No confundamos los términos y acojámonos a las definiciones de la Real Academia de la Lengua. La ilusión, en su primera acepción es un “Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos”. Centrémonos en ello, está la ilusión “sugerida por la imaginación” o “causada por engaño de los sentidos”.
El ilusionismo, según la misma docta fuente es el “Arte de producir fenómenos que parecen contradecir los hechos naturales”. Es, por lo tanto, un arte escénico, que nos engaña, que recurre a lo subjetivo, y que parece contradecir a lo natural, a lo real; pero sólo lo parece. El elefante no vuela, ni el transatlántico desaparece; la mujer no flota en el espacio, ni el encerrado en una caja es serrado por la mitad, sin derramamiento de sangre. Para ello hace falta un ilusionista, alguien experto en este tipo de falsos efectos, que tienen su base real y científica, pero que logre engañar a la masa de espectadores que lo contemplan.
En Las Ventas, ayer, se produjo un doble espectáculo de ilusionismo: nos anunciaron que se lidiaría una corrida de toros… y al fin Talavante corto una misérrima oreja a un inválido absoluto, al que el público ovacionó como si fuera uno de los toros de Pedraza, lidiados el día anterior del anterior.
Yo, lo reconozco, me admiro de los juegos de cartas y pequeños trucos de nuestro Juan Tamariz, de su capacidad para engatusarte, de su gracejo para el engaño y para hacerte pasar un rato agradable. A lo mejor hay mucho espectador que cree ir a la fiesta de los toros con esa misma ilusión (en su otra acepción), pero este es un espectáculo serio, donde la vida y la muerte están presentes, donde se ritualiza el acto de la superación del ser humano frente a una naturaleza hostil, agresiva, maligna en su concepción primitiva. Aquí no hay, ni puede haber, juegos de manos que nos engañen. Aquí se viene a mostrar la cruda verdad, la realidad de la fragilidad humana -nunca la del animal-, la superación de los miedos por las capacidades intrínsecas del hombre, no por la decrepitud e invalidez del animal.
Y quien crea que esto es otra cosa que se vaya al circo o a tomar el aperitivo a una terraza del Retiro.
Para producir esa ilusión, en un espectáculo público, se necesita un ilusionista, un Harry Houdini, y en Las Ventas, ayer, lo hubo, con un comportamiento antiético perfectamente calculado, medido, pensado, simulado, por parte del diestro que apodera la empresa (o acaso que la empresa se ha apoderado de él). Alejandro Talavante, o como decía un compañero de localidad “Te levante” -guiño a los inválidos-, hizo parecer que se enfrentaba a un toro de lidia, y que se lo pasaba por las cercanías, para una buena parte de los espectadores en un espectáculo de ilusionismo y sugestión colectiva. Todo mentira.
El toro era un inválido absoluto, que apenas se mantenía en pie, que necesitaba que el diestro se diera, en su derredor, vueltas de minuto y medio para que respirase y volviese a embestir cuatro veces, porque si no se hubiese derrumbado como las ruinas de Palmira en manos del ISIS. Volado por los aires. “Te levante” podría haberse ido, y casi lo hizo, entre tanda y tanda, a tomar una cerveza a la plaza de Manuel Becerra, sentado en una terraza, o a tomar un helado -que falta hubiese hecho- a la Puerta del Sol. Con esos larguísimos paseos -¡y me quejaba yo de las interminable pausas de Roca Rey, pobre infeliz!- el toro pudo mantenerse en pie lo que su invalidez no le hubiese permitido si se hubieran dado un quinto o sexto lance por serie. La engañifa coló, porque la sugestión del diestro pacense -que no viene de paz, sino de Badajoz-, ese arrastrar los pies cansino, como triste y abandonado, sugirió una especie de hipnosis colectiva, donde todo parecía lo que no era. De la vergüenza por lidiar aquella babosa inválida, pasamos a la apoteosis de un triunfo engañoso, donde el toro, sin forzar en sus embestidas lo más mínimo, pasaba en derredor del diestro, que nunca, salvo en el primer cite de cada grupo escultórico, se colocaba ante los pitones de la “espantosa fiera”.
La corrida de Garcigrande, para mayor suplicio y engaño de los espectadores “ilusionados”, ni siquiera fue de ese hierro, porque se acabarían lidiando dos sobreros de Torrealta -tanto monta...- mientras que tres de los titulares (incluido el primer sobrero), se iban a chiqueros con los bueyes por la misma invalidez que afectó a alguno de los que se mantuvieron en el ruedo. Yo no sé, ni conozco, la capacidad o cociente intelectual de los del palco, pero que todos vimos, sin necesidad de esperar cinco minutos, que los tres devueltos eran unos absolutos inválidos, estaba clarísimo a los treinta segundos desde que salieron. Quizá esperaban algo así como la resurrección de Lázaro, la de la hija de Jairo, o el hijo de la viuda de Nain, pero aquello, sin la presencia de Nuestro Señor, era algo manifiestamente ilusionista, y no milagroso. Pues el Sr. Rodríguez San Román, se empeñó en contradecirse a sí mismo, y hacernos perder veinte minutos -o más- en tres devoluciones que podían haberse realizado en cinco, dada la eficacia de los bueyes, ayer tarde. Quizá no tenga prisa, a nadie que le espere en casa, cene fuera, o haya aprendido de algún superior jerárquico de actualidad -ni muchísimo menos todos son así, Dios me libre-, que en bares de lucecitas de colores se pasa “una buena noche”. El caso es que, como no tenía prisa, ahí nos tuvo a todos esperando, o cambiando al mamotreto -¿pero quién aprueba a ese mastodonte sin cabeza en un reconocimiento madrileño, quién es el iluminado, que no ilusionista que hace que lo pongan en el programa, con esa miserable cabeza?- del último Garcigrandón, cuando ya se veía que se iba a desplomar, una vez tras otra; hay que tener o nulo conocimiento, o estar sugestionado por algún ilusionista, o ser muy cortito, o Dios sabe qué.
Los Garci-de todo-, salieron como era de esperar, blandos, flojos, inválidos, todos en función de una inesperada variedad, sosos, mansos, ñoños, bobos y aborregados como quieren las figuras, lo más parecido a un rebaño trashumante de ovejas, de un lado para otro, incluso desde los corrales al ruedo y desde éste a los corrales. ¡Qué pesadez! Hubo muchos comentarios sobre si el primer sobrero, Exiliado -no me extraña nada, porque no le querrían en la ganadería y decidieron mandarlo y cobrárselo a la empresa- era el toro más grande de Las Ventas de la historia, con sus 715 kilos -supuestos- en una báscula a la que no sabemos si le hacen las correspondientes calibraciones científicas diarios o cuenta con el correspondiente certificado de AENOR. Pues no. Toros con algún kilo más han salido, con el número siete por delante recuerdo varios, aunque es verdad que no muchos, y no pienso dedicar mi tiempo a repasar los miles de programas de casa. Eso fue de lo más interesante de la tarde. Esa mole cárnica para gran regocijo de los tablajeros venteños, que sacarían sus pingües beneficios del desecho muscular del cadáver…
Morenito de Aranda nos dejó, sin embargo, lo más torero de la tarde, pero como en cuentagotas, como si no quisiera que nos emocionáramos con lo que sabe hacer, mezclado con sal de frutas que ya saben para qué sirve. Una lástima. Íbamos muy ilusionados, en el mejor término de la palabra, por verle, porque le habíamos visto el pasado año un par de actuaciones serias, profundas, de clasicismo y gusto evidentes. Pero, llegó a Las Ventas, vio el panorama, el ilusionismo que nos depara la empresa, y decidió, como un mago de segunda, intentar colarnos como toreo... el destoreo habitual. Es cierto que metió, a base de perder terreno, a su primero en el capote, que le vimos algunos derechazos en redondo a su primero, profundos, largos, llevándose al toro a la espalda, muy toreados… pero perdidos en un piélago de calamidades (Hamlet dixit). Faena desigual, muy desigual, por desgracia, rematada con una estocada levemente desprendida. Este primero fue un manso al que le hicieron un análisis de sangre en el primer tercio… desconocemos el resultado, porque en la tauromaquia todo es opaco, para averiguar, posiblemente, por qué se caía. Su segundo antagonista nos recordó a la película de Disney, Morris el alce enano, en la que salía Morris, un alce muy pequeñín con una cornamenta exageradamente grande (que le provocaría un dolor de cuello espantoso) y su amigo Balsam, un alce tremendo con unos cuernos chiquitines. Este de Morenito era Balsam, un torillo infeliz, de 620 kilos, Naviero de nombre (quizá por el tonelaje), con unos platanitos en la cabeza a guisa de astas. ¡Vaya una ilusión fallida! Se creían que nos la iban a dar con queso con ese bicho, porque el ilusionista empresarial ha decidido que todos debemos ser tontos de capirote, o listos de birrete. Este nuevo manso se enfrentó con un caballo que era el doble de grande que él, esto es, si eran 620 kilos de toro, el caballo andaría, comparando, por la tonelada… Nada hizo de bravo, de poderoso Naviero. A “Te levante”, que no le hizo falta levantarlo, le dio por por unas gaoneras eléctricas, y ni con la electrochoques despertó al zombi táurico. Y Morenito volvería a intentar colarnos el truco ilusionista, de toreo periférico, pasito atrás para dejar que el toro vaya cómodo y sin apreturas, lo despedía para el más allá, alargando el brazo y dando el típico muñecazo, aunque volvería a dejarnos recuerdo de que sabe torear, de verdad, en un tercio de docena de muletazos, cuando se olvidaba de pamemas, y se lo metía para dentro con regusto clásico. El toro era un sieso soso, que daba más sueño que el lorazepam, sin ningún tipo de problemas, flojito, invalidín, paradito... Tedio absoluto. Eso sí, intentó rajarse cuando el diestro lo cerró para entrar a matar. Aquello había sido insufriblemente largo, así sonó un aviso y le dejó la espada caída.
A Talavante le salió un segundo bicho colorado ojo de perdiz, listón y veleto. Después de corretear por allí le dio alguna verónica buena, y el supuesto toro -lobo con piel de cordero o cordero con piel de toro- ¡chantatachán, como decía Tamariz-, se cayó por primera vez. Pasó por varas mirando si alguien le salvaba del suplicio, volvería a caerse, le cuidaron con mimo para intentar salvarlo del retorno al hogar, (Premio Florence Nightingale -ya saben, la enfermera que estuvo tras la creación de la Cruz Roja, y anduvo heroica en la guerra de Crimea… del XIX-, al diestro que realice la mejor labor de enfermería taurina), y comenzó Talavante a ensayar su ilusionismo sugestionador. Pero a base de series periféricas, despegadas con un toro al que llamarle pastueño sería darle una categoría que no tuvo, con pico y para fuera… no coló nada. Con desgana nos ahorró lo plomizo, se embolsó las decenas de miles de euros que le tocan por toro en Madrid, y a otra cosa... mariposa. Lo que se dice trabajar, lo mínimo posible, que es muy cansado. Un pinchazo bajo y un sablazo contrario y atravesado, requirieron un descabello. Y salió el quinto… y hete aquí que se logró el milagro: el ilusionismo apareció, o el trasiego alcohólico hizo su efecto… ¡Qué calor hacía, por favor! Salió otra res tipo el alce gigantón Balsam, de 641 kilos y dos miniaturas en la frente, un bicho manifiestamente inválido, que vimos todos los aficionados, menos la gente del palco que debe tener un cristal rosa por delante; se cayó de atrás; derribó por casualidad en la primera vara, romaneando, y eso fue el punto de arranque para que cobrase forma el espectáculo ilusionista entre la presidencia y el público orejófilo. Vaya timo. Al toro le dieron todo tipo de trapazos, hacia un lado, hacia otro, y lo devolvieron al corral… ¿Para qué tanta historia? En su lugar salió el segundo sobrero, del hierro de Torrealta, que más altas han caído…, negro veleto, que se tapaba sólo con el sombrero. Me acuerdo cuando alguien gritaba eso de ¡quince veterinarios, quince...! Ya no se tiene ni gracia, ni ganas. Talavante salió desganado, y no me extraña, manseó el toro, se cayó varias veces (no menos de 5 veces antes de la faena y dos o tres más después, pero daba igual), en fin el guion habitual, pero el palco estaba ya sugestionado, no sé si por los andares pesarosos de Talavante, evidentemente hipnóticos, o por la empresa. El toro coló. Y en series periféricas, de tres o cuatro y el de pecho, y paseos por el Campo de Las Naciones, el diestro ilusionista hizo ver a buena parte de la concurrencia que aquello era obra de Rembrandt, no de pintor de brocha gorda. Desde fuera todo el rato, hizo del pobre borrego lo que quiso… eso cuando no andaba tomando el aire por El Pardo. Ensoñación de engañabobos, pero... al hacerlo desaparecer de una estocada, ¡flush!, con desarme, por arriba o así, la gente estalló en petición insuficiente y el palco le concedió la oreja, igualmente sugestionado porque le pareció ver una mayoría absoluta e incontrovertible. Imágenes hay televisivas.
Pablo Aguado fue el peor parado en este espectáculo de ilusionismo. Si lo sabe… no viene. Su primer toro titular, el pequeñín de la corrida -Morris el alce enano-, como era veleto de cuerna, tapaba su escasez por detrás. No importó, después de numerosas caídas y pérdidas de manos, y después de dos varas, se despertaron en el palco... y al darse cuenta, por fin, lo devolvieron. Corrió turno, por si por un casual se libraba de la masa cárnica de 715 kilos, y salió el sexto anunciado en programa. Sólo eran 608 kilos, así que adelante, Dio alguna verónica apreciable a derechas, lo picaron como para un análisis (sin resultados, de nuevo, visibles y transparentes), adivinen por qué…, manseó, lo quitó Morenito sin finalizar el esfuerzo, porque el bicho no podía ya andar; banderilleó bien, sin rival, Iván García y hasta allí llegó el toro. Soso, embistiendo con cabeceo por falta de fuerzas, el diestro con precauciones, periférico… Nuevas caídas del borrego acarnerado, ¡qué felicidad! Al menos, y dado que el día anterior le habían echado el toro al corral, Aguado optó por la brevedad ante el inválido. Un pinchazo desprendido, sin cruzar, dos más, uno absolutamente bajo, otros dos bajos, uno muy atravesado, y Dios nos libró, eterna sea su Gloria, concediéndole que acertase con una entera contraria, alargando el brazo. Yo creo que quiso que viéramos todo un muestrario de cómo no se mata un toro. ¡Fenomenal! Como hemos dicho el primer mastodonte, Balsam de 715 kilos y pitoncillos, salió y se fue con los mansos, como su homónimo peliculero, por invalidez. Exiliado al corral, pero qué recuerdos de la infancia, qué platanitos en la cabeza, fantástico. Tras del pañuelo verde y cinco minutos de padecimiento inútil, porque todo el mundo lo vio, salvo los tres del palco, salió un toro de Torrealta, que ha quedado para sobreros, de 618 kg, colorado ojo de perdiz, jirón, bragado corrido, listón y cornidelantero. Después de como 20 lances sin sentido, ni profundidad, ni gusto, ni nada de nada, se cayó, y tras de otros 10 capotazos más, entró el animalejo a la primera vara… y, ¡atención!, se caería. Nuevo manso, sin intrerés en el caballo, que es lo que le gusta a la torería andante, siempre que se acompañe en toreabilidad, sosería, ñoñez o huidas de la franela. No sabría cómo catalogar a los picadores de ayer, si bien o mal… (porque hubo señores montados sobre equinosaurios de Parque Jurásico, salvo para el pequeñín “Garcichico)”. Cuando se hace como si se hiciera, y los toros hicieron como si hiciesen, y nada fuera de verdad,… ilusionismo puro. ¡Enhorabuena! El manso se dolió en banderillas, y comenzaría a caerse como fue norma y era preceptivo, obligatorio, imperativo, ayer. Me cupo la duda si en uno de esos desmayos, podrían levantarlo, porque 618 kg son muchos… Pero no llegó la sangre al río. Bueno, apenas había sangre… ya me entienden. El toro fue a “contraestilo” de Aguado; en vez de ir sumiso y humillado, dócil y ñoño, como no podía con el extremo caudal de su columna (léase rabo), iba al paso, cabeceando, tirando cornaditas porque le pesaba el alma, si la hubiese tenido. Aguado lo intentó pasar de uno en uno, por si colaba otra ilusión óptica y cerebral, y… tampoco. Sonaron sendos “puuuuuuum, petardo”, como cuando suena un aviso, y el diestro cogió la tizona, y se la embutió a la morcilla aquélla, de una estocada casi entera, trasera y tendida, que requirió un descabello. ¡Fenomenal!
Ilusionismo puro. Nos dijeron que era una corrida y asistimos a un espectáculo mágico en el que lo único de verdad fue que los de Garcigrandes fueron… grandes, enormes masas de carne putrefacta e inválida. No se preocupen, la Prensa del Movimiento dirá que la culpa la tienen los del 7, que piden toros grandes en vez de reses de 405 kilos para la plaza de Las Ventas, y así no hay quien pueda, ¡pobres!