal… y volvió a la derecha, un desastre. Le dio una trasera y desprendida. Lo levantó el puntillero, en tablas, lo que hizo que finalmente sonase un aviso.
El tercero fue para Juan de Castilla, que no se ha recuperado aun por completo de su fortísima cogida americana. Hubo unos lances de recibo, breves, con una aceptable verónica y media, pero como si le costase desplazarse. Pasó el toro desigual por varas, apretando un poco, metiendo riñones, cabeceando y saliendo cuando veía la salida, con algún recargue; de todo, pero no fue enteramente bravo. Inició el colombiano la faena en los medios, de rodillas, muy espectacular pero nada efectivo, de más riesgo que toreo. Luego vinieron series, por la derecha, todos enganchados y un poco descolocado, que precedieron a otra algo más en redondo y sin duda más limpia, pero desde fuera. Me gustó más el toro por el izquierdo, con el que iba franco, poderoso, entregado a la causa, con nobleza y repetitividad, por encima del torero, que anduvo vulgarote. Finalizó con una estocada, delantera, sin pasar, con pérdida del trapo, pero arriba. Escuchó un absurdo aviso por prolongar innecesariamente el trasteo. En el sexto “saltillo”, no hizo nada con el capote Juan de Castilla, aunque el toro tenía un viaje un poco justo. Puyazo trasero, con el bonito espectáculo -absolutamente reprobable- de que un monosabio sujetase de la brida al caballo, y el toro peleando con fuerza, rabo de escorpión, la cara arriba y saliendo al hilo de un capote. Lo dejó de largo para la segunda vara, el toro se arrancó, y peleó de mejor manera. Bien el “saltillo”, metiendo riñones. Anduvo éste por encima del diestro, a punto de comérselo crudo en los inicios, y casi lo desbordó. Estuvo el colombiano, lo sentimos de veras, por debajo del toro, y eso que era mucho más claro y noble por el pitón zurdo. Pero nunca se confió el espada, desde fuera, y por debajo de las cualidades y posibilidades de su antagonista. Con la espada fue como en la Batalla de Bomboná (1822), un desastre del colombiano: una atravesada, perpendicular y delantera; varios pinchazos feos u horribles, y por fin media estocada, algo tendida y desprendida.
En suma, hoy hablamos de toros y no de otras cosas que motivan nuestro descontento por la deriva que está tomando la plaza, la fiesta y el toreo. Cuando sale el toro, todas las estupideces se acaban. Ojalá lo hagan más, pero la tarde que se nos viene...
Lope de Molina