LA FERIA DE MADRID 2026
Nos podrán contar que esta Feria de Madrid 2026, ha sido un éxito de públicos asistentes al coso madrileño, colgando el cartel de “no hay billetes” en diecisiete ocasiones; que ha despertado gran interés entre los seguidores y curiosos del toreo; que se han producido nueve generosas salidas hombros de matadores de toros, novilleros y rejoneadores; que se han otorgado dieciséis despojos a matadores, siete a novilleros y cinco a rejoneadores, y hasta se han dado vueltas al ruedo a tres astados; pero es indiscutible que para el aficionado abonado el global del espectáculo ha tenido un excelso tono de mediocridad.
Y esta se ha debido, dejando aparte la actuación de los distintos matadores, de la que se han preocupado los miembros de esta Asociación en sus diarias críticas, y que son percibidas por cada asistente a los festejos; a las erráticas Presidencias; al número de reses devueltas -doce-; a las burdas maneras de ejecutar las suertes picadores y banderilleros; a la injustificada dilación de las faenas de muleta; a la ingente cantidad de avisos que han sonado -setenta y cuatro- por un generalizado mal uso de los aceros; y sobre todo a la escasa emoción suscitada por las diversas ganaderías presentadas, de las que únicamente reseño a la del Conde de Mayalde, Montealto, El Torero, Saltillo, Pedraza de Yeltes, Adolfo Martin, José Escolar y Victorino Martín, cada una con sus peculiaridades y singularidades.
Los modos de ejecutar el toreo fueron consecuencia de las características de las reses a lidiar en cada época. Con la revolución artística que supuso la aparición de Juan Belmonte, público, aficionados, empresarios y naturalmente ganaderos, se vieron obligados a evolucionar y por tanto a asumir un toro de menor agresividad y aspereza, que facilitara y aumentara las posibilidades de ejecutar y presenciar el arte del toreo, buscando la espaciosidad y la belleza.
Los ganaderos manipulando el comportamiento natural del toro de lidia para restarle acometividad, hurgando en los genes de la bravura, en busca de un toro estático, indiferente; un toro que humille y repita; más bravo y noble, el toro “ideal” de hoy, se nos dice, todo ello intentando encontrarle al concepto bravura una acepción funcional y doméstica.
Un toro que “sirva”, como nos dicen los taurinos, un toro con “clase”, término que me rechina cada vez que lo oigo, como si un animal salvaje y fiero tuviera que tener “clase”, es por eso por lo que nos encontramos con un animal al que los criadores han vuelto desequilibrados, un desquiciado pacifico, claro está. Un animal tonto. Al perder la variedad de comportamientos del toro, están uniformizando al eje del espectáculo, la materia prima de la tauromaquia.
Hoy en día, algunos añoramos ese denostado toro de los setenta y ochenta, que si bien se caía, acometía a los engaños y al caballo, aguantaba tres puyazos, hoy en día inimaginables, y la cantidad de pases con capote y muleta que les pegaba un plantel de toreros, cada uno con su personalidad y diverso estilo, que no se dejaban ganar la pelea por nadie. Un toro al que una tanda de verónicas de verdad, cargando la suerte y saliéndose el torero por el costillar en la media, le someta.
Un toro al que el picador subido en un caballo con el peso reglamentario, cite de frente, tire la vara de detener y meta las cuerdas en el morrillo, antes que el burel llegue al peto. Un toro al que el diestro fuerce a bajar la testa, sin hacerle embestir en línea recta, sin esfuerzo alguno, y por tanto, a su aire, con el consiguiente alivio del ejecutor. Lo grave de esta situación es que todo ello ha llegado a convertirse en algo asumido por los públicos como normal y nadie pida cuentas cuando los toreros prescinden del capote; se pique mucho y mal, por lo general trasero, tapando la salida emulando la carioca que inventará
Miguel Atienza; o que se valga de esta tan utilizada artimaña de no bajar la mano, que alivia el riesgo y enturbia el mérito. Cada tiempo o época fue como fue, acorde con las circunstancias, y el que tenemos en la actualidad es producto de nuestras circunstancias sociales, políticas, económicas y culturales. Pero precisamos urgentemente, y a la tauromaquia no podemos exigirle urgencias, que el toro recupere un tanto de casta, la suficiente para que impere la emoción que caracterizaba la fiesta de toros.
Francisco Javier Píriz Collado
Miembro de la Asociación El Toro de Madrid Madrid, 8 de junio de 2026