El título, he de reconocerlo, es plagio absoluto del de la película que, en 1928, produjera, pagara e interpretara el gran Marcial Lalanda, como regalo de bodas a su hermana y cuñado, Alfonso Orozco. No les voy a relatar lo mucho que de ella pueden obtener, sólo que, ¡asómbrense! Con lo recaudado en el cine donde se estrenó en Madrid, ya se alcanzaron beneficios, sin contar lo obtenido en otras salas madrileñas, españolas, europeas o americanas; ¡ahí es nada para el cine español, tan necesitado que de nuestros impuestos se les asista, como a enfermo terminal!
Ni la trama, más bien prototípica, ni las interesantes secuencias de corridas del momento, ni las de la tienta en casa de Terrones, ni el festival de Chinchón, ni siquiera la buena interpretación protagonista del Marcial, ¡qué grande!, vienen al caso, y esto a pesar de que del protagonista principal se llegó a decir que era “un gran actor cinematográfico”, vamos algo así como Castella en su última comparecencia madrileña.
No, todo este innecesario preámbulo viene a cuento porque Madrid, Villa y Corte, la tercera más laureada en títulos de las localidades españolas (Excelentísima, Muy Noble, Muy Leal, Muy Heroica, Imperial y Coronada), merced a su plaza de toros de Las Ventas, ha vuelto a sus orígenes, al villorrio en torno al alcázar levantado, donde se asienta hoy el Palacio Real, en el siglo IX por el emir Muhammad I. Vamos, que el nivel alcanzado por el comportamiento del público y del palco de Las Ventas ha alcanzado, con innegable esfuerzo y a base de consumo… de Dios sabe qué, el enorme mérito de retrotraernos varios siglos para, sin abandonar el título de Villa que siempre le acompañó, quedarnos a nivel de pueblo. Pueblos los hay muy dignos e ilustres, villas y ciudades, lugares, aldeas, pedanías, pero un pueblo como el de Madrid, es un conjunto de paletos, reunidos en torno a un alcalde inútil y parlanchín, como retratara el genial Berlanga en Bienvenido Mr. Marshall, en 1953. Geniales Pepe Isbert y Manolo Morant, sin duda, en sus interpretaciones, como lo son ahora las del palco venteño, geniales, fantásticas, insuperables, dignas del elogio antedicho: han conseguido recuperar para la Villa del Oso y el Madroño, la condición pueblerina que se cantaba en la película de Marcial (que sí era en su día el “más grande”, consulten estadísticas).
Con el apoyo coral de un público bien aleccionado por los guionistas del papel y el micrófono, de los que sacan los carteles de “Aplausos” o “Risas” (no sé si han visto en alguna película la realidad televisiva), la plaza de toros de Las Ventas ya huele como un mercadillo -no medieval de los de recreación moderna, que sólo huelen a pachuli, incienso, aromas y baratijas-, sino de los años 50, de los de Berlanga, a fritos rancios, churros, casquería, y al avinagrado olor de los encurtidos. Y la algarabía obligada por el trasiego del Valdepeñas manchego de hace casi setenta años (que no es el de ahora, a Dios gracias, cuya mancha en la camisa era prácticamente indeleble entonces), hoy convertido, bien en plebeya cerveza, bien en sofisticado destilado de barrica, gin-tonic o combinado de mayor graduación. Falta, eso sí el famoso anís de Chinchón, incluso aquel -hoy prohibido por las autoridades sanitarias-, que alcanzaba los setenta o más de graduación alcohólica. ¡Viva Madrid, que es mi pueblo!, sí señor.
Para qué seguir con el espectáculo de tercera ofrecido ayer en esa que se decía la Catedral del Toreo, por el inigualable Alberto Vera, Areva, un veterinario de los de antes metido en la crítica y escritura seria. De catedral a iglesuca de pueblo, sin retablo, quemado Dios sabe cuándo, y con trazas paupérrimas del XVII, porque no damos más de sí, y el dinero sólo llega a las arcas particulares y no a las de la Comunidad. Y no les digo más. Vamos como las cuentas del alcalde de Villar del Río (ayer y hoy, la irreconocible en la película, Guadalix de la Sierra), Pepe Isbert, genial actor madrileño.
Pues la corrida, dirigida magistralmente desde el palco, “que una explicación os tengo que dar”, fue de pueblerina categoría. Para empezar, el ganado anunciado, con los remiendos y sustitutos, fue rechazado al completo y sustituido por una corrida de Montalvo, que de Martínez le queda lo que a mí de anarquista andaluz agrario. ¡Pena morena!, pero aun, y menos mal, porque nos anunciaban que los sustitutos podían venir, ¡atención y redoble de tambor!, del campo charro y de la finca de Valdefresno, ¡Dios Santo, como si no hubiesen sido poco los del Puerto y su ventana!, el quicio y la jamba… Menos mal que nos quedamos con los que antaño perteneciesen a la esposa de don Antonio Pérez de San Fernando, ganadería de primera, pero de las de segunda o tercera, ya me entienden, a precio probablemente, de cuarta o quinta. El caso es ahorrar.
De los seis montalvos dos se fueron para los corrales en banderillas, y pudieron -o debieron- irse otras tantas masas cárnicas, pero no les aburriré. Sólo con decirles que los listísimos Pepe Isbert y Manolo Morán, sólo vieron la invalidez de los devueltos en el tercio de banderillas, y que uno fue con los bueyes mientras pareaba el matador -cosa que uno no había contemplado en su vida taurómaca-, ya tienen ustedes el nivelón de poblachón manchego que siempre se le achacaba a Madrid desde la lejanía o en nuestro siglo áureo, por mor de la escasez de río, limpieza urbana, o envidias diversas -pese a ser la capital del Imperio y villa con voto en las Cortes castellanas desde el siglo XV, ciento y pico años antes de que fijara Felipe II su capitalidad… provisional. ¡Qué ojo clínico, por favor! Si los ponen en Urgencias, no queda un paciente vivo (me refiero a la serie televisiva, porque de las de verdad huirían las gentes raudamente). El primero perdió las manos, en el lanceo capotero, entraba ya al paso mortecino por entonces, se cayó antes del caballo, se volvería a caer después, y otra y otra y fin de “la prima puntata”. El quinto, que también se fue con sus primos capados, comenzó, después de una salida explosiva, como me cuentan que tuvo ese cebú lidiado en el Estadio Nacional de La Habana con una guindilla por donde salen las cosas que nos dejan cada vez que salen los bueyes de Florito, se paró ante los capotes, defendiéndose, se cayó antes de la primera vara, se cayó al entrar en ella, se cayó en la segunda, se cayó en banderillas mientras pareaba el matador nacido en Zurich, se volvería a caer, y entonces, ¡albricias! Los del palco del ayuntamiento de Villar del Río, cayeron en la cuenta, ¡enhorabuena!
El resto de la corrida siguió casi el mismo despropósito, con un público entregado a la causa orejil y festiva, entre la estupefacción de los aficionados -ahora cualquiera puede llevar ese título, incluso los que según la representante de la RUCTL, los ganaderos de más postín, reniegan de que exista afeitado, que se defienda la segunda o tercera vara, o hablen de trapío…, aunque lo mencionen en sus escritos contra el Reglamento de 1996, paradojas de la idiocia redactora-. Lo de ayer era cartel de pueblo, y hay que defender activamente otras causas.
El primer sustituto para el de Pax Augusta, pacense para los amigos, José Garrido, fue el primer sobrero de Casa de los Toreros, 625 kg de peso, toro grandón, pero que no decía absolutamente nada en cuanto a trapío se refiere. Dio unas verónicas de rodillas, hacia los medios, ganando terreno, con el toro deseando irse en dirección a chiqueros para que no le molestaran. Pero fue un digno comienzo. El bravo animal soltó alguna coz que otra, antes y después de tomar las varas, y Garrido, que como sus compañeros de terna dio lo que tiene y venía con indudables ganas, le “ejecutó” unas chicuelinas normalitas, qué le vamos a hacer, rematadas con una buena larga, con mucho lo más interesante. El manso volvió a regañadientes al caballo, se dejó pegar, y el español nacido en Zurich, Ismael Martín, le dio unas verónicas. Pasó por los garapullos, y llegó el toro -con la boca abierta- a la faena. Ayer fue día de “inas” diversas, espaldinas, bernardinas y otras monerías impensables el día de los toros de don Adolfo Martín o de don José Escolar. Cosas de los pueblos, sin duda, donde estos trapazos sin mando alguno, sin llevar toreado al animal, eléctricos, y que pasan cerca del matador… en ocasiones, gustan una barbaridad. Hay pueblos donde este proceder les desagrada, pero en Madrid, encandila, y son aclamados. Así que comenzó Garrido genuflexo, de rodillas para que nos entendamos, que también es muy de… vale. El bicho apenas tuvo viaje alguno en los mismos, así que se puso en pie, para proseguir fuera de la rectitud casi siempre (menos en en inicio de las tandas), dejándolo respirar y coger fuelle, que se dice también, pero haciendo una cosa bien, que fue darle distancia. Se lo agradeció el toro y Garrido consiguió sacarle algún muletazo suelto al natural interesante también. La faena fue de sube y baja en intensidad, pero el público lo festejaba como hacen con su santo patrón en Cebadillas de la Corneja. La verdad es que a mí me pareció que el bueno de Garrido es un trabajador de esto, honrado, pero sin el aura creativa de Chema Pérez, excelso escultor de canes (con sola una n), al que conocen en Cebadillas… Lo mejor, sin duda, y ahora sin ironía alguna, fue la estocada que le recetó, entera, arriba y tirándose bien, que le valdría que el palco de Villar del Río, le concediera la oreja. Lo de las mayorías, cuando hay gente que agita dos pañuelos a la vez, es difícil de contar… Y la presidencia está para obedecer, no para mandar y menos para imponer… ¡Esto empezaba de festival!
El segundo toro fue del hierro “titular sustituto”, para Ismael Martín, diestro nacido en Zurich, y ya pueden alardear en Suiza de tener torero, aparte de fomentar las luchas de vacas alpinas. Negro, el toro, ligeramente tocado de pitones pero levemente bizco del derecho, no dijo nada de presencia, se ve que eso del trapío, como dijo por la mañana la representante de la RUCTL, es para los toros de lidia… Vino acelerado, siguió acelerado y terminó del mismo modo. Ganas e ilusión no le faltan al joven, pero, hombre, el arte de la tauromaquia necesita cierto reposo y más enjundia y menos “inas”. A este paso, me temo, quedar para corridas de pueblo o para las ferias de Berna o Basilea (que empiezan por B como Barcelona). Codicioso al principio, el toro, él siempre lo estuvo, repitió con ganas en unos lances embarullados y sucios, de recibo, muy aplaudidos por la aceleración impuesta. En la primera vara, se cayó (con y griega), pero luego empujó y metió riñones, para dejarse pegar y salir suelto al primer capote que pudo ver. Fantasías del circo venteño. Quitó Ismael, bastante bien por lances de frente por detrás, de los que dicen inventara Pepe-Illo. Nada hizo en la segunda entrada el toro, manifestando su mansa condición, se caería, se cambió el tercio cuando estaba el toro bajo el peto, no fuera a ser que se cayera más, el toro sólo salió como borracho, trastabillándose, ¡qué decepción!, para caerse poco después. En fin, como era corrida pueblerina, el espada cogió los garapullos, y entre ovaciones dejó tres pares a cabeza pasada, entre el éxtasis del Zósimo y la Paca )observen que he puesto “la”, que no es cualquier Francisca, y lo mismo para él), con un tercer para a la moviola… como los de el Fandi. ¡Madrid ya es plaza de pueblo! Se inició el trasteo muleteril, y no podía ser de otra forma, con espaldinas en los medios…, y se cayó el toro, ¡qué desfachatez! Ya ven la importancia que tenía el animal. Después vinieron las habituales series con izquierda y derecha, periféricas y muy aclamadas, con el borreguito de Norit, pero éste sólo admitía dos pases y se caía. Al menos se lo metía algo para dentro al final de los pases. Con el bicho ya exhausto, moviéndose poco y a duras penas, perdiendo las manos a cada paso, comenzó a defenderse un poquito por falta de fuerzas y el toro se fue a tablas para demostrar su inequívoca bravura moderna. Nada de nada, una vez más. Le dejó una entera desprendida, tirándose con fe. Y el público, aunque alguno le pidió la oreja, estaba al bocata de chistorra y vino de porrón.
El tercer toro le tocó al valenciano Samuel Navalón, torero consagrado en su tierra, a la búsqueda de un puesto en el mercado y bien posicionado en él. Fue un animal corto, feo, impropio de una plaza de primera, pero apto, según los doctores de los animales para el pueblo de Madrid; vamos un novillote, para que me entiendan. Lo cogió Navalón y se lo llevó a los medios sin historia, pasó por varas cayéndose varias veces (ante la invisibilidad del balcón presidencial de Villar del Río), manseando y levantándole los capotes a cada paso para que no besara el suelo, que está lleno de virus, bacterias y hongos, pero ni con esas. Hizo un quite Garrido con dos verónicas y media, con suavidad extrema para evitar nuevos y apasionados besos, que en las proyecciones cinematográficas de los pueblos de antaño eran censuradas por la mano del cura párroco. El toro se caería en banderillas perfectamente olvidables, y repitió el derrumbe dos veces en los tres primeros pases de muleta. ¡Qué capacidad de recuperación! Desde fuera y despegado, Navalón nos mostró el muestrario (valga la redundancia) de alardes de toreo moderno, pero el toro, desagradecido, se iba apagando lentamente. Le dio todos los espacios temporales que ustedes gusten por si con ello mejoraba la cuestión, pero no. Todo tenía un mínimo interés, pese a los aplausos del pueblo madrileño. Así que recurrió al encimismo de cara a la galería, circulares invertidos en la cara del toro, bernardinas (en la primera le robó la muleta el toro), en la segunda le dio con los cuartos traseros, en la tercera no pasó nada y después le dio dos pases de pecho, que esto de encadenarlos es muy de... Una estocada entera un poco trasera, un aviso y la muerte se llevó al desgraciado animal al limbo (que ya no existe según la Iglesia, sino que es una hipótesis teológica).
En el cuarto toro José Garrido se fue a porta gayola, antes de darle, sin continuidad unas verónicas salpicadas en los medios. El animalote se dejó pegar una y otra vez en varas, cayéndose entre tanto, antes, durante y después. Los del balconaje no lo vieron… ¡Viva mi pueblo!. Después del quite de Ismael Martín vuelve a caerse y se duele en banderillas. Discretamente pareado en los dos primeros y mal en el tercero. Comenzó la faena, como no podía ser de otra forma, de rodillas en los medios, con una serie por las afueras -lógica dada la postura-, con circulares por allí y ya está, y con el público enardecido. Ya de pie, le enjaretó varias tandas, con izquierda y derecha, entre caídas del bicho, para acabar encimista en la oreja del animal y dándole largos paseos para que el bicho se recuperara. Tanto abusó del “probetico”, que a la hora de matar le costó una barbaridad que se plantase porque hizo ademán de rajarse a tablas. Lo liquidó de media estocada, con pérdida de muleta, un aviso y dos descabellos.
El quinto, y no les vuelvo a contar el calvario al que nos sometió la presidencia de Villar del Río, fue el segundo sobrero del hierro de Fermín Bohórquez, toro preparado para rejones habitualmente. Así que ya saben, cara a media altura, nada por bajo y corretear por delante. Ismael Martín volvió a recibirlo a porta gayola, y después de varias carreras, lo paró bien a la verónica, las cosas son como son. En varas no hizo el toro gran cosa, aunque ayer volvieron a romperse tres varas por comprarlas en los chinos de la pedanía vecina. El quite de Martín por verónicas no tuvo mucho interés, porque el toro pasaba por allí, o se le paró; y el Navalón fueron unas chicuelinas sin un sólo “bieeeennnn”, estimen su interés, ni en mi pueblo son tan desagradecidos. Pareó de nuevo Martín, como el Fandi, y tras dos pares pasados, dejó uno a la moviola, corriendo hacia atrás, vaya, entre los pitones, porque el toro le ganó terreno en el cuarteo hacia el… no sé como definirlo: la espalda, hacia atrás, hacia el pasado…Y volvimos a lo pueblerino, con nuevo y espectacular comienzo de la faena de rodillas, con un afarolado que luego ligó con otros pases de rodillas y ya se puso de pie. El toro se le quedaba en los últimos muletazos… Le dio unas series con la derecha, en paralelo, fuerita, algo enganchados, antes de pasar al encimismo porque al toro le costaba mucho embestir, y ni humillaba ni terminaba de pasar. Todavía más encimista, con la mayor parte de los pases situado el diestro en la oreja, pero al público le entusiasmaron. Unas bernardinas finales, ajustadas, pero enganchadas, un pinchazo arriba, una estocada baja, un aviso y el generoso público de mi pueblo, entregado a la causa, le obligó a dar la vuelta tras una bastante insuficiente petición, incluso para Pepe Isbert.
En el sexto toro de Montalvo, como ya era habitual en este festejo de pueblo, Samuel Navalón se fue a porta gayola, aunque se quedó en los medios de cualquier coso de España… Le daría la consabida larga afarolada, que luego repitió, por si no la habíamos visto en el tercio, con el toro a su aire, corriendo por la plaza. Al fin lo paró con un farol de rodillas a dos manos y varios lances ya de pie a la verónica, parándolo, bien, por fin, menos mal. Pasó el bicho por varas, como Mr. Marshall por… ya saben, el picador cumplió, es cierto, y lo tiró al suelo (al toro) Garrido al darle unas a modo de verónicas. Mal banderilleado. Y, adivinen cómo comenzó la faena… pues sí, de rodillas en los medios, acertaron. Emulación franca y clara, afán de repetir lo que hacen los demás, iniciativa (no legislativa) al canto. Al menos tuvo la precaución de dárselos de abajo a arriba, antes de ponerse de pie. La siguiente serie, por la derecha, fue ya periférica, con el toro con cierta boyantía repitiendo. Tiró mucha línea el matador antes de coger la zurda. En ésta y desde fuera, el toro se le paró a medio pase y en vez de rectificar la posición, el diestro se quedó parado y le cogió, infiriéndole (término técnico, no se preocupen) una cornada en la pierna. No se arredró, echó a la gente al callejón, y en lugar de irse a la enfermería siguió toreando, como si nada, con la izquierda. En alguno de los pases lo llevó toreado, pero en otros no, pero la gente no supo valorar el mérito, acostumbrados al toreo pueblerino. Y lo tuvo, porque hacerlo herido lo tiene y mucho. Pero como la respuesta ante el toreo verdad era escaso, volvió al encimismo populista, y ahora sí que le aplaudieron, por favor… Alardes encimistas en la pala del pitón, las diez menos doce en el reloj de la plaza (y lo digo porque ya verán), unas bernardinas finales, con susto al final y pérdida de la espalda, un aviso desde Villar del Río, y un larguísimo proceso preparatorio para cuadrar al toro, porque éste no dejaba de escarbar al haberse pasado de faena… Cosas que pasan. Dio un pinchazo caído, con desarme, vuelta a intentar cuadrarlo y vuelve el toro a escarbar, y estocada entera, contraria, y segundo aviso. Las gentes se olvidaron de todo porque ya había pasado las diez menos diez, el festejo más largo de este ciclo isidril, y se fueron a cenar donde fuese… ¡Qué ingratitud!
Se podrá argüir que los tres matadores estuvieron dispuestos, que lo dieron todo, que salieron como novilleros dispuestos a dejarse la piel, que… Pero miren, son matadores de toros, no novilleros, estaban en Madrid -ayer plaza de tercera o cuarta o portátil-, y en cuanto a la disposición, suponemos que han de tenerla todos, siempre y en cualquier lugar, porque para eso les pagan… o eso, ingenuamente, suponemos. El sindicato sabrá. Lo que no podemos permitir es que a Madrid, a Las Ventas, se la convierta en el Circo Price o en una plaza de pueblo, por más que yo grite ¡Viva Madrid que es mi pueblo!