Tercera novillada de la feria de San Isidro de 2026
Uno viene, con petición previa de perdón y mi más humilde reverencia, de una familia algo ilustrada, al menos desde hace tres generaciones. No les aburriré con ello, ni con títulos, ni con méritos, que quizá en mí sean muy inferiores a los de abuelos, padres o hermanos… e incluso hijos. Una familia muy normal en sus relaciones, muy normal en sus discrepancias y afinidades, pero donde la cultura, el saber, el conocimiento crítico, y los chistes, con juegos de palabras en tres idiomas, eran bastante normales y se nos inculcaban desde pequeños. ¿Y a qué viene esta desmedida entrada de autobombo familiar?, se preguntarán. Paciencia, que ahora llegamos a ello.
Mi abuelo, por ejemplo, al margen de sus cargos y títulos académicos, trabajó en su día en un observatorio astronómico, no les daré más pistas, y nos enseñó a sus nietos, en los veraneos serranos, muchos de los nombres y posiciones de las estrellas más relevantes. Y, a mí, la afición a los toros, por ejemplo. Sin duda yo no salí el más avispado de mis hermanos, y la verdad es que salvo las dos Osas, el cinturón de Orión y poco más, apenas ya me acuerdo de nada, aunque la astrofísica y la ciencia ficción siempre me han gustado. Lo que no se me ha olvidado, en este contexto, y ya vamos llegando, es la situación de la estrella Polar, que marca el Norte, y parece que sobre ella gira el universo estelar contemplado desde nuestra latitud, al estar orientada con el eje de rotación terráqueo.
¿Y qué tiene que ver esto con la novillada del conde de Mayalde? Mucho, sin duda, no por la conjunción planetaria, las cartas astrales, los signos zodiacales que dominan nuestra existencia y demás estupideces engañabobos, que sustituyen a Dios por la estulticia del charlatanismo.
No, simplemente, porque en esto de la tauromaquia, definitivamente, se ha perdido el norte; se ha perdido la referencia a Polaris; no sabemos hacia dónde cae el polo magnético -que por cierto, está cambiando bastante en los últimos tiempos-, y andamos a instancias de lo que quieran contarnos y dibujarnos los charlatanes del toreo. En su día pregunté a varios jóvenes que se iniciaban en el mundillo de la crítica taurina, si habían leído un libro de toros, ¡qué menos que formarse en tu profesión, me dije! La respuesta fue rotunda: NO. Les dije que deberían, y la respuesta fue la misma, con ligera variante, ¿para qué, si ya leo lo que dicen los portales taurinos? Así que para opinar con fundamento de medicina, arquitectura o física, basta con mirar X, antes Twitter, Instagram, Telegraph o chatear con uno en Whatsapp. Y con ello ya adquirimos los conocimientos suficientes como para poder sentar cátedra, y discutirle al astrónomo que tiene un doctorado en física cuántica o lleva treinta años estudiando la radiación procedente de nebulosas de cien millones de años luz de distancia. ¡C`est la vie!
Hombre, por lo menos una misérrima tauromaquia, ya no te digo la más complicada, sino cualquiera de las escritas, por profesionales, o apoyadas y asesoradas por ellos, en el siglo XX. Yo me leí la de José Delgado, Pepe-Illo, asesorada por el espada sevillano, pero probablemente escrita por un gaditano, cuando tenía 18 añitos, porque para saber de algo, digo yo, habrá que estudiar o leer de ese algo. Luego vinieron muchas otras, desde la de García Baragaña, o la Cartilla de Osuna (ambas del XVIII), hasta la insustituible de Montes y sus muchas imitaciones (el Prontuario, la del Chiclanero, la de Desperdicios, las anónimas de mediados del XIX), la de Passanau, la de Cortés (asesorada por Mazzantini), la de Guerrita, los libros de Sánchez de Neyra, la importantísima y con aires científicos de Amós Salvador, las de… ¿para qué cansarles? Sí, también tres de la segunda mitad del pasado siglo XX, a la vuelta de la esquina para muchos de nosotros, Domingo Ortega, Rafael Ortega, Marcial Lalanda (que está escrita en los años 80, por cierto), la de Antoñete… Y leí, y estudié los Reglamentos, los diferentes reglamentos taurinos, desde los primeros a los últimos (incluido el más reciente andaluz), porque si opinas de algo, tienes que tener fundamento. Y seguí leyendo libros sobre toreo, toreros y ganaderías, y escuchando a quienes sabían muchísimo más que yo, y asistiendo a charlas y conferencias -y lo sigo haciendo-, e investigando… Pues nada: pura ignorancia. Si hubiese dedicado todo es tiempo, al margen de mi profesión, a chatear en Twitter, hoy X, me hubiese hecho sin duda mucho más docto, sabio e ilustrado, y sería hoy el paladín de los “Cantores de Híspalis”, o de la Prensa del Movimiento táurico, ¡descubrirse!, pero…
Vivir en la ignorancia y opinar ex-cátedra, el prefijo “ex” lo dice todo, nos permite discutir de cualquier cosa, desde la bravura de los toros hasta los méritos del toreo, según nos cuentan los que viven de esto y quizá no puedan hacerlo de otra cosa…
Y ahora, tras esta filípica, busquen en el diccionario -que era lo que les decía a mis hijos cuando utilizábamos en casa un “palabro”- vamos al lío desnortado de ayer.
El palco madrileño no es que haya perdido el Norte, es que nunca ha sabido dónde se encuentra. Y lo digo, casi con seguridad, en ambos sentidos, el literal (ya me gustaría saber si saben cómo orientarse en la naturaleza), como en el taurino. Las gentes que ocupan los tendidos, obtusas sus mentes por las consignas de los medios que viven de esto, los subvencionados o los que se aplican sistemáticamente a la alabanza de todo, por si algo les cae en forma de dádiva, fin de semana, supuesta amistad o simplemente soborno, no entienden cuáles son los criterios sobre los que debe juzgarse la actuación de los toros -ayer novillos-, toreros, banderilleros y -desgraciadamente, y muy en último lugar en la actualidad- los picadores. Tampoco, dónde se encuentran, ni la categoría de la plaza, ni los componentes del palco, ni lo que deben hacer unos u otros, ni nada en tantos casos. Su función es acudir, a ser posible con la entrada regalada -es un gran avance en la estadística de hábitos culturales de los españoles, del Ministerio de Cultura, el preguntar sobre este aspecto a quienes acuden a las corridas de toros, sorpréndanse con los resultados...-, aplaudirlo todo, emocionarse para olvidar al momento, y contar trofeos como goles. De los presentes ayer en la novillada venteña, me gustaría saber cuántos se acuerdan de los nombres de los tres novilleros. En su día hicimos -no fui yo sólo- la experiencia, y fue una catástrofe.
Los novillos del Conde de Mayalde, aunque no fueran un prodigio de bravura, que no lo fueron, tuvieron, en su mayoría casta, acometividad y repetitividad en la muleta, con más o menos riñones, con más o menos genio, diferentes sí, pero interesantes en conjunto. Parece que en esta feria de San Isidro del 26, los novillos van ganando por goleada a sus hermanos mayores… Fue una novillada para torear, y para hacerlo bien, y sólo uno de los tres aspirantes a matador, lo hizo parcialmente, y no es el que saldría por la Puerta Grande. Ni aun mereció los honores de vuelta al ruedo el novillo, que tan generosa como ignorantemente concedería el inefable ocupante del sillón presidencial, don Juan Carlos González, asesorado aun más doctamente por el sin par banderillero -que no puso un par en su vida cuadrando en la cara, ni de poder a poder-, don José Cabeza Calderón, de infumable recuerdo. ¡Qué plaga por favor! En cuanto al veterinario de turno… don Renné, supongo que estaría en X o Instagram, o simplemente no le preguntarían porque, ¿para qué? Al menos nos consta su afición. Darle una vuelta al ruedo a un toro boyante, repetidor, interesante en la muleta y que, es cierto, murió con casta, que la tuvo siempre, no es premiar a un toro verdaderamente bravo. Se paró de salida ante los capotes, frenándose, ¡vaya!; aunque empujó en la primera vara lo hizo a favor de tablas, pero bueno, lo peor es que cabeceó y salió sueltito de la segunda entrada; y aunque nos hubiera gustado ver si ratificaba ese comportamiento, o el primero, en una tercera entrada, que puede hacerse incluso con el regatón de la vara en ristre, los aficionados del palco, siguiendo las órdenes del espada, nos privaron de ello. Se dolió levemente en banderillas y luego demostró que había mucha casta en su interior. Novillo de ovación cerrada en el arrastre, y aunque no fuera lo peor la vuelta al ruedo, al fin y a la postre, el conjunto se mereció un aplauso, dada la deriva que está tomando la antaño cabaña “brava”.
Lo peor fueron esas dos orejas, pedidas por el público y concedidas, tras consulta del usía al cerebro de Calderón, al tercer novillero; que tenía que presentarse en Madrid, después de tanta plaza de segunda y tercera, antes de tomar su alternativa en Cáceres este próximo domingo… Presentación “in extremis”, y triunfo cantado del sistema. Y por eso les soltaba yo todo ese rollo de la ilustración, el estudio, la lectura comprensiva, y el oído atento… Al público todo eso le importa un ardite, al aficionado no. A los del palco, como si oyen llover, como ellos están a cubierto… Aunque no lo están de lo que opinamos de ellos, claro. Nada hizo con el capote de salida Méndez; ni siquiera intentar meter al novillo en él, lo tendría que haber lanceado más largo, incluso con largas para que fuera haciéndose a ello, consintiéndole mucho más, pero para qué, dejó que entrase suelto a la segunda vara, de la que saldría igual, y luego hizo una faena siempre desde fuera -se lo deben haber enseñado así-, la mayor parte abusando del pico y en paralelo, para metérselo sólo en el tercer o cuarto muletazo de cada tanda, ya saben, cuando el novillo empieza a perder gas en sus embestidas. No es que no hubiese nada destacable, que lo hubo en los finales de las series mentadas, o en un pase de pecho, casi circular, de hombrera a hombrera, sensacional, es que anduvo ventajista con ese encastado novillo, ¡y lo mató de una estocada baja!, sin paliativos. Al usía le recomiendo que lea el Reglamento de 1996, sobre la concesión de la segunda oreja o que acuda con prontitud a la ONCE, porque muchas enfermedades oculares tratadas a tiempo...
Gran novillada, sin duda, repito, aunque la terna no estuviese a su altura. Lo más torero de la tarde, lo más profundo, lo más puro, vino, ¡oh, sorpresa!, del primero de los actuantes, del mejicano Arturo Emiliano -como Zapata- Osornio Islas. Y no fue en el primero, sino en el cuarto novillo de la tarde, que tampoco fue el mejor. A la salida del coso me saludaba un matador de toros, de larga trayectoria profesional y clase por arrobas, y me lo ratificaba, así que me siento justificado con su -ahora sí- docta opinión -jamás hará de asesor presidencial, me temo-. Es cierto, sin embargo, que anduvo perdido en su primero, quizá la presión ambiental o lo que le rondase por la cabeza. Un novillo justito de trapío, cornidelantero, que no se empleó en el capote, distraído y con la cara alta, que pasó por varas -muy mal puestas, como toda la tarde-, sin bravura, aunque le sacudieran a modo por si acaso, mal lidiado -con pérdida de capote-, mal banderilleado, pero que llegó alegre a la muleta. Se dobló el mejicano bastante con él , siguió fuerita, sin mucha confianza, mientras el animal se remataba largo en casi todas sus embestidas, y como no hubo mando, ni dominio, el animal terminó por ir con la cara alta y salir distraído. Se doblaría de nuevo y lo mató de un pinchazo por las costillas, desde muy lejos y cuarteando, y una estocada entera por arriba, atravesada. Nos dejó ver, al menos una bonita muerte de novillo encastado. Lo mejor lo hizo con el cuarto de la tarde, lo más serio, profundo y torero de la tarde. Las verónicas de recibo fueron ganando terreno hacia los medios, sin que la gente lo apreciara, buenas en general -apunté que hasta ese momento era lo mejor y más torero de la tarde-, pasó el bicho por varas sin mayor historia -más bien menor-, persiguió para dentro en banderillas, aunque la gente no anduvo atenta a los oportunos quites, ¡compañerismo de primera!, y llegó con menos fuerzas que el tercero a la muleta, por lo mal que le picaron. Pero, ¡caramba!, tras un par de series anodinas, el mejicano Osornio, se colocó en el sitio de verdad -lean ustedes alguna tauromaquia-, lo lanceó con pureza y alguna profundidad, ¡y no le aplaudió nadie! Fabulosa muestra de entendimiento y de criterio del público. Y como no llegaban los aplausos desde México, a pesar de que nos ofreció más gusto estético y verdad, pasó desapercibido para la mayoría orejófila. Es cierto que el novillo tenía menos transmisión, pero él estuvo bastante mejor, aunque no hubo esa ligazón que vuelve majaras a los del cubata o gin-tonic. Casi siempre trayéndoselo, no despidiéndolo hacia el más allá, y metiéndoselo muchas veces a la espalda, algo que no vimos casi nunca en el precedente, doblemente regalado. Lástima que, a pesar de entrar bien en la suerte suprema, dejase una primera estocada que, aunque arriba, cayó atravesada e hizo guardia, antes de otra, entrando bien, entera y desprendida. Sonó un aviso y el novillo aguantó dos descabellos con casta.
Pedro Montaldo mostró una cara gris, opaca, no le vimos lucir ni con capote ni muleta, y eso que hubo novillos. Al primero, como a los demás, lo masacraron en el caballo, en una carnicería inmisericorde. Quitó el premiado Julio Méndez, con unas gaoneras zarrapastrosas, ampliamente coreadas, porque el novillo le pasó muy cerca. Pareó aceptablemente Iván García, más espectacular que canónico, y lo lidiaron fatal. No sé por qué se lo sacó Montaldo a los medios, quizá hubiese respondido mejor en el tercio, pero allí hizo una faena sin clase, sin colocación y anodina, hasta que… volvieron a los terrenos del tercio. Pinchazo arriba, con desarme y sin ninguna fe, estocada sin cruzar, arriba por casualidad y nuevo desarme, y muerte de res encastada. En el quinto, volveríamos a verle igual, sin ideas, sin clase, apagado, como sin ganas. Y eso que en su rincón del Alto Tajo torea un sin fin de capeas… Muy mal picado -¡qué necesaria es una escuela!-, marronazos en las dos entradas y luego puyazos traseros o caídos, en fin, un desastre. No me extrañó que el novillo saliese de aquello a su aire, complicado, porque parecía el antiguo matadero de Legazpi. Y aunque se dolió y protestó en banderillas -ni Iván pudo sujetarle al principio-, llegó a la muleta con movilidad, largo en sus remates y muchas posibilidades. Pues nada. Pero nada de nada. Ambos se fueron apagando rápidamente, lo desarmó el novillo, y se vengó el novillero con una estocada trasera y desprendida con nuevo desarme.
El tercer novillo fue el mejor de la tarde, sin duda, aunque ya hemos dicho que no fue de vuelta, sino de fuerte ovación en el arrastre. Y también hemos visto que anduvo Julio Méndez, en ésta su única aparición novilleril en esta plaza antes de su alternativa, como estuvo. Nada con el capote, pero nada de nada; un monosabio que vuelve a sujetar de las riendas al caballo desde dentro de la barrera, y la presidencia a por uvas, o ilustrándose a través de ínclito y catedrático Calderón, unas volteretas del novillo al segundo y cuarto muletazo, culpa del novillero, lo que le atemperaron bastante, y un raudal de casta a partir de entonces, con nobleza y sin tirar un mal derrote. Lo mejor del novillero fue la ligazón -bien supremo en este mundo que nos ha tocado vivir-, cierto temple -no le enganchó casi nunca la muleta-, y las ganas de triunfo que vio ante un novillo superior. Ahora que, en uno de esas trapacinas por la espalda, si no tiene cuidado, se lo llevará un toro por delante, ¡cuidado! Bernardinas para no salirse del guión del toreo de los de más arriba del escalafón, cosa ya muy vista, ese pase de pecho superior, algún trincherazo de clase o pase del desprecio, exposición y espadazo caído. Para los que gusten de regalar despojos, con uno se iba sobrado, sin duda. La cruz, ¡ay la cruz!, vino con el sexto. Salió el joven como en el anterior, a por todas; eso sí, no diré que a porta gayola -en portugués chiquero-, porque bien pasada la segunda raya en Madrid eso es los medios. Larga afarolada y cuerpo a tierra con el novillo correteando por allá. Y luego nada con el capote, de lo de toreo serio, y eso que había visto a Osornio en el cuarto… Lances enganchados, aunque variados, sucios, y el público loco de contento. De nuevo picó mal el varilarguero, pero al menos vimos un quite del mejicano con gusto: una chicuelina y dos verónicas, pero el novillo decía bien poco. Y, ¡rara avis!, fue bien lidiado por Jesús Talaván, que alguna vez tenía que ser esta tarde. Empezó la faena populista, siguió bolivariana, y terminó por sudamérica, con ambos muy a menos y pases enganchados. Pese a todo si hubiese metido bien la espada… Pero después de que el novillo le hiciese jirones la muleta, le dejó una estocada entera, caída de nuevo sin remedio… ¡y no hubo oreja, ni nadie la pidió! ¿Para qué?
Señor don Juan Carlos González, ¿ha leído usted el reglamento nacional, en lo referente a la concesión de trofeos? Artículo 82. Se lo recuerdo esquemáticamente para ahorrarle trabajo. Para la segunda oreja el presidente debe fijarse especialmente en:
-las condiciones de la res
-la buena dirección de la lidia en todos sus tercios, absolutamente todos
-la faena realizada con el capote –importantísimo, porque el público se olvida de ello-
- la faena realizada con la muleta y
-fundamentalmente, la estocada –dice fundamentalmente, no relativamente-.
Cuesta tantísimo leer...
Lope de Molina