Séptima corrida de la feria de San Isidro de 2026
Confiábamos que la corrida de La Quinta, anunciada para este sábado, viniese a remendar el fiasco del juego de su primera comparecencia isidril, pero evidentemente no fue así. Los cantores del sistema, tan desafinados como siempre, ya podrán vocalizar lo que quieran. Cuando una ganadería selecciona en en pro de la nobleza y suavidad, de lo toreable y que no moleste, al decir de la postmodernidad, de que salgan animales que quieran torear las mal llamadas figuras de la tauromaquia actual, los resultados, antes o después, acaban por ser lo que vamos contemplando en esta ganadería de origen santacolomeño. Si el auténtico conde de Santa Coloma, el verdadero creador del encaste, levantase la cabeza de su noble y eterno reposo, probablemente se volvería a morir de nuevo, pero de asco.
Aquellos toros anteriores a 1932, habitualmente bravos o notables, encastados, duros y con una presencia que los críticos del momento, en diferentes anuarios y revistas, comparaban con los de Pablo Romero o Miura, y pocos más, no eran en absoluto los preferidos por las figuras. Y en alguno de esos anuarios se explica a la perfección. Por ejemplo, en palabras de “Uno al Sesgo” en 1930:
“Aun así no goza de la simpatía de ciertos toreros esta vacada y se da el caso singular de que sea lo preferido por ellos todo lo procedente de esta casta. La paradoja queda explicada y deshecha con decir que el conde cuida de la presentación de sus toros y se empeña en darlos con el tipo y cabeza que ya no están de moda ni son a modo. Pero esto los aficionados no podemos censurárselo."
Y añade el mismo crítico, en el anuario de 1931:
“Mantiene el Conde de Santa Coloma el crédito de su ganadería, digan lo que quieran unos cuantos, dando toros de excelente presentación y con superiores condiciones de lidia. Por algo a su casta, a la casta de esta gran vacada, han acudido y acuden los criadores que se preocupan de mejorar y refrescar la sangre de las que poseen; y por algo esta divisa se hace imprescindible en las principales plazas de España y en las ferias de más postín."
Como pueden ver, el crédito de la vacada del famoso conde, cuatro veces Grande de España y diecitantos títulos más, que luego mantuvieron -en lo de la bravura y la casta, que no en la presentación- Felipe Bartolomé y Joaquín Buendía, se fundaba en la presentación y en las condiciones de bravura y acometividad que molestaban a tanto espada de la Edad de Plata. No les cuento ahora. Desde Paco Camino no ha habido un matador, de primera clase, que haya elogiado tanto las condiciones de los auténticos “santacolomas”, y, poco a poco, se han ido relegando al circuito del segundo nivel, donde espadas honrosísimos se las ven con toros que tienen raza, ¡raza de lidia!, casta, acometividad, mayor o menor nobleza, aunque hubiesen perdido, con los años, esa presencia que antaño brindaban; aplausos por parte de la afición y temores de los coletudos encumbrados.
Los ganaderos de La Quinta, después de aquellas famosas novilladas madrileñas de los noventa, optaron por aumentar el volumen del toro para volver a plazas de primera, ¡bien por ellos!, pero claudicaron en lo fundamental: la selección en pro de la bravura y de la casta, buscando la docilidad y el carácter pastueño, para que las maladadas figuras encumbradas con “cuvilllos”, “juampedros”, “garcichicos” y demás raleas de ganado mansito y pastueño, bobo y ovino, se dignaran ponerse delante. Cada cual hace en su casa lo que quiere, por supuesto, pero el crédito adquirido con aquellas novilladas, lo están perdiendo a marchas forzadas y, me temo, que el descaste conducirá a que también les hagan ascos los del añadido de más postín.
Ayer dieron un paso más, en esta temporada, hacia aquello. La corrida ofrecida en Las Ventas no puede criticarse desde el punto de vista de la presentación; no obstante estaba prevista para el Cid, héroe glorioso de este coso, aunque en horas agónicas; el toledano Álvaro Lorenzo y, de tercer espada, Manuel Diosleguarde. Como comprenderán, su nivel de exigencia, para con la ganadería anunciada, es, no mínimo, sino inexistente. Pero el ganado de la corrida, correctamente presidida por don Iñaki Sanjuan, salió manso, soso, descastado, con alguna complicación, y en suma, decepcionante. Apenas salvaríamos de la quema al sexto, que, con más genio que casta, planteó problemas serios al espada salmantino, al que si le cambian la “e” final de su apellido por una “a”, entenderán por qué salió por su pie de la plaza venteña.
La corrida, aunque tuvo poca historia, comenzaría con la tradicional evocación a ésta: guardándose un minuto de silencio por Joselito el Gallo. Y, como siempre que vemos detalles de la empresa que no nos gustan, los comentamos, hemos de alabar, en esta ocasión, el que en el programa fla portada fuese una conocida foto del diestro de Gelves, fallecido en 1920 en Talavera de la Reina, en vez de las piernas de Dios sabe qué toreros del día previo. Diestro, el más importante de su época, venga, junto a Belmonte, que simboliza y aúna a toda la torería fallecida “en acto de servicio”, y minuto de silencio que honra a la figura más capaz, larga y poderosa, probablemente, de la historia (dejemos a panegiristas y hagiográfos de las figuras de hogaño al margen).
El primer cárdeno, muy clarito, fue un toro muy bonito, pero con nada dentro; la cara no es el espejo del alma. Manuel Diosleguarde, confirmante ayer, lo paró bien a la verónica, quizá lo mejor que hizo en la tarde, junto a su disposición en general. El toro no se empleó en varas y saldría de ellas en cuanto vio un capote, se dolió en banderillas, y terminó por ir sin estilo, ni clase, con la cara alta y cierta brusquedad en la muleta. Un fiasco. El novel espada salmantino no supo plantear la faena, y en vez de intentar bajarle la mano, anduvo porfiando todo por alto, o a media altura, entre enganchones casi constantes y leves coladas. Apúntenle un par de derechazos con mando, por si hay algún aplaudidor... no a la vista, sino a la lectura. Se lo quitó de en medio de un pinchazo tendido, desde muy lejos, y una estocada entera, arriba, desde la misma lejanía. La faena no valió gran cosa, y es que es muy complicado que lo haga, si no tienes en cuenta que que el toro necesitaba suavidad, mano baja y temple, y no justamente lo contrario.
El segundo de la tarde volvería a los corrales por invalidez, después de perder las manos en el saludo del Cid, caerse un par de veces, y pegarse un batacazo monumental en varas. Florito hijo pasó por el ruedo con su piara de cabestros, y el toro decidió volver a chiqueros por su cuenta. Ovación incomprensible. Saldría en su lugar el primer sobrero, un “murubeño” de José Manuel Sánchez, que desde hace años se crían para rejones. Y, claro, así se comportó: corretón, distraído, sin fijeza; si a Manuel Jesús se le hubiese ocurrido correr delante, el resultado hubiese sido el esperado. Buscando la salida, cosa muy útil en las de rejones, mal picado y manseando (corneando el peto, haciendo el puente, en fin...), sin apenas ser picado por sus exiguas fuerzas, y distraído, llegó, tras un buen par de Raúl Caricol, a la muleta de El Cid. Éste se lo llevó a los medios, para pasarlo despegado y con bastantes precauciones (cabía entre ambos otro toro, por lo menos). “Lució” el bicho un comportamiento borreguil que no justificaba esos temores, pero no lo vio claro el de Salteras, y continuó por la misma senda, pese a que algún natural fuese más largo y por bajo, haciéndonos entrever sus antiguas calidades. Pero un desarme nos mostró la decadencia en que se encuentra: “La caduta degli dei”. Un bajonazo que te crió, mando al toro al mismísimo Averno, no sin necesitar cuatro descabelllos, con el toro refugiado en tablas. El cuarto fue el de menos peso de la corrida, pero con más trapío; cosas de la ciencia, para que los taurinos digan que en Madrid sólo quieren kilos; ¡patanes demagogos! El Cid le daría una verónica como por casualidad, pero el resto fue para el olvido y ya se me han borrado de la memoria. Pasó el de La Quinta por varas, mal puesto y al relance, cabeceando ante el peto, y pensando si merecía la pena embestir y parece ser que no; salió al paso y mirando para el infinito, distraído, y así siguió en banderillas. Toro con cierto peligro sordo, gazapón, y con un pitón izquierdo complicado… como para que lo toreen los primeros del escalafón. Y como el Cid no estaba confiado, fruto del despegue, de los remates hacia el más allá, y de la condición del animal, se fueron ambos, de las manos y patas del cornúpeta, a toriles, de ahí al cuatro, al cinco, al seis y al siete. Ausencia de virtudes teologales: ni el Cid, ni el público, tenían fe en aquello; ni había esperanza alguna de que mejorara; ni caridad del espada para con el paciente espectador. En terrenos opuestos, tras más de media vuelta al ruedo, a los que se iniciara el trasteo, el matador le largaría cuatro pinchazos sin confianza, y a la quinta se quitó al de La Quinta, de media, desprendida y atravesada. El toro se echó, de puro descaste, y lo levantó el puntillero. En fin...
El tercero le toco en suerte a Álvaro Lorenzo; un animalín de escasa presencia, de pitones astifinamente sospechosos, al que le dio unos lances de poca nota. Se rompería la vara en el primer encuentro con los de caballería, saliendo prácticamente indemne del encuentro, y en las dos siguientes entradas se dedicó a pegar cornadas al peto y salir suelto. Diagnóstico: mansedumbre. Manuel Diosleguarde lo quitó aceptablemente por tafalleras, antes de que viéramos un buen par de Iván García, aunque el segundo fue a cabeza pasada. Álvaro Lorenzo se encontró con un toro que perdía gas en las series, y largando trapo, en paralelo y desde fuera, desconfiado y con el toro queriendo rajarse, transcurrió lo más del trasteo muleteril. Todo sin el más mínimo interés. Menos mal que lo despenó de una estocada entera, claramente caída. El quinto salió con más genio que casta, con un viaje cortito, antes de caerse, y el espada se dobló con él hacia los medios, en una labor que nada dijo, ni se apreció. En varas intentó quitarse el palo, cabeceando, con la cara alta, muy mal picado en las costillas, para terminar por salir suelto. Vaya, la suerte ideal. Un quite inteligente, por chicuelinas, de Diosleguarde, para evitar el cabeceo del bicho, en las que pasa el toro y hay poco toreo, que iba camino de lo imposible, hasta el punto de que a Iván García le costó lidiarlo en banderillas. El animal siguió con la cara por las nubes, yendo y viniendo sin interés, y el espada por Toledo, fuera y despegado, llevándolo por aun más alto todavía. La reunión no se produjo ni en Illescas, ni a la altura del Meteosat. Una estocada casi entera, caída y tendida, ¡por fin algo por abajo!, y un paso más hacia el final del suplicio. Lo suyo hubiese sido castigarle desde el inicio y bajarle los humos y la cabeza...
El sexto fue a manos del debutante Diosleguarde. Tuvo el detalle de irse a los medios a pararlo, ¡bravo!; al principio con suavidad, luego embrollándose un poco, y al final con una buena media. Le dieron un primer puyazo en las costillas, un segundo caído en el otro lado, mientras parecía que empujaba con más genio que bravura, para acabar sobre un pitón, corneando al peto y saliendo suelto, al sentir el hierro. También, por no desdecir al del penco, fue mal pareado, aunque se expuso en el último intento. El tanteo fue poco eficaz, por alto, cuando se necesitaba lo contrario, y así siguió todo el trasteo con la franela, entre sustos y coladas, que el toro le pusiera los pitones en las axilas, muchos enganchones, y creciéndose el toro, una vez más, con genio que no casta. Después de mil banderazos, muy ovacionados (reconozcamos que el joven, al menos, puso voluntad), lo liquidó de un pinchazo hondo, caído, y también muy aplaudido, que no lo mató. El toro, entre arreones, porque necesitaba que el espada volviese a ejecutar la suerte suprema, aguantó tres descabellos, mientras sonaba un aviso presidencial.
Si esto es lo que buscan los ganaderos, o lo del otro día, o lo de Sevilla, o lo lamentable de Valencia, hemos perdido todos. ¡Qué sino tan triste para un encaste glorioso!
Lope de Molina