Décimo quinta corrida de la Feria de San Isidro 2026.
Vamos a dejar, desde el principio, las cosas claras: la fiesta de los toros, la tauromaquia, se basa en la existencia de un toro de lidia. Toros viene de toro; no de cualquier toro, sino uno de lidia, criado y creado desde hace siglos para nutrir a un espectáculo público, popular o ilustrado que necesitaba un animal encastado, acometedor, embestidor, que persiguiese al hombre o a los engaños para cogerlos, y que supusiera, porque si ello no hay ética, un riesgo vital para el protagonista humano. Tauromaquia, proviene etimológicamente de dos vocablos griegos, ¡ahí es nada!: Tauros, es decir toro; y Makhë (en español, machia), que significa lucha o combate, como naumacquia es la lucha naval.
Así que definido esto, y observado en alguna crítica precedente que la corrida de toros no es un ballet encantador, ni un almíbar estético, ni un derrame de perfumadas esencias o la búsqueda de una belleza sin toro, no nos queda sino añadir que ayer, martes 2 de junio de 2026, volvimos a contemplar la auténtica tauromaquia, donde la ética se impuso a una estética prácticamente imposible. Porque ayer hubo toros; y hubo que lidiar, que luchar, que someter, a cara o cruz, a unos animales duros, complicados, alguno fiero y peligroso… ¡cómo debe ser!
Y el circo, sea por lo esperpéntico, sea por los animales domesticados que actúan como aquellos monos sabios del Price -donde hoy mora parte del Ministerio de Cultura-, para los almibarados y acaramelados neo aficionados que se derriten al sol, o con los delicados aromas de la nada de la toreabilidad anti-ética.
Ayer se lidiaron seis toros, unos mejores y otros más complicados, es cierto, algunos verdaderos torazos de lámina y de poder, alguno de más limitado de trapío -que ya definió en su día el magistrado don Santos López Pelegrín -en 1839- de pseudónimo Abenamar-, y que les recomiendo busquen para su mayor ilustración, si es que aun no saben lo que es. Toros de lidia, con sus buenas o malas intenciones; animales a los que había que someter -o al menos intentarlo, como lo hizo la terna de ayer-, que no se dejaron hacer “monerías”, ni espaldinas, ni tantas “inas” engañabobos y para almas lánguidas, buenistas, sensibles y ñoñas, que nos regalan tantos coletudos para asustar a aquéllos, porque enfrente no tienen a un toro como los de ayer. Todo nuestro respeto y admiración a quienes, como José Escolar, ayer; Adolfo Martín, hace unos días; José Ignacio Sánchez Santiago, dueño de Pedraza de Yeltes; o José Joaquín Moreno Silva, de Saltillo, nos han regalado esta tauromaquia eterna.
Sin toro no hay tauromaquia. Y aquí debería acabar el alegato.
Pero… no se librarán ustedes de que que les comente que ayer, frente a auténticos toros de lidia, hubo tres espadas que, mejor o peor, se acartelaron para ello, y eso también les distingue tantos compañeros, que optan por la facilidad y la borrega -carnero si tiene cuernecillos-, y que sólo por ese hecho nos merecen ya nuestra admiración y respeto: Pepe Moral, Damián Castaño y Noé Gómez del Pilar. Y cada cual, a su modo, con sus recursos, sus aciertos e imperfecciones, que analizaremos, merece nuestra estima más sincera.
El primer toro de don José Escolar, loor al ganadero, fue, por decirlo de alguna forma, el más sencillo, claro y boyante de la corrida. De glorioso nombre que nos recordaba a un Hernández Pla mítico, Capitán, fue un cárdeno bastante claro, casi arromerado, veleto. en el tipo de la casa, fundamentalmente en Albaserrada, con parte de Santa Coloma; que con casta repetiría en el capote, con cierta codicia, encerrando en tablas a Pepe Moral, que anduvo como pudo, quitándoselo de encima. Esto, en un toro con casta, es importante destacarlo, sólo sirve para que el toro vaya adquiriendo vicios, aprendiendo lo que no debe; mientras que la lidia clara, suave, larga, conductora, facilitará su posterior toreo con la muleta. En varas, aunque se arrancó de lejos la primera vez y tuvo algo de fijeza, acabaría pegando cornadas al peto y saliendo sueltecillo. Como el resto de la corrida no haría pelea de gran bravura ante la acorazada; que ayer mostró que, en efecto, con profesionales encima, no se mueve igual, ni se manejan los caballos con soltura. ¡Viva los del grupo A! Y eso que Carbonell, al menos, lo cogió bien, aunque le tapara la salida una vez. Parearon los dos peones (Juan Sierra, que luego estuvo bien lidiando el cuarto) y Óscar Reyes, haciendo un quite superior Noé Gómez del Pilar al tercer par. Se lo llevó Moral a los medios, pero por alto, cuando necesitaba mano baja y correrlo mucho, esto es alargarle las embestidas, y darle más distancia. Medio encimista, fuera y con precauciones, anduvo desconfiado el diestro, mientras el toro iba aprendiendo lenguas muertas, ya saben, sánscrito, arameo, sumerio o acadio... Y es que el toro demandaba una mayor distancia y que le dejara puesta la muleta para repetir, en vez de que se la escondiese tras cada lance. Como no hubo apenas nada de nada, y encima acabó poniéndose pesado, la gente se desentendió de aquello, aunque al final, por fin, con el toro ya bastante mareado, le sacó una serie que, aunque periférica, fue ligada; demostrando que el toro sí podía servir, como en el arreón que le dio a un subalterno... Al fin le dejó una estocada entera, desprendida, entrando a toda velocidad, y fruto de su inútil porfía, sonó un aviso (y ayer hubo demasiados…). El toro, como casi todos los que salieron ayer, murió, no con las botas puestas, que también, sino con la boca cerrada. ¡Vaya, cómo en la de Juan Pedro o Garcigrande, tras el capoteo, lo mismito!
El segundo toro, Chulito I, le tocó a Damián Castaño. Toro en tipo, con dos velas por delante. No acertó Damián con la capa, porque entre el aire y el cabeceo lateral del toro hubo enganchones constantes, quizá debió pararlo en otro lugar de la plaza -para eso el 1, que era donde estaban los papeles-. Fue bastante mal picado por el matarife montado, y el toro tampoco se comportó como debiera (quizá si hubiese un varilarguero delante…). Quédenos la duda. Eso sí, le pusieron tres veces y las tres acudió. Sólo podemos destacar en garapullos el último par de Rubén Sánchez. Con un toro de los que pedían credenciales al torero, duro y complicado, anduvo Damián Castaño en los medios, recién pasada la segunda raya, mientras el bicho se comportaba como aquellos albaserradas de los setenta y ochenta, corto, revolviéndose, defendiéndose a veces y levantando la cara. En aquel entonces, venía un Ruiz Miguel “cualquiera” y les hacía faena… Pero bueno..., es cierto que el bicho se las traía y le daría a Castaño sendos sustos por citar con la muleta atrasada, dejándole llegar sin embarcarlo por delante, pecado que casi llegó a sufrir en sus carnes, a Dios gracias, indemnes ayer. Las miradas del toro al torero se las traían… Porfió con una y otra mano, pero citándolo en corto, desde fuera, enseñándole la muleta a un lado; y visto que no le sacaba el juego deseado, le dejó para el arrastre, con la boca cerrada, de un pinchazo hondo, desprendido, sin terminar de pasar, un metisaca desprendido, que escupiría el toro, y una estocada entera, algo desprendida, alargando el brazo. Aun necesitó de un descabello.
El tercer toro llevaba por nombre Cobrador, un auténtico torazo, lo miraras por donde lo vieras. Gómez del Pilar lo metió en el capote, perdiendo pasos hacia los medios, con inteligencia. Pasó por varas con sendos refilonazos (muy propios de los picadores que le acompañan, pero que luego le complicarían la vida), arrancándose de lejos a la segunda vara, empujando bastante mejor que en la primera. Mal pareado en banderillas, inició el diestro la faena en tablas del 5, porque allí hacía menos aire y las gentes son mucho más amables. El torero anduvo bien colocado muchas veces, pero el bicho iba con la cabeza a media altura, y al primero le faltó llevarlo más toreado por bajo, quizá no hasta la espalda, pero más rematados los pases. Ligó mejor en la siguiente serie, aunque el toro se iba complicando. Por eso cambió de mano, a la izquierda, que tampoco era el pitón adecuado y se le coló. Alternando pases vulgares, con alguno que merecía la pena, el trasteo no terminó de ser redondo, y él se empeñó en demasía, sin éxito, con el toro cada vez más incierto y levantando la cara en todos los remates. Por fin cogió la Tizona, o la Colada, como quieran, y desde fuera dejó un pinchazo, alargando el brazo y atravesado, otro por arriba, tirándose mejor, sonó el primer aviso, otro pinchazo hondo, arriba y luego el mitin de diez descabellos, mientras sonaba un segundo aviso, doblando el toro segundos antes del oprobio del tercer toque de clarines. Tendría que haberle dado un tercer puyazo y lidiarlo, doblándose con él por bajo, pero es muy fácil decirlo desde el tendido.
El cuarto, era otro toro “entipado”, Cabestrero de mote, veleto, al que Pepe Moral lanceó hacia los medios, perdiendo pasos. Al caballo fue sin fijar, se dejó pegar, le taparon la salida, y en el segundo encuentro, acudió de lejos, de nuevo sin apretar nada. Buena lidia le dio Juan Sierra, aunque hubo pares desiguales. Moral se fue al 5, por el aire, pero como no le bajaba la mano, el toro casi se lo come y se hizo el amo del cotarro. Allí le fue dando medios muletazos, al hilo, le quitaba la muleta a medio viaje, desengañándolo bastante y sin bajarle la mano, sino al contrario, todo rematado por alto para que el toro se fuera cuanto más lejos, mejor. Ni a derechas, ni con la zurda, le sacó partido, y visto que no adelantaba nada, se fue por la espada y le dio un pinchazo desprendido, más de media atravesada, con desarme, y hasta 6 descabellos, echándose el toro.
La épica vino con el quinto, un toro para Damián Castaño, ¡gloria a los héroes!, llamado Minutero, cárdeno listón, muy en el tipo, degollado y con hocico de alcuza, tocado de pitones. Y que tenía casta y guasa por las mismas arrobas que pesaba (572 kilos, a 11,5 kilos la arroba...). En la primera vara, cabeceó y salió suelto; a la segunda entró de lejos pero al paso, como sabiendo lo que había, e hizo otro tanto, sin emplearse. Y en la tercera vara volvería a las andadas, de lejos y al paso, hizo el puente y salió suelto. Rubén Sánchez resultó cogido por la mala suerte de que el aire le echó el capote encima, y se llevó una seria cornada en el hueco poplíteo, lo que trastocó la lidia por completo, lidiándolo Curro Vivas y banderilleando regularmente Toñete (que luego haría un quite providencial, fantástico) y un compañero de otra cuadrilla (que pasó en falso dos veces). Se peleó Damián con el toro, con la montera calada, en lidia a la antigua, sobre los pies, porque el toro se las traía, pegando cornadas, quedándose a medio viaje, buscando al diestro, y complicándole la existencia. Damián Castaño estuvo heroico, y ahora se explicará alguno (aunque otros ya lo sabíamos) cómo se debían someter aquellos toros de principios del siglo XX, sin tanto almíbar, ni comportamiento meloso de hogaño. Le debió poner los pitones en el cuello media docena de veces. Dignísimo el salmantino, lo intentó una y otra vez, y le llegó a sacar algún muletazo de clase y ligados, más que interesantes, aguantando una barbaridad. Las miradas del toro helaban la sangre. Castaño sudó la gota gorda, y ahí quisiera yo haber visto a los estetas del lamelibranquio diario. Lo atropelló en un remate y ahí vino el fantástico quite de Toñete. De pura rabia, arrojó el diestro la montera hacia la barrera, creyendo que se le había ido el toro, pero los aficionados sabíamos del enorme mérito que tuvo la faena, aunque no hubiese lances vistosos, ni la buscada quietud, imposible, ni las “monadas” de los “delicados”… Dejó una estocada entera, tirándose a por todo, pero saliéndose un poco, y quedó ésta desprendida y atravesada, por lo que necesitó un descabello. Le pedimos, clamorosamente una vuelta al ruedo merecida; más merecida, por cierto, que tanta casquería que han recogido días atrás tanto espada, sin la décima parte de los méritos que tuvo el enfrentarse a una fiera como a la que hizo frente, con orgullo y honor, Damián Castaño.
Volvimos la vista al ruedo cuando salió otro prenda, llamado Buenacara, de 534 kilos, cárdeno como sus hermanos, para Noé Gómez del Pilar. Lo recibió sin mayor historia, pasó por varas -mal picado- con otro tanto, poco castigado (aunque en la paletilla), siendo demandada una tercera entrada que el usía no concedió, fue mal banderilleado y llegó a la muleta con dificultades. Se tragaba bien el primer muletazo, de lejos, en el segundo se quedaba en el remate, revolviéndose y en el tercero se desentendía del trapo, hacía hilo e iba por el matador. Después de comprobarlo, por uno y otro pitón, con inteligencia, el diestro decidió colocarse en el sitio de los valientes, echarle la muleta adelante, citarlo de uno en uno e ir metiéndolo en el engaño. Porfío mucho, quizá demasiado, alargando la faena innecesariamente, pero… hubo resultado: al final le sacó dos tandas ligadas de mucho, muchísimo, mérito. Lástima que le diese otras dos innecesarias, de más, pasándose de faena mientras escuchaba un aviso. Hay que tenerlo en cuenta siempre y, si no, hay que tener a alguien que te lo diga desde el callejón. El afán por triunfar, por quedar por encima del toro, le pudo en esta ocasión, pero estuvo valiente y capaz, más que digno, dominador e inteligente, las cosas como son. Alguno... al quinto muletazo habría tirado la toalla, como hemos visto a alguna “figurita” este San Isidro. Un pinchazo caído, un segundo aviso y dos descabellos, deslucieron el remate de aquello, que tuvo su mérito, reconocido en una sincera ovación y saludos.
Corrida de toros, de toros de lidia, no de masas cárnicas inválidas, ni caracoles baboseantes; de toros que no abrieron la boca hasta la muerte, de toros que pedían el famoso carnet profesional, de toros de casta y dureza sin par. Enhorabuena a su criador, y aunque no hubo bravura desbordante, vimos lo que es un auténtico toro de lidia. Y enhorabuena, también, a los tres espadas, porque anunciarse con este hierro marca, de verdad, las diferencias. Éticas y estéticas.
Lope de Molina