No tenemos en cuenta la atípica corrida de rejones, en nuestro recuento isidril. Son tantos los motivos para ello, que llenaríamos páginas de razones y controversias, que me resulta extraordinariamente fatigoso. Por eso, tras del festejo con caballos y toros del sábado, retomamos el hilo de la tauromaquia con la crónica de lo sucedido el domingo es un espectáculo taurino teñido por completo de gris plúmbeo, corrida plena de ignorancia y decepcionante.
El cartel tenía, a priori, un magnífico atractivo para el verdadero aficionado, con tres espadas que estaban en el momento preciso para tomar el relevo de las habituales “figuras”, que además no han brillado de forma especial en lo que llevamos de este ciclo, y una ganadería con posibilidades, que lo mismo nos ofrece un petardo, que una explosión de fuegos artificiales.
Ayer, el ganado, manso en varas en general, sacó algún animal con posibilidades muleteriles, si no se hubiesen empeñado en exprimirlos como a limones, y con sus lógicas excepciones, como el primer inválido. Sencillamente, si desde el palco, el señor inspector -o lo que sea- Rodríguez San Román, el veterinario señor Fuente al cuadrado, y el asesor Chocolate, no son capaces de ver la absoluta incapacidad de ese primero, o es que necesitan gafas para ver de lejos, o es que les inunda una ignorancia en materia taurina descomunal, o… y ahí piensen ustedes en el estado de la nación, tan putrefacta como la corrida de El Puerto, o como les recordará el famoso adagio de don José Ortega y Gasset. No paró ahí la pésima actuación del señor presidente, al que se le pidió, por parte de casi un tercio de la plaza, la dimisión y el “fuera del palco” habitual (lo recuerdo desde hace décadas de abonado), sino que concedería una misérrima oreja a David de Miranda, que luego analizaremos, tras una petición insuficiente y un bajonazo; ¡fenomenal!, don José Antonio, ¡fantástico!; siga usted así y que sea enhorabuena, que algo sacará usted en claro.
Lo peor de la corrida, además de lo pesadísima y repetitiva que fue, larguísimo espectáculo, con vacíos interminables en los que nada pasaba, ante estatuas de sal que nada hacían, parones incalificables ante los toros, no sé si para dejarlos respirar o porque alguien (¿los apoderados?) les dijo que así creaban ambiente -plúmbeo claro, como el gris generado-, fue la decepcionante actuación de los tres espadas. Porque los tres habían causado grata impresión en el coso venteño; los tres venían de hacer un toreo interesante; los tres habían dejado un magnífico recuerdo el pasado año; los tres… Toreo adocenado, de cara a la galería, al aplauso fácil, a la retirada de la pierna que debe cargarse, al encimismo barato y populista, todo de cara a la galería, y ajeno, por completo a la ética de la fiesta. Esa ética que habían mostrado los tres en actuaciones previas, y que hizo concebir esperanzas fundadas..., y desfondadas ayer mismo. Para este tipo de toreo, como dijimos, en ocasión asimismo precedente, ya tenemos suficientes practicantes, que nos torturan en busca de la vena sensiblera, sin átomo de eficacia, ética o verdad.
Y eso que dentro de la desigualdad del ganado de Alcurrucén, hubo de todo, pero dos o tres salieron, sin comportarse como bravos, que luego veremos, con “las orejas colgando”, y el último, ¡ay el último!, desaprovechado y ahogado por el más novel de los espadas, el que debía mostrar más y mejor disposición, el de mayor empuje, el de mejores formas, el menos contaminado por el virus inoculado a la tauromaquia actual, de eterno paso atrás para ligar. A Víctor Hernández le hace falta pasar por el sanatorio taurómaco de un apoderamiento eficaz, docto, ejemplarizante e instructor de lo que es el auténtico arte de torear, no la pantomima engatusabobos habitual. La tauromaquia es un compromiso ético con la vida y la muerte; y si no se lo han enseñado, o no lo sabe ver, servirá para pueblos de tercera o capitales de segunda, apunten las que quieran. Junto con la tómbola de los “Cachichi”, el espectáculo de la decrépita “Manolita Chen”, y el Tío vivo y carrusel correspondiente.
Con decirles que apenas salvo de la quema media docena de pases de Fortes, y dos chicuelinas de éste en el quite que le hizo al tercero… ¡Qué chicuelinas, por favor! Trayéndose al toro toreado desde delante, enrrollándose en el capote y llevándoselo atrás, como se debe, y no esos lances eléctricos, bruscos y dejando que el toro siga su carrera, ubicuos cualquier tarde. Y me remito al título de un artículo de don Luis Fernández Salcedo (muchos ignorarán de su existencia, pero les recomiendo que lean algo, por favor), “Quo usque tandem abutere chicuelina patientia nostra”, esto es “Hasta cuándo chicuelina -no Catilina- abusarás de nuestra paciencia”. Gracias al Cielo, ayer nos mostró el diestro malagueño que cuando se ejecutan con verdad, y con ética, y se lleva toreado el toro desde delante hacia detrás, la chicuelina puede, si no llegar a la altura de la verónica, al menos acercarse a ella. Dos pares de banderillas, un picador que puso las varas en su sitio y decepción en casi todo lo demás.
Como uno se cree aficionado, siempre ve detalles que completan el cuadro, pero no dejan de ser pinceladas, trazos, dentro de un conjunto inacabado, burdamente abocetado, desdibujado, casi tan pobre como las fotografías que están ilustrando las portadas de los programas de mano de esta feria, de don Aritz Aranbarri, que, traducido del vascuence, es algo así como Roble del Valle Nuevo.
La corrida de Alcurrucén, repetimos, no estuvo extraordinariamente presentada, fue muy desigual (casi cien kilos entre el más pesado y el más ligero), con cabezas desiguales, y hechuras que en algún caso nos recordaron a los toros de Núñez de hace cuarenta años, es que uno viene del siglo de oro…, pero dio algún juego, mucho mayor del partido que le sacaron los que van para eternas promesas… Lo que costó sacar de ese calificativo a Julio Robles y a Roberto Domínguez, por favor.
El primero fue un inválido que desde el palco no vieron, ni supieron ver, ni escuchar a buena parte del público -que sí lo vio, entendió y comprobó-. ¿Para eso han estudiado ustedes lo que sea? Porque, para que no me tachen de exagerado, les contaré que el animalejo se caería hasta en cinco, o más, ocasiones. Un bicho negro, chorreado en morcillo, regordío, y corniapretado. Se cayó dos veces en los primeros cinco lances de recibo (… es que salen acalambrados, ya saben, que para todo hay excusa). Lo dejó Fortes en suerte para la primera vara de largo, ¡gracias!, para que el varilarguero le aplicara dos inyecciones, ni siquiera extractoras, se caería a la salida de la primera vara dos veces más -llevamos cuatro, pero en el palco no vieron al inválido, perdón al toro con discapacidad-, manseando ante el peto y saliendo suelto -bravura sin par-. Le hizo un quite variado David de Miranda (saltilleras, gaonera y media, pero lances de “todo a cien”), se dolió en banderillas, y eso que le cuidaron con mimo extremo, rematando los capotazos por alto -por algo sería-, y poniendo los garapullos a la carrera, y llegó a la muleta de Fortes pidiendo árnica. El malagueño inició genuflexo la faena, con torería ilusionante, pero al cuarto lance el toro se cayó de nuevo, y se paró. El animalito apenas podía con el rabo, y ya empezó a hacerse pesada la tarde, por los muchos respiros que le dejaba el espada, metiendo mucho pico y desde fuera para no forzarle lo más mínimo y mandarlo hacia el más allá, en contra de lo que nos gustó en ocasiones previas, llevándoselo a la espalda… Y es que el toro era… un discapacitado, ya lo hemos escrito. Nada tuvo interés, y eso que un buen sector del público aplaudía como si le fuera la vida en ello; quizá había que justificar el precio o el regalo de la entrada con el primo, amigo o pariente correspondiente. Medios pases, con el toro al paso, desde fuera, un buen natural ¡de repente!, en medio de la nada, un chispazo de luz, ¡por fin!, y apagón mortecinamente aburrido (como el español de hace un año y pico, no como el de Nueva York, que aumentó mucho la tasa de natalidad de la ciudad norteamericana). Casi toda la faena fue encimista por la falta de fuerzas del toro, pero fue tal pesadez..., y tan larga y tediosa, que sonó un aviso, antes de dejarle un pinchazo, un bajonazo, con desarme, dos descabellos y que el toro se echase por sí mismo. En el cuarto, otro toro manso en varas y banderillas (se dolería evidentemente), Fortes dio alguna buena verónica, poco aplaudida; Francisco de Borja colocó la vara en su sitio; y El Víctor dejó un meritorio par al meterse mucho en el terreno del toro. Parecía que la tarde podía enderezarse… Nuevo inicio de faena, idéntico al del primero, con un intento de darle un corte clásico con la derecha, pero abusando del pico, y aunque anduvo aseado por momentos, la gente estaba, probablemente, merendando, que ya tocaba. Al fin y a la postre, fue una faena larga y desigual, con algún lance mandón, pero sin terminar, nunca, de llevarse el toro a la espalda, y darle cierta unidad. Ya con el toro en las últimas, y mira que había podido sacarle más, se puso el diestro encimista, pero las gentes ya estaban con el postre, y a pesar de un par de pases con la izquierda, en redondo, interesantes, fue poco aplaudido. Casi toda la faena estuvo colocado al hilo y abusando del dichoso pico. Lo mandó con las mulas después de un pinchazo, con desarme, una estocada perfectamente chalequera, otro pinchazo arriba, un aviso, y otra entera caída que requirió de dos descabellos…
El segundo de la tarde le correspondió a David de Miranda. Y a pesar de que tendrían que haberse entendido de salida, cada cual fue a su aire: el toro sin querer saber nada del capote y el torero sin querer saber nada del toro. Fenomenal preludio para la oreja que le regalaron después… ¿se acuerdan señor Rodríguez San Román, o Chocolate, o estaban espesos? Muy mal picado, manseando en varas, en fin el habitual desastre, que algunos calificarían de bravura extraordinaria… Y es que los Lozano... Hubo hasta cuatro quites, dos de Hernández y dos de Miranda en réplica, todo perfectamente pactado, que nos dejaron más bien fríos, entre el entusiasmo de las buenas gentes, hambrientas no sé si de toreo o de merienda, porque ya nadie se acordará de tantos piques que hemos visto, de muchos mayores quilates y de espadas de relumbrón. Y es que para recordar hay que haber visto o leído… Quizá el mejor fue el de Miranda por gaoneras, bastante ajustadas, aunque no limpias. El toro se dolería en banderillas y echaría la cara arriba. Comenzó Miranda la faena en los medios, con pases del celeste imperio, que destroncan bastante al toro al forzarle la columna antinaturalmente, y siguió al hilo del pitón, con la derecha, y la cabeza del toro más baja. En la segunda tanda le desarmaría, lo que al parecer es un mérito indiscutible y aplaudido en la tauromaquia contemporánea, y le daría un golpe con el pitón en el vientre, sin consecuencias aparentes, pero importantísimo añadido para la consecución de trofeos. Algo se lo llevó más atrás, en las siguientes, y con la zurda, en vez de en paralelo como hasta entonces, pero con mucho enganchón, casi sin dar un pase limpio. Terminó encimista, que es algo que apasiona a los que no han visto torear al gran César Rincón, por ejemplo, citando desde la oreja del toro y haciéndolo todo de cara a la galería. Por pesado le dieron un aviso, pero lejos de cuadrarlo, aun le daría unas bernardinas enganchadas, saliéndose de la suerte, antes de la definitiva estocada, caída sin paliativos. Los del palco, que, o ven doble, o lo de sumar lo tienen muy olvidado desde el colegio -qué menos que cuarenta o setenta años…-, le dieron la oreja, sin petición. En el quinto, como suele decirse, devolvió la oreja. Toro de menor presencia, y toreo de aun mucha menor presencia. Nada de nada. Les ahorraré el castigo de narrarles pormenorizadamente la faena, porque nada hubo extraordinario en los dos primeros tercios (manso en varas el cornúpeta, quite pesadísimo, desesperadamente lento, de Víctor Hernández, un buen par de Víctor del Pozo), y llegado al único tercio que ahora interesa, no me hice yo el hara-kiri que les comentaba el otro día, porque no disponía de arma homicida. Ya sé que a alguno le habría gustado, y divertido más de lo que vio en el ruedo, pero habrán de tener paciencia. Miranda no se colocó en su sitio en general, salvo cuando se lo recriminaban, ahogando al toro, encimista; sólo le recuerdo un buen cambio de mano, casi al principio, y eso que querían darle la oreja y la Puerta Grande a toda costa. Ni por esas. Al ponerse tan encimista le enseñaba la muleta a un lado, claro, y volvía a estar descolocado; es lo que pasa porque la física es, sin duda, una ciencia empírica. No llegó a la gente ni agarrándose al lomo del toro, que es algo que gusta una barbaridad, no les digo más en la plaza de Tornavacas del Cuatrero. Una pesadez insufrible. Es curioso cómo, en cuestión de segundos, se produjo una paradoja sólo comprensible con el buenismo estúpido que nos inculca el poder globalista: se cayó el torero, por tropezar con la pata del toro, y el público le aplaudió, loco de frenesí; al instante, se cayó el bicho, y ni Zeus le ovacionó. Pero como Dios es justo, remató Miranda aquello con un pinchazo, una estocada entera desprendida, un sonoro aviso, que hacía el cuarto de la tarde, y aun quedaban dos más.
El tercer toro, de Víctor Hernández, parecía el hijo del segundo. Ya saben que, en las películas o series americanas, los padres siempre son más altos que los hijos… excepto en las comedias. Eso sí, iba mejor armado, para compensar la cosa. Salió arrastrando las patas, descoordinado, y así seguiría en lo sucesivo, pero desde el palco lo vieron sano, alegre y feliz. Plaza 1 y Nautalia deben estar encantadas; cualquier día les regalan un viaje a las Seychelles. Manseó en varas, que no les detallo por mor del aburrimiento que me provoca, Fortes hizo su gran quite por chicuelinas, ajustadísimas, llevándolo muy toreado hasta atrás. Se dolió en banderillas, con un tercer par, de Marcos Prieto, aceptable. El animal andaba cojeando, aunque sea incorrecto decirlo, entraba al paso, el matador estaba fuera, tirando líneas, se caería -el de los cuernos, claro- en alguna ocasión, engancharía la muleta bastantes veces, la faena tornóse pesadísima, y terminó con una buena estocada arriba, pero con desarme; lo levantó el puntillero, y se echó en tablas él solito. ¡Madre mía, y aun quedaban otros tres! En el último de la tarde me pasó lo mismito que en el quinto, ¡ay si hubiese tenido una espada corta, un wakizashi, a mano! Mansea el bicho de salida, mansea en varas, mansea en banderillas (menos mal que Yelco Álvarez pone un tercer par meritorio, por meterse en el terreno del toro con exposición), y llegó a la muleta más soso y más ñoño que nadie, y con ambos protagonistas genuflexos, ya saben... Tandas de toreo moderno, con el toro sin sal, sin ganas, y el torero fuera, pasito atrás, abuso del pico y en paralelo, por aquello de no forzar y que volviese a caerse. Y eso que el toro parecía noble, boyante y tan repetidor, como alguno del palco en matemáticas, en septiembre. El animalito, exhausto, se fue parando y el torero estimó que era el momento preciso para…, pues no, no fue por la espada, sino que se puso encimista y en la oreja, asesorado sin duda por su genial apoderado. ¡Dalé más, que todavía hay oreja, dale! Lances enganchados, al toro le cuesta ir un sin vivir, pero cuando iba, iba. Sonó el primer aviso y el espada dale que te pego, impertérrito. Varios trapazos más para rematar tamaña hazaña, antes de una estocada entera, desprendida, tirándose bien, y segundo aviso, tararí, tararí, antes de descabellarlo. Sexto aviso en una tarde plúmbea, cárdena oscurísima.
¿Se han fijado ustedes que para avanzar en la carrera taurina no hay más que caer en manos de un apoderado competente, que te diga lo que tienes que hacer y cómo torear? A Fortes lo apodera ahora Nacho [Zabala] de la Serna; a Miranda un tal Enrique Ponce, y al pobre de Víctor Hernández, el ilustrísimo señor don Miguel Abellán, ex Director Gerente del Centro de Asuntos Taurinos (CAT, algo igual de malo que el musical en plural) de la Comunidad de Madrid. Ahí lo dejo.