Decimotercera corrida de la feria de San Isidro de 2026
Lo dicho, ayer vimos cuatro detalles. Uno bastante bueno, el cuarto toro de la tarde en el último tercio. Un par de picadores que pusieron la vara en su sitio, rara avis, un buen par de banderillas y algunos capotazos o muletazos. Y pare usted de contar.
Me refiero a lo verdaderamente bueno, no a lo simplón, correcto, o definitivamente mejorable. Pero basta para que hoy la prensa del Movimiento se haya lanzado a repique universal de campanas, porque “la pela es la pela” y hay que animar a que la gente afloje el bolsillo; los del sector profesional y la gente del común.
Una corrida de toros, definitivamente está compuesta por 6 toros lidiados -alguno se puede ir vivo, y ayer casi lo vimos, faltaron unos 35 segundos para ello; a veces salen más de esos 6 por razones en las que no entramos (se anuncian 8, se devuelven 3, se regala el sobrero -sin M, que ese en los toros ya sale mermado hasta en la plaza de Las Ventas-, etc.)-. Seis toros de lidia, con casta, mejores o peores, mansos o bravos en diferente valoración e intensidad, no borregos o inválidos… ¡Uy!, perdón, ahora se les debe llamar -buenismo imbécil, que es término psiquiátrico antiguo- “toros con discapacidad”. De estos salieron ayer cuatro, pero de ellos apenas se habla, o no se los menciona para nada, no vaya a ser que enturbiemos el panorama glorioso y ultragratificante del triunfo -inexistente- de Sebastián Castella (repito, a 35 segundos de que el toro se le fuese vivo a los corrales; como “matador de toros” eso es un logro profesional incuestionable, sin duda), o de la famosa vuelta al ruedo al cuarto toro, al que la generosidad de don José Luis González premió -no sé en que basó su recuento para valorar que había petición mayoritaria-. Generosa vuelta al ruedo al difunto Cantaor (que aunque, con pinta de flamenco, era el toro de don Victoriano del Río Cortés). Dicho queda. Pues nada, otra vuelta a un toro que no cumple en varas como debe… y flojito.
Y al margen de lo que hizo Castella, que habrá que analizarlo, hubo dos “matadores” por allá, o por el más allá -la Conchinchina, por ejemplo-, que fracasaron en sus actuaciones, un sin fin de peones y hasta cuatro picadores, salvemos a dos de ellos, con reparos.
La corrida venía precedida de expectación, porque, no obstante lo dicho, la vacada de don Victoriano suele dar buen juego, o al menos dos o tres toros interesantes por encierro, pero apenas se vio aquello ayer, con la salvedad del cuarto y algo del sexto -casualmente, también sólo en la muleta-. La terna es de las que elogia a diario la Prensa del Movimiento -ni se les ocurra pensar en que subvencionan nada, por favor-, y al púbico le suena de tanto oírla por aquí y por acullá.
Y, si nos detenemos en analizar lo que pasó ayer, la realidad nos devuelve a otro estado de ánimo. Si a alguien se le hubiese ocurrido que la segunda mitad de la corrida sería como la primera, se hubiese, o al menos lo habría reflexionado, preparado para el hara-kiri -el seppuku-, con o sin kaishakunin (o decapitación inmediata, para evitar sufrimiento al suicida). Pero como los espadas suelen llevar, tan sólo, tres de ellas por coleta, a veces cuatro, la mayor parte del público hubiese visto frustrada su noble intención, o hubiese sufrido muchísimo... El cuarto toro nos liberó de tales pensamientos, que volvieron con el quinto; y en el sexto, los efectos del riguroso sol, y el desplazamiento del diestro hacia aquellos afectivos calores y tendidos, nos hicieron ver los mismos espejismos que algunos vieron, producidos por el ardiente calor veraniego que tempranamente nos ha invadido. Faltaron las palmeras, los dátiles y las huríes...
Recordemos... El primer toro, para el diestro glorificado, Monsieur Castella, Sebastián en España, fue una Víbora cornuda de 607 kg de peso; cosa inhabitual en este tipo de reptiles, pero no en algunos toros, largo y ancho de grupa, aunque un poco culipollo, y con dos pitones dudosos por delante. Dio el francés un montón de verónicas -perdón véroniques- para pararlo, saliendo distraído de casi todas. Topetazo en la primera vara, marronazo del picador, derriba el caballo y éste se le cae encima, todo un espectáculo; como si te pasa por encima una apisonadora. Entra a la segunda al relance, no se le pica, cabecea un par de veces y sale al hilo de un capote, antes de caerse. Emilio de Justo hizo un quite por chicuelinas, pasándose el toro por los cerros de la giennense localidad de Úbeda y sus famosos cerros. Como en el primer encuentro no se le había puesto la vara, el presidente ordenó que lo pusieran por tercera vez, y el toro se lo pensaría una enormidad, volvieron a no picarlo y definitivamente, ¡cocoricó!, volvió la cara. Se dolería en banderillas, y quedó como necesitando aire, y eso que abrió la boca en el primer tercio. ¡Hombre muy bravo, no me pareció! Castella comenzó por alto, justo lo que no necesitaba el toro, se lo sacó a los medios, que tampoco, el toro se paró y comenzó a protestar con la cabeza, quedándose cortito. Se fue apagando prácticamente de inmediato, tras la primera tanda y terminó por derrumbarse. ¡Pero monsieur Castella, si se lo venía cantando, qué cosas le hace! Ni de uno en uno mejoró la cosa, ni metiéndole un pico mayor que el Everest; vio el bicho las tablas y allá se fue con su “matador” a cuestas. Tres cuartos de espada muy caída y perpendicular. Fantástico. Como para repetir…
El cuarto fue el famoso Cantaor, al que le dedican las elegías y cantes más profundos y elogiosos cualquiera que usted lea. Castella se lo llevó hasta los medios, con algún lance de calidad y otros varios que no decían nada. El toro, ojo al parche, se remataba muy larguito o casi suelto en muchos. Y se caería por primera vez. La primera vara fue trasera, un poco caída, el toro tuvo fijeza, aunque empujó poco. Lo sacaron al hilo del capote y volvió a caerse. En la segunda entrada el toro se caería al entrar, bajo el peto, se dejó pegar y poco más, un simulacro. José Chacón puso dos pares interesantes de banderillas (de lo mejor del festejo), antes de comenzar el trasteo. La faena comenzó como cabía esperar en un toro que iba con nobleza y recorrido, por parte del espada galo de Occitania. ¡Sí!, esa de siempre, la previsible, de sustos para el público menos avezado, con pases cambiados por la espalda en los medios, con el toro a la carrera y sin mando alguno; puro “de cara a la galería”. Y eso que había qué torear. Luego vino una serie larga y periférica, prototípica, de paso atrás, dejar que el animal luzca su recorrido, y ligazón porque el animal va poco sometido, al dejarle la muleta en la cara sin rematar el pase. Pero, también es cierto, que luego destacó un natural y el artístico remate de la tanda. Lo demás, lo habitual: el toro, a base de pausas larguísimas entre tandas, para que respire (no sé si alguien lo habrá tenido en cuenta), embestía con cierta codicia, noble y boyante. Finalmente, dio las más interesantes series de su larguísimo muleteo, con la derecha, mucho más templadas, llevándolo mejor y dando un sensacional y larguísimo pase de pecho, casi circular. Lo estropeó con vulgares, aunque ajustadas, bernardinas, que son muy de pueblo, pero valen para el público de Las Ventas como eslabones de oro de 24 kilates; y mejoró con algún soberbio trincherazo y un par de pases de la firma. Con el acero dejó media desprendida y sonó el primer aviso. Vino después el recital con el verduguillo. ¿Pero hombre, no se da usted cuenta de que si entra otra vez a matar a lo mejor le había dado una estocada suficiente? Pues no; eso de “matador de toros” debería cambiarse en el carnet profesional, por “descabellador de toros” o por “torero”, simplemente, igualando democráticamente todas las categorías profesionales. Tras el siguiente descabello, vino un desarme, léase pérdida de muleta, algo que en mis tiempos jóvenes se protestaba con fuerza. Dos descabellos más y segundo aviso, y 5 descabellos más sobre la hora, esto es, rayanos ya a los 15 minutos para que el toro se fuese vivito y coleando al corral. Cómo para cantarlo a dos voces. Inopinadamente, y con mucho griterío, el presidente estimó, sin pañuelos ni nada que se le pareciera, que pedían masivamente la vuelta al ruedo al toro, y flameó el azul sobre la baranda del palco. Una cerrada ovación para el toro hubiese sido más justa, pero con el precedente de la vuelta al de Núñez del Cuvillo, a éste habría que haberle elevado un altar y disecado para el Museo de Ciencias Naturales. ¡Otra barbaridad, perdónenme! Hecha una reproducción a escala 1:1 para mostrarlo en todas las plazas del mundo. Mientras se terminaba de dar la vuelta al toro, ahora que por fin ya se había caído definitivamente y para siempre, el francés hizo detener las mulas para darle, no sé si un abrazo o un beso..., como es costumbre tan francesa… pues no sé. Luego todo fue teatro, de Moliere, Corneille o de Racine, por parte del galo: andares compungidos y pesadumbrosos, arranque a puñados el albero para besarlo (fíjense como estará de bacterias, de tanto caballo y sangre de toro), gestos de modestia absoluta (que no tiene, me temo), ademán de sentirse obligado a dar la vuelta al ruedo (cuando sabía que la daría y el público la pidió…). ¡Media caída y 9 descabellos…!, casi “na”. Hace años le sueltan una de cuidado. Pero ahora las gentes son mucho más sensibles y cariñosas.
El segundo toro fue para Emilio de Justo, un animal que perdió un par de veces las manos, antes de la primera vara. Ésta fue trasera y el toro empujó con un pitón, y luego mejoró, con ambos y más fíjeza. La segunda vara fue igual de trasera, pero el toro ya no se empleó nada y salió a un capote, en cuanto lo vio. Tomás Rufo lo quitó por chicuelinas eléctricas, de bajo voltaje. El bravo animal se dolió en garapullos, no sé si por lo pasado y por los riñones que le colocó la cuadrilla. Se dobló de Justo con él, a media altura, con eficacia y ganando terreno a los medios. Pero allí le enjaretaría lances enganchados, desde fuera y por las afueras, con abuso del extremo muleteril (pico), pero bueno… El toro ya no podía más, se desplazaba poco, era noble pero bobo, pero no tanto como para no darle un susto cuando cogió la zurda y creyó que todo el monte era orégano (lean ustedes, descolocado y con la muleta atrás). Se puso pesado el diestro, visto el aburrimiento del toro, lo poco que se movía, y el generalizado que iba cundiendo en los tendidos. Pues nada, insiste que te insiste, con medios pases, sin mucho sentido, como el muñequito de Duracell (no me pagan la publicidad). Y, claro, oyó el primer aviso sin haber entrado a matar. ¡Plasta! Pinchazo trasero y tendido; otra media estocada trasera y caída y a otra cosa. Pintaban bastos, y la cosa parecía que no iba a mejorar, después de los dos primeros.
Y así fue. Salió el tercer toro para Tomás Rufo, otro toro discapacitado, como sus hermanos, que no eran cojos, no, ni inválidos, no, ni flojos, no; que esos no son términos del buenismo estúpido que nos ha tocado vivir. Este era listón, término que no sé, tampoco, si está bien, porque listillo no pega e inteligente no era. Término taurino que define los pelos de una lista de diferente color por el lomo. Rufo le dio alguna verónica, llamémoslas salpicadas, entre paseos larguísimos del toro y caída por los cuartos traseros. Mal empezábamos. En la primera lo cogió bien González, pero el toro no empujaba, se dejó pegar y el picador le tapó la salida, antes que saliera suelto. Volvería a cogerle en buen sitio, pero también a taparle la salida, porque órdenes son órdenes y a Rufo no deben gustarle los toros enteros; se volvió a dejar masacrar y salió, nuevamente… suelto. ¡Bravo animal! Se dio un soberano batacazo en banderillas, mal puestas, y tras del primer pase de muleta, el toro se fue directamente a chiqueros. ¡Tararí, tararí, honor y gloria a la bravura! Y allí, entre el 1 y el 2 fueron ambos. Desde fuera y destemplado, porque el toro llevaba la cabeza por las nubes (no las de ZP, sino los cirros atmosféricos), porque si humillaba se caía, no dijo nada ni a las amables y generosas gentes del lugar, taurinaje y tifus al completo incluso, porque las Kimbambas o el Polo Sur andaban demasiado cerca del espada. Hubo un momento en el que pareció que se colocaría mejor, al coger la zurda, pero que si te he visto, Calixto. Fue otro espejismo. En la quinta tanda llegaron los primeros aplausos, ¡albricias!, y en la sexta desaparecieron como por cosa de magia Borrás. Y, con el arma toricida en la mano, le dejó un espadazo casi entero, caído, perdiendo el trapo y tomando el olivo, costumbre muy habitual en esta feria de san Isidro. ¡Hombre el olivo es cultivo tradicional del centro, sur y levante español, así que homenaje, también, al santo Patrón madrilerño!
El quinto toro fue otra fiera corrupia para Emilio de Justo. El toro es castaño, con O de capa, y A de carácter, feo, cornidelantero, un poco abisontado. Pero el espada de Torrejoncillo lo paró, ¡enhorabuena!, bastante bien a la verónica, sin absolutamente eco en los tendidos, que aun lloraban amargamente por no haber sacado al célebre “matador” francés por la Puerta Grande venteña. ¡Qué desilusión! Para una vez que se torea en la corrida con la capa… En la primera vara, bien puesta por Barroso, corneó un poco sobre un pitón y salió suelto. Lo tremendo vino después, en el quite por chicuelinas del maestro, pues al segundo trallazo lo tiró y lo lesionó definitivamente para los restos. ¡Le retiro la enhorabuena, oiga! La segunda vara fue como la primera pero, como los cigarrillos o los refrescos de Cola, light. Se empezó a caer, de nuevo, antes de banderillas, puso un buen tercer par Antonio Chacón (para que vean que se resalta lo bueno), y volvió el toro -no Chacón- a caerse al inicio del trasteo, ¡fenomenal panorama se nos avecinaba! A esta siguió una segunda y tercera caída, dos pases más y nuevo desplome; nueva caída después de una corta serie, despegada y desde fuera, para no forzar. Nueva caída en una nueva serie periférica y descolocada. El toro ya no podía más, como el público, la faena dejó de existir, aunque aun tuvo tiempo de Justo para hacerle caer un par de veces más. Y llevamos… Al fin cogió la espada, para un pinchacito, desprendido y con cuarteo, dos más de la misma forma, un aviso, mil capotazos en tablas, él esperando a ver si decidía el toro doblar o no, le dio 7 descabellos, sonó un segundo aviso, dos descabellos más y ¡¡fabuloso empate con Castella!! Ni que lo hubiesen pactado de antemano; nueve descabellos cada cual.
El sexto toro, para Rufo, fue grandón y listón -de esta, los buenistas veterinarios, me delatan y meten entre rejas-. El toro comenzó frenándose de salida, pero acabó aceptando algún capotazo, porque tal era su humilde condición. Luego echó el freno de mano, y siguió suelto y distraído. En la primera entrada, según sintió el hierro, pegó un brinco y salió huido, lo mismo que en la siguiente. En la tercera el picador no le dejó escapar y le sacudió a modo, ya saben como los quiere Rufo. Y eso que el toro, por dejar a todo el mundo fatal, decidió empujar, aunque acabó corneando el peto, ya sin la vara puesta. En la cuarta, recibió un puyazo bajo, como en la paletilla, y terminó el desastre en que se ha convertido la antigua y noble suerte de picar. Con menos que las fuerzas justas, y después de caerse..., el torero, en clarividente señal de que le veía fondo, brindó al público -y aquí no sé si poner puntos suspensivos, interrogaciones o signos de admiración- y se fue… ¡al 5!; lo han adivinado, en efecto. Le dio una primera serie en plan noria o tío vivo, retorcido y desde fuera, otra igual de descolocado, más o menos en la oreja en los pases centrales de la tanda; al menos, a media altura, el animalito iba y venía. No hubo mucho más, tras un desarme, la gente empezó a darse cuenta del cuento, y cayó en la misma cuenta de que era hora de cenar. Hizo el toro ademán de rajarse, y allá paró la cosa: el toro, el torero y la faena. Comenzaron los pitos, que se callaron para dejar al “matador” que le diese media rinconera, atravesada por marcharse a saludar a alguien, un metisaca bajo, una casi entera caída, y después del primer aviso, lo descabelló.
Así que, ya ven. Una corrida con un buen toro, algunos detalles, picador, banderillero y Castella, cuatro lances de don Emilio, y bronca de un subalterno -sin multa, supongo- a un aficionado que negó, sólo con el dedo, la vuelta al ruedo a ese Cantaor flamenco. ¡Loor a la corrida de la feria!
Lope de Molina