¡¡PERO QUÉ QUEDRÁN!! (decía el castizo)

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¡¡PERO QUÉ QUEDRÁN!! (decía el castizo)

  • Fermín Spínola: (turquesa y oro), estocada caída –silencio-; aviso, bajonazo –silencio-.
  • Serafín Marín: (azul marino y oro), pinchazo perdiendo la muleta, estocada defectuosa, aviso y descabello –palmas-; tres pinchazos, aviso y estocada baja –silencio-.
  • Rubén Pinar: (naranja y oro), estocada en lo alto, aviso –algunos pitos-; media que basta –silencio-.

Salieron seis toros con uniformes hechuras y presencia de toro de lidia. En peso parejo, lustrosos, cuello corto y musculado, tronco fuerte, cilíndrico, lomos anchos, grupa musculada, pecho ancho y poderoso, tórax en cajón, vientre recogido, finos de cabos y pezuñas pequeñas. Si a eso unimos la nobleza, casta y bravura de algunos de ellos felicitemos al ganadero por la forma de venir a esta plaza y a nosotros por disfrutar de esta presentación. Salieron seis toros pero no toreros. Bueno, tampoco hay que exagerar, digamos que salieron seis toros y estuvieron tres toreros.

Día 27 de mayo En varas, pues de todo. Por la forma de ejecutar la suerte hubo picadores - los menos - y picatoros, que no es lo mismo. Correcto el piquero en el primer toro de Pinar, citando de frente, dejando la vara en su sitio, agarrándose bien, pero al final acabando el toro en la grupa del caballo en el primer puyazo y siendo picotazo el segundo pese a su buena ejecución. Dos buenos puyazos en el segundo toro de Marín aunque quizá castigando en exceso que acabó pasando factura. Luego, los picatoros con el vicio de colocar la puya trasera para conseguir con un puyazo el efecto de tres por la posibilidad de mayor penetración de la vara, caso del primer toro de este diestro que empujó muy bien, los dos en la paletilla al segundo de Spínola, el también vicio de no levantar la vara consumado el puyazo y dejar fijado el palo si es que el toro se encela - quinto de la tarde - para seguir castigando a modo. Y a todo esto el diestro de turno, recogido el capote por la esclavina, mirando al peón en sus disimulados intentos de sacarlo de la suerte. Hoy por hoy no hay maestro que saque al toro del caballo. Los toreros de ahora dicen que esa es labor de subalternos. Que a ellos les corresponden solamente las verónicas con manos bajas y hondura rondeña, o con manos más altas y pajolera gracia sevillana, las medias verónicas del remate de la tanda y paren ustedes de contar, para que a continuación nuevamente coja el peón al toro para colocarlo otra vez en suerte. Decía Marcial Lalanda en su Tauromaquia que esto es un verdadero contrasentido, afirmando que en sus tiempos no se hubiera permitido que un banderillero sacara el toro del caballo, continuando que, si algún diestro lo hubiera tolerado, la bronca habría sido épica. Claro, ahora tenemos otras formas y otros públicos.

Como ya he dicho, Fermín Spínola estuvo allí. Como ausente, sin ganas, derechazos insulsos, sin ponerse, pesado hasta decir basta y todo ello ante un primer toro que de bueno y bondadoso era tontorrón, vamos, más tierno que el Día de la Madre. Destacar en su segundo el extraordinario par de banderillas de El Chano que le redimió del horroroso capote armado de varillas que sacó, más grande que la vela de un catamarán desplegada, vamos, que hasta le costó poder meterlo en la plaza. Que se le rajase pronto el toro a Spínola no le disculpa de su abulia, vulgaridad, muletazos rectificando y saliendo a correr para colocarse de nuevo… En fin, nada. A reseñar, solo los pases de tanteo con rodilla genuflexa con que inició la faena ¿Para qué viene así, hombre?.

Salió el primero de Serafín Marín que daba gusto verlo, con picante, pespuntea en el burladero de capotes, engalla la cabeza y acude rápido al capote del torero, que lo recibe con cinco buenas verónicas rematadas con dos medias. Con la muleta no estuvo Marín a la altura del toro. Las series que se sucedieron con la derecha, fuera de sitio, algún que otro enganchón y el inevitable de pecho embarullado, no se correspondían con la embestida del animal, todo nobleza y casta que repetía sin cansarse como diciendo, aquí me tienes. Solo tuvo enjundia una tanda de redondos finalizada con el de pecho totalmente distanciado. Naturales sin mando y vulgares y al final el toro sin torear. Las manoletinas con que acabó, muy apretadas, intentaron remediar lo que para su infortunio ya había pasado. La ovación al toro en el arrastre, seguro habrá hecho pensar a este honrado torero la ocasión perdida. Su otro toro, sin ser de la categoría del anterior, se dejó también torear hasta que pronto comenzó a rajarse y defenderse con continuos cabezazos. Ahí lo supo aguantar pero aquello estaba acabado. Me queda la duda de si el comportamiento del animal era consecuencia de su condición o que el piquero lo dejó en lamentable estado tras el castigo recibido, ya lo he comentado, que hizo que el toro acabara defendiéndose.

Día 27 de mayo Y salió Camarito, castaño, primero de Pinar, de extraordinario tranco, se le trató no mal en el caballo y ahí estaba presto a la muleta del matador. Pinar lo cita a veinte o treinta metros y el toro se le viene con una arrancada franca, para tomar el engaño con la seriedad propia de su codicia en los seis derechazos buenos de su matador. Y a partir de ahí empieza a equivocarse Pinar. Hasta tres veces se marcha a treinta metros del toro para luego desandar bastantes pasos y continuar así citando. El toro se le sigue viniendo pero es equivocada esa forma de torear a un toro de semejante nobleza, casta y codicia, como he dicho antes y el temple con que embiste. A ese toro la faena se le hace en seis metros cuadrados, reunida, mandando, corriendo la mano con largura, mimando esa boyante embestida, pero no, allí lo que hubo fueron idas y venidas, pases y más pases anodinos que cuanto más se daban más se echaba de menos el toreo hermoso y profundo que requería ese pedazo de toro. En resumen, Pinar se va a acordar durante mucho tiempo de Camarito y de lo que es un toro bravo, al que no se puede torear con el monocorde y único estilo que conocen estas mal llamadas figuras del toreo moderno. Su segundo, rajado, no embestía aunque, eso sí, besaba el capote cuando se lo ponía; aparte de matarlo poco se podía hacer, aunque ya puesto podía habernos ahorrado el feísimo gesto, impropio de matador de toros, de salir corriendo despavorido y tomar de mala forma el olivo, después de ser desarmado al derrotar el toro en el capote. Hay recursos para evitar esto.

Y después de la corrida que salió les diría el castizo a los toreros, ¿QUÉ QUEDRÉIS AHORA?.

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