Las hemerotecas digitales son siempre un filón de piedras valiosas que no deja de ofrecer al aficionado a los toros datos inesperados, curiosidades y referencias a hechos reseñables ya olvidados. Así que, consciente de ello y aprovechando la calma del verano, acabé aterrizando en un viejo ejemplar de la Gaceta de Galicia: Diario de Santiago, decano de la prensa de Compostela. En su número 187 (26/08/1891), en la sección de “Fiestas en Galicia”, se reporta lo siguiente en relación con las fiestas estivales en la localidad coruñesa de Noia:
“Los toros como siempre, ocasionando corridas, tumbos y lances del género más cómico. Hay bastantes forasteros y la animación no fue de las pequeñas durante estos días. El baile prepárase bueno. Hoy se repetirá el espectáculo con ribetes de barbaridad, llamado toros, que son de la ganadería (‘) de Barbanza”. Más adelante se dice: “Dos sugetos [sic] que torearon el domingo tuvieron dos cogidas buenas aunque no de consecuencias por un toro pardo, de buena presencia”.
No hay mayores especificaciones sobre el tipo de festejo ni sobre la enigmática ganadería “de Barbanza”, nombre de la península en la que se encuentra enclavada esta localidad. En cualquier caso, serían con casi total seguridad reses muy bravías, criadas en aquella zona húmeda y escarpada, y en torno a las cuales las hemerotecas y los archivos pueden ofrecer sin duda mayor luz.
Pero, más allá del carácter de aquellas reses, lo que la noticia pone de manifiesto es el carácter popular de los festejos taurinos en esa comarca que hoy permanece totalmente desvinculada de la tauromaquia. Y lo que parece sugerir es que tales festejos estaban a la orden del día en muchas otras festividades de Galicia. Con casi total certeza, en la mayoría de esas fiestas patronales de pequeñas localidades no se trataría de corridas de toros como las que, en la época, se celebraban en ciudades y villas de mayor tamaño, pero sí de festejos que ponen de manifiesto la existencia de una relación entre el toro y lo festivo en no pocas villas galaicas.
En un artículo escrito por José María S. Sanmartín y publicado por la Revista de Estudios Taurinos en 2011, se afirma que “Ciudades como Pontevedra, La Coruña, Ferrol, Monforte de Lemos, Villagarcía de Arosa, Vigo, Orense, Noya y Santiago, han tenido, no ya una plaza mayor que se cerraba para dar toros en las fiestas principales, sino plazas modernas y estables desde los años centrales del siglo XIX”. Es sabida la existencia de aquellos festejos, pero son muy inciertas y opinables las razones que condujeron al languidecimiento de aquella tradición, al parecer bastante arraigadas por aquel entonces entre las gentes.
Lo cierto es que la vinculación de la tauromaquia con los festejos populares en Galicia ha desaparecido. Esta es la realidad. Podría afirmarse con optimismo que la Feria de Pontevedra en este año 2026 ha logrado llenar su aforo en uno de sus festejos, el primero en 17 años. También podría celebrarse, no sin razón, que el número de peñas y de gente joven en esa plaza ha aumentado de 37 a 51.
Sin embargo, una observación más serena nos llevaría a dudar de si el ambiente en tales festejos es verdaderamente popular, si por tal entendemos la participación del pueblo de toda condición social, cultural y política en una festividad. Basta con pasearse por las verbenas que a centenares se celebran cada verano en todos los rincones de Galicia para comprender que su ambiente popular, del que es partícipe toda la población, no se parece en absoluto al de las gradas de la plaza de Pontevedra en las Fiestas de la Peregrina.
Cierto es que socialmente, Pontevedra, como también Coruña, son ciudades con una configuración social más vinculada tradicionalmente a lo burgués y a lo funcionarial que el resto de las ciudades, villas y aldeas de Galicia. Y parece lógico que esa especial conformación social tenga su reflejo en las corridas de toros. Ahora bien, causa desasosiego ver que una amplísima parte de la población gallega no vea como propia la Feria de la Peregrina de Pontevedra, ni que su inmensa mayoría se vea retratada en ese ambiente, tal vez demasiado connotado por lo político y donde las clases media-altas y altas tienen un gran peso. Además, la importante presencia de veraneantes en los tendidos tampoco ayuda a que el común de los gallegos se vea retratado en esa atmósfera. Por no olvidar que el fenómeno de las peñas, tan presente en la plaza de Pontevedra, tampoco es central en casi ninguna festividad local gallega, sino algo que más bien remite al fenómeno de las peñas pamplonesas.
Ciertamente, no es Pontevedra el único lugar en el que la mayoría de la población se siente alejada de las corridas de toros que allí se celebran. Las causas que han contribuido al desapego de amplios sectores de la población española con respecto a la tauromaquia son extremadamente diversas y complejas, y fueron, son y serán debatidos en lo sucesivo hasta el desmayo. Sin embargo, existen lugares en los que la tauromaquia tiene un mayor arraigo y un carácter más claramente popular.
Un ejemplo paradigmático son los festejos de calle de la Comunidad Valenciana, donde pueblos enteros se vuelcan con orgullo en la organización de las fiestas y participan en ellas con entusiasmo. En el ámbito de las corridas de toros, tenemos el ejemplo de Azpeitia, en el que todo lo que envuelve a las corridas de San Ignacio tiene un aire autóctono incuestionable. También el de otras plazas de Navarra, Aragón, el sur de Francia, el Valle del Tiétar o de Castilla-La Mancha en las que la atmósfera que allí se vive es idiosincrática y marcadamente autóctona.
Sin embargo, al margen de estas y otras excepciones –no muy numerosas por desgracia–, el rito y el ambiente de las corridas de toros y novilladas en la mayoría de los lugares suelen estar cortados por el mismo patrón, bajo una pátina homogénea que no ayuda a que la población local las sienta como propias. Una buena parte de la población de muchos lugares, sobre todo en la zona norte del país, no se reconoce en un ambiente que sienten ajeno, un modelo de festejo homogeneizado que perciben como más propio de otras regiones más meridionales. Y este hecho sociológico, aun siendo difícilmente demostrable y hasta tal vez discutible, ¿por qué no considerarlo al menos como una de las múltiples causas del mencionado desapego?
La idiosincrasia de cada plaza no responde a una planificación deliberada, sino que surge de dinámicas resultantes de factores sociológicos muy complejos que escapan al control de cualquier persona o grupo de interés. Ni siquiera los empresarios, con toda su influencia sobre una plaza, tiene el poder suficiente como convertir un coso y su feria en un emblema de una localidad. Es la implicación del pueblo, la del común, en cada territorio, la que sí puede contribuir al fortalecimiento del carácter de una plaza o de un evento tauromáquico. Y parece innegable que una plaza con una fuerte personalidad, o con festejos taurinos distintivos, se hacen más fuerte ante cualquier tentativa prohibicionista o pseudoprohibicionista. Es decir, esa mayor implicación popular en los festejos taurinos y un modelo de tauromaquia más autóctono bien podrían contribuir a tal cosa. El principal problema es que esto no está en las manos de ningún sector social determinado, ni de ningún actor del mundo del Toro. O, mejor dicho, no está en las manos de nadie, pero está en la de todos.
Además, existe un elemento añadido. Es curioso cómo precisamente las plazas y territorios en los que el componente popular está más acentuado son aquellos en las que toro íntegro, en puntas y con un trapío decoroso, tiene un papel más importante; es el centro del espectáculo y motivo de devoción de los aficionados. Es decir, la defensa del toro, de su integridad y su poder, su consideración como centro indiscutible del espectáculo, no sería únicamente, como algunos pretenden, la manifestación de un gusto personal o colectivo de algunos aficionados “intransigentes”, sino un instrumento en sí mismo en la defensa de la Fiesta, de su pervivencia y de su futuro. Con una res de trapío indigno, descastada, sospechosa de pitones y comportamiento bovino (o traducido al idioma taurinés oficial, “un toro armónico y algo escurrido, colaborador, de pitones accidentalmente defectuosos y justo de raza”), es imposible que la población llegue a ver en ese pobre animal un motivo de orgullo o un símbolo de su tierra.
No queda sino desear que la hemeroteca del año 2026 pueda ser consultada en el futuro por alguien que, aburrido en la canícula del año 2094 y en medio de las fiestas patronales de su localidad, ya sea en Galicia o en cualquier otro lugar, se sienta orgulloso de que la mayoría de sus convecinos, sin distinciones sociales, ideológicas ni de edad, participe masivamente en la organización y celebración de su Feria, en los festejos taurinos de las calles, o en cualquier celebración conectada con el toro de lidia, verdadero garante de que un pueblo pueda seguir emocionándose ante toda la verdad que la tauromaquia encierra. Eso, cuando esa verdad es de verdad, claro.