Quinta corrida de la feria de San Isidro de 2026
La corrida de El Parralejo fue rechazada por el equipo presidencial… y ellos sabrán por qué. La que había sido triunfadora de la Feria de Abril sevillana, con casta, cierta bravura e interés, fue sustituida por otra de El Vellosino, que nadie demandaba, que nadie había pedido, y cuyos resultados se esperaban como una fatalidad de tragedia griega caída sobre la cabeza de los aficionados y público venteño. Dícese del enfrentamiento entre el veedor de la empresa y el ganadero; éste, que ayer se despachó, si no a su gusto, sí con veladas alusiones a una “mano negra”, mano que no es la que pasa por taquilla, por cierto (y aviso a navegantes). El caso es que con la sustitución del ganado previsto, y la aquiescencia sumisa y obediente, pasiva o dócil de los espadas contratados... para “otra cosa” (y el que se mueve no sale en la foto, en frase archiconocidísima de un corrupto), la docta y gentil empresa que gobierna y rige la plaza de toros de Madrid, con el beneplácito y asentimiento asegurado del CAT, se ahorró un buen puñado de miles de euros (o de millones de las antiguas pesetas). No hubo apenas devolución, y se compensó, sin duda, con las nuevas entradas vendidas en taquilla, porque el coso registró un lleno aparente (con las habituales ausencias de los abonados de temporada gratuitos, que es de rigor).
“Parralejos” por “vellosinos”, ¡qué falta hace la vuelta a la denominación de las ganaderías por los nombres de sus verdaderos propietarios, no de las fincas o de las “empresas agropecuarias”! Así sabríamos los nombres de los ilustres, o deslustrados, ganaderos o ganaduros, y quizá compusiéramos mejor el cuadro (y no el de las lanzas, que eso incumbe a los asalariados jinetes que tanto puyazo trasero y caído nos regalan cada tarde). Pues nada, para delante unos “vellosinos”, que no es que no fueran de oro, es que no eran ni de latón, aunque sí latosos. Toros mal presentados, en primer lugar… Entonces… ¿por qué desecharon a los “parralejos”? ¿Porque eran bajitos, aunque cuajados? ¿Mejoraron la presentación, o el juego, las osamentas infames que salieron al ruedo, los toros cariavacados y sin remate, las encornaduras prietas -estrechos de sienes los llaman los taurinos del sistema-, la flojedad y el descaste generalizado? A la postre cambiamos posible casta -sin manipulación de ningún tipo, por cierto, ya que como no se analiza nada, nada existe-, por el descaste y el comportamiento entre boyar y mular de los “vellosinos”.
La famosa mula Francis tenía más clase, y tal vez agresividad, que estos tristes despojos con que nos regaló Plaza 1, y que mostró al mundo -a través de la televisión-, fruto de su buen hacer. Enhorabuena. Seguramente harán otro videoclip con otro diestro semidesnudo, o cartel asexuado, para incitar a los bajos instintos, justificando su impecable e inmejorable disposición y ejercicio.
Hubo público que ni se enteró del cambio, ¿para qué?, y que salió de la plaza echando pestes de los de El Parralejo, se lo puedo asegurar. El nivel es ya tan bajo en la “afición”, que no sólo es que no sepan distinguir entre los diestros, no saben ni el nombre de la ganadería que se lidia, confunden a los espadas, y no les digo cuando hay alternativas o confirmaciones, y tenemos que pasarnos media corrida corrigiendo nombres y situaciones para los de alrededor. Es el público ideal, que lo mismo aplaude un par en la paletilla, que ovaciona a un picador que marra o no cumple con su labor, que se extasía hasta el infinito con una estocada entera en el brazuelo, y que aplaude un sinfín de trapazos ejecutados por su “ídolo”... con pies de barro. Público acrítico, ignorante, vulgar, que lo mismo podía estar en Las Ventas que un concierto de Shakira. Ya no les cuento cómo se cuela la gente al finalizar el festejo para la verbena hortera, o concierto deslustrado, que “subcontrata” -como reconoció Garrido en un video- la empresa todas las noches tras la corrida, impidiendo el normal desalojo del coso por parte de los que sí han pagado su entrada. La autoridad… mira para otro lado, ¿y por qué?
Los infames bichos “vellosineros” dieron al traste con la tarde, y a raíz de ello, tuvimos que reflexionar, reparar y probablemente rectificar, sobre la mala corrida del día anterior de Partido de Resina, (porque de la trayectoria de su propietario no daremos señas), que también tiene nombre de finca, para guardar el anonimato del dueño de los antiguos toros de don Felipe de Pablo-Romero.
Abrió plaza, para Sebastián Castella, un torete, muy justito de trapío, prácticamente un novillejo, sin remate, inválido y descastado, ¡vamos, lo ideal! Lo recibió éste con lances capoteros sucios (aunque es cierto que el viento sopló de tanto en cuanto), entró sin fijar a varas (que el funcionario del penco colocó caídas y tuvo que rectificarlas, tapándole la salida), y al segundo pase de muleta el toro se vino abajo. Cuatro caídas contamos, al fin, en ese prodigio de faena de los portentosos ocho muletazos que le diera al “vellosino” el francés. Así que lo despenó de su triste existencia miserable, de casi media, por arriba, pero sin entregarse, y un descabello. El cuarto de la tarde, fue un toro corniavacado, alto de agujas, pero digno de un espectáculo cómico-taurino, de escasa presencia (pese a que nos pusieron 583 kilos en la tablilla, porque la báscula opera en sentido inverso cuando pesan los caballos de picar o los toros). Castella, en los medios, dio varias verónicas y chicuelinas, con los pies juntos, pero sin mucha historia. Lo de varas fue infumable, tanto por parte del cariavacado animal, como del picador, que acosó a la res. Comenzó el último trance con el francés sentado en el estribo, y luego genuflexo, por ver si eso motivaba a un público ampliamente ya… desmotivado. Respondería el “vellosino”, con viajes cortos y la cara alta. Y el diestro decidió irse a los medios, a ver si así cambiaban los humos…, dándole distancias exageradas a las que el toro se obligó a ir… al paso (pero no ligero, sino de regulares). Después de un par de tandas por la periferia, el bicho decidió pararse. ¿Para qué más? Castella dudaba entre las cercanías o las lejanías, y en ese océano de dudas, ante un animalejo descastado y flojo, se fue diluyendo la faena, el tiempo y la paciencia de los aficionados, en un trasteo sin la más mínima emoción. Dicho en otras palabras y en términos televisivos: “The Walking Dead”. No fue óbice, sin embargo, para que Castella intentase superar el récord anual de muletazos, cosa que no consiguió por falta de antagonista. Lo mandó retirar por las mulas tras un pinchazo con desarme, un aviso, un marronazo bajo por caer la espada sobre una banderilla y una entera desprendida, con nuevo desarme y segundo aviso. Del tercer aviso le salvaron tres descabellos.
El segundo le tocó en “mala suerte” a Daniel Luque; animalejo con escasísima culata, pero con dos pitones por delante, que, al parecer, es lo que significa el trapío entre los veterinarios de Madrid. Otro “toro” que salió cayéndose, además, para colmo de infortunios. Luque intentaba mantenerlo en pie, a base de capotazos rematados por las nubes, por lo que salieron éstos o enganchados o sucios. Fantástica visión de futuro. Huyó de la primera vara, muy mal picado, tomó una segunda al relance de cualquier manera, y una tercera innecesaria, en la que ni empujó, ni el puyero picó. ¿Y para qué nos hacen sufrir esa pantomima? Volvería a caerse en banderillas, llegando a la muleta como se pueden ustedes imaginar. Al cuarto muletazo de Luque, volvería a besar el santo suelo, y con un trasteo en paralelo, la mayor parte de las veces a media altura para evitar caídas, decidió acortar distancias, encimista, y llevarlo suavemente en redondo para poca cosa, pero ni con esas… Nueva caída. Cuando se mantenía en pie el “vellosinero” cabeceaba defensivamente por falta de poder. Pues nada; el de Gerena siguió a lo suyo, a la búsqueda de la eternidad, desde las afueras, y visto que la respuesta del respetable era cada vez más exigua, le sacudió una entera, prácticamente arriba, el toro se fue a morir a tablas, sonó un aviso, y, en efecto, se murió. Lamentable. Y saldría el quinto a ratificar la magnífica corrida “vellosina”. Sin mucho cuajo por detrás, pero más digno de presencia que sus hermanos, al menos Luque se lució un poco con una buena verónica, a derechas. Como la lidia importa un comino en la primera plaza del orbe taurino, el toro entró suelto a la primera vara, el picador aguantó el envite, bien montado, y no fue derribado por los pelos. ¿Vara de bravo? Pues no, al contrario. El bicho tenía pinta de ser un buey de carreta, y así lo ratificó. Tremendo. En la segunda, no se empleó y salió según pudo ver un capote. Quite de Miranda por chicuelinas, que replicó Luque con otras, algo más ajustadas. Al menos vimos dos buenos pares de Juan Contreras, el segundo exponiendo bastante más. Luque se nos marchó de viaje al 5, tendido cuya gratitud se muestra exponencialmente a la cercanía de la faena; y es que el calor hay que combatirlo con mayor cantidad de líquidos, o algo debe pasar de embrujo y misterio por sus rededores. Habrá quien afirme que allí hace menos viento, y no le faltará razón, lo mismo que en el 1, pero donde las cosas son diferentes. El animalejo era, como augurábamos, un buey. O quizá un mulo, ya no sabemos cómo calificarlo. Entraba al paso, le costaba un mundo echar hacia delante, y el espada estaba entre la colocación y la descolocación, dando pases sin cuento, camino del paroxismo muletero. Decidió ponerse encimista, mucho más en corto, y hacer grandes alardes de supuesto valor, de cara a su particular galería, con el buey muy parado y sin mayor interés. Eso pasa por apuntarse a la “vellosinada”. Sonó un aviso porque, como cabía presuponer, la faena iba a ser corta. Estocada entera, desprendida, muy ovacionada en el mismo 5, y el toro se echó en su terreno. Amén.
Salió un tercero para David de Miranda, que era una castaña de castaño, con poca culata, aunque más desarrollado por delante, y con unos pitones dignos de ser analizados en Canillas. Salió buscando, exactamente, por dónde se salía. Miranda, que nos había hecho concebir grandes esperanzas la temporada pasada, pasó de puntillas por Las Ventas, desdiciendo en mucha parte aquéllas, con un toreo anodino y ventajista que desde luego no era ni el mostrado el año anterior, ni el esperado con avidez. Lances a la verónica de recibo, sin mayor historia y en paralelo, para no forzar al toro, que se quedaba corto, sin mayor arte ni parte. Y con la muleta, iniciaría Miranda su labor con pases del “celeste imperio” (ya saben, los que no engañan ni a los chinos) y dos por bajo. Faena en corto, con pases cortos y con algún toque de muleta en los finales. ¿Otra faena cortita? Pues no, a insistir en ese espíritu nihilista, digno del más efusivo aplauso de Friedrich Nietzsche, siempre desde fuera, antes de que, definitivamente, el toro se rajase. Una estocada baja, entera y verdadera, inicialmente muy aplaudida por las amables gentes que regalan su dinero a la empresa. El sexto fue otro “vellosino” hecho a golpes. Lo lanceó Miranda, a pies juntos (quién se lo habrá dicho…), sin sujetarlo, ni pararlo, y fruto de lo cual entró a la primera vara… a su aire. Como tampoco tenía fuelle para mucho, el varilarguero se limitó a simular algo la suerte y llegó, tras los garapullos, a lo único que le interesa al gran público. Pues tampoco. Con la cara alta, punteando por arriba, y en el famoso -ya- tendido cinco de los grandes triunfos, Miranda lo tanteó por bajo y por alto, por si acaso, pero el mulo siguió cayéndose (al menos tres veces). Con escaso viaje, el maestro intentó acortar distancias, ponerse encimista y pesado, y a fe que lo consiguió. El frío fue calando e invadiendo los corazones del público, los ánimos de los dos protagonistas y congelando el toreo; consecuencia: comenzaron los pitos. ¡Gracias, señoritos de Plaza 1, por traer un encierro de El Vellosino, colección de mulos dignos de tres carretas! No se desanimó el torero y pudo haber continuado allí hasta pasado mañana, pero por fin nos liberó de tanta pesadez y aburrimiento, con una estocada entera, muy caída y cuarteando.
Alguien podría preguntarse si la terna hubiera tenido más opciones, si hubiéramos visto más toreo, más bravura o más casta, más emoción o más gusto, si se hubiese lidiado la corrida de El Parralejo… ¡Hombre!, no sea usted así; miré que tiene mala uva, y nosotros mal fario. La empresa hace lo que puede en pro de su cuenta de beneficios.
Lope de Molina