¡Se van sin torear!

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11 Abril 2010 | Escrito por Pedro del Cerro | Fotografías de Constante

Novillada con picadores. Seis novillos de la ganadería de Fidel San Román se estoquearon esta tarde, de encaste Marqués de Villamarta, con un cuarto de entrada en los tendidos y un clima propicio para las buenas tardes de toros. Los animales, en líneas generales, mostraron cuajo de toros, con las desigualdades lógicas de un encaste que aglutina tantas sangres; no obstante, hay que destacar lo parejo del encierro en la báscula y el remate que lucían de pitón a rabo. Presentaron las complicaciones lógicas de la casta, algunos desarrollando aviesas intenciones y otros entregándose por derecho a la muleta que los provocaba. Por encima de todos, hay que destacar al corrido en segundo lugar, “Tigretón”, que en la muleta embistió con bravura y fue despedido con una fuerte ovación del respetable.


ROMÁN MARCOS “EL PELA”: AVISO, media estocada caída y atravesada, innumerables descabellos; leves pitos. Tres pinchazos y bajonazo, pitos.

IGNACIO GONZÁLEZ: AVISO, tres pinchazos y estocada; silencio. AVISO, pinchazo, estocada delantera y contraria; saludos.

GÓMEZ DEL PILAR: Media estocada delantera y dos descabellos; saludos entre protestas. Media estocada en la cruz; oreja.


Presidencia: Don Julio Martínez que, en primer lugar, no debió de aprobar varios animales que salieron por chiqueros pues no requerían el trapio que se debe exigir en esta plaza; muy hábil a la hora de cambiar el tercio, estando el toro recibiendo el segundo picotazo. Debió devolver algún toro por flojedad, sobre todo el cuarto que estaba inválido.

Tercio de varas: Al ser la corrida tan chica y ante tanta muestra de flojedad los varilargueros no sudaron mucho, tan solo el reseñado anteriormente fue el que menos mal cumplió con su labor, picando menos trasero que sus compañeros.

Cuadrillas: Sobresalieron en la brega los hermanos Ángel y José Otero, pero en banderillas nos recordaron a todos la torería, la belleza y la hombría de ese tercio. José, en el primero de la tarde, con dos pares clásicos y bien ejecutados, dejándose ver y saliendo airoso de la suerte, tuvo que desmonterarse y corresponder al reconocimiento del público. Ángel, con el que hacía cuarto, nos hizo vivir la emoción de un par sublime, lo citó muy largo y el novillo, que ya salió huyendo del caballo poco antes, arrancó al galope y enrabietado hacia los terrenos del cuatro que tanto gustan a los mansos. Ángel cuarteó paciente y parsimonioso y en el último momento, cuando todos veíamos a ese hombre en la enfermería o cosa aún peor, le puso los palos en lo alto del morrillo y ante los mismos hocicos. El novillo se quedó sentado de culo y los aficionados nos levantamos ipso facto de la piedra para aplaudir con mucha fuerza uno de los pares más emocionantes que yo recuerdo, extraordinario. Irremediablemente saludó montera en mano una calurosa ovación.

Tercio de varas: Mal, en general se picó trasero y en algunas ocasiones en los bajos. Los del castoreño están muy acomodados en el lugar que ocupan; con esos rígidos petos y esas mastodónticas cabalgaduras que muy pocos saben montar, ni siquiera vemos que se molesten en tratar de hacer bien la suerte y cada día me pregunto si tiene sentido que aún vistan de oro. Por otra parte, entre los de a pie, cada vez escasea más la afición y el buen gusto por una buena lidia que ofrezca al menos un tercio de varas lucido.


Brevemente les cuento que “El Pela” ha vuelto a los ruedos con más miedo que nunca y una impericia total y absoluta. Su primero metía la cara y tenía faena, incluso fue protestado por su flojedad de remos, pero él se dedicó a corretear medroso alrededor del bicho y a buscar excusas, cambiando de muleta hasta tres veces sin saber por qué motivo, ya que ni siquiera hizo falta tirar papelillos, de la calma chicha que reinaba en Las Ventas esta tarde.

El cuarto fue un ejemplar más bajo y regordío que sus hermanos, muy serio, con poder y cogiendo resabios poco a poco. Imagínense lo que hizo “El Pela” con tan exigente material: el paripé. Varios trapazos infames, un desarme y pérdidas constantes de tiempo a pocos metros de la cara del novillo, esperando no se sabe qué, para pegarle el primer muletazo de la tanda, algo que exasperó al tendido y así se le hizo saber. Luego, un desastre. Para rematar su lamentable actuación, cuando este novillo yacía muerto sobre la arena y “El Pela” era objeto de una lógica y merecida bronca, en un arrebato mezcla de impotencia, soberbia y mala educación taurina, se encaró con el tendido siete y dedicó unas reverencias a los aficionados que lo poblaban. Debe saber este novillero que el público de toros es soberano y hay que acatar con educación y resignación el veredicto, que las broncas forman parte del espectáculo tanto como las ovaciones. Así es y ha sido desde tiempo inmemorial en la plaza de Madrid.

Ignacio González se las vio con el mejor ejemplar de la tarde, “Tigretón”, un buen mozo de capa negra, más ligero que sus hermanos, fino de cabos y de mazorcas, que ya de salida mostró sus intenciones repitiendo con codicia al vulgar capote del novillero, que lo paró como buenamente pudo, rematando con una media. Empujó con ganas en la primera vara hasta que dio con el caballo en tablas, con los dos pitones y a media altura. Otra nueva arrancada hacia el caballo, que fue sorprendido por detrás cuando el picador daba la vuelta para corregir la posición y provocar al novillo, que en esta ocasión se escapó sin castigo. Lo colocaron en suerte una tercera vez, no muy lejos, arrancándose con celeridad “Tigreton” y empujó con vigor hasta dar nuevamente con el caballo en tablas. En banderillas mostró fijeza por todo aquel que le provocaba aunque se dolió de los palos. Hasta nueve tandas dio Ignacio González con la muleta, sin llegar a calentar al público, que se lamentaba de ver desaprovechadas las francas embestidas del novillo, que humillaba y repetía codicioso una y otra vez por ambos pitones. Ignacio nunca sometió y dominó las embestidas del animal y practicó el toreo rectilíneo y ventajista que ahora tanto se lleva, lo que a mí me hace incluirle en el saco de la vulgaridad que prevalece entre los de a pie.

El quinto, un galán llamado “Pelusón”, fue a menos durante la lidia. Aun así, en el tercio de muerte tuvo noble condición, lo que ayudó a Ignacio González a permanecer en la cara hasta que le dieron un aviso. Del toreo que practicó les digo lo mismo que en el anterior, quitando algunos muletazos sueltos, no dice apenas nada. La rápida y espectacular muerte del novillo, tras la estocada casi pescuecera con que lo despachó, calentó los ánimos del público que le tocó las palmas y motivó al novillero para salir rápidamente al tercio a saludar.

Se presentó en esta plaza el novillero que cerraba la terna, Gómez del Pilar, forjado en la Escuela de Tauromaquia de Madrid, aunque naciera en la toledana Illescas. En el transcurso del festejo hizo gala de grandes carencias técnicas y tampoco llamó la atención el corte artístico o estético que mostró. Sin embargo, estuvo muy impetuoso toda la tarde, con ganas y a veces con el valor irracional lógico en novilleros tan nuevos. Hizo acto de presencia en el segundo de la tarde haciendo un vistoso quite por navarras rematado con una media de rodillas. Despachó rápidamente a su primero que, debido a la lidia nefasta recibida, desarrolló mucho sentido y exigía mucho en la muleta, requiriendo una faena de castigo y poder que lo llevara constantemente muy tapado. No lo hizo así el novillero y prueba de ello es el topetazo que le dio el bicho con el testuz, afortunadamente sin mayores consecuencias. El último de la tarde fue un buen ejemplar para la muleta, al que Gómez del Pilar le dio pases y más pases, mal colocado la mayoría de las veces. En la última fase de la faena practicó el arrimón, ese que tan buenos resultados da, terminando con unas ajustadas bernardinas con las que ciertamente se jugó el pellejo. Muy efectiva la media lagartijera en el sitio, bien ejecutada, más que suficiente para que el público, contagiado por el entusiasmo de familiares y amigos, reclamara mayoritariamente la oreja del novillo que el señor Trinidad no tuvo más remedio que conceder.

Un interesante festejo para los aficionados, dada la agresividad que todos los novillos mostraron, mínimo exigible en cualquier animal de lidia. Lástima que los de a pie no aprovecharan el juego de algunos de los animales, porque toreo del bueno se vio muy pero que muy poquito. Como tantas veces sucede: ¡Se van sin torear!.

 

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