Tarde de seriedad y honradez en el ruedo

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04 de octubre de 2015 | Escrito por Yolanda Fernández Fernández-Cuesta | Fotografías de Constante

Interesante corrida de toros en la que se lidiaron seis ejemplares de Adolfo Martín, Albaserradas puros, desiguales de presencia, flojos en general, encastados; sin ser ninguna alimaña, presentaron los problemas lógicos de su encaste, desarrollando sentido y complicaciones cuando no se les hacían bien las cosas. La mayoría cornalones, alguno corniveleto, con exceso de romana el primero y demasiado escurrido el tercero. Los más cómodos para la muleta el quinto y el sexto. Todos murieron con la boca cerrada.

Más de tres cuartos de plaza en tarde grisácea y con viento molesto.


Rafaelillo, vestido de “catafalco y oro”. Pinchazo, estocada algo trasera y contraria; saludos desde los medios. Pinchazo, estocada trasera y caída. Palmas desde el tercio

Fernando Robleño, de “blanco y plata con cabos negros”. Pinchazo sin soltar y estocada desprendida; silencio. Estocada en lo alto; silencio.

Paco Ureña, vestido de “rosa y oro”. Pinchazo sin soltar intentando en la suerte de recibir, estocada muy trasera y desprendida; Ovación. Pinchazo, estocada que hace guardia, un aviso y estocada trasera. Ovación y vuelta al ruedo.


Presidencia: Nada reseñable de la actuación de D. Julio Martínez.

Tercio de varas: abuso de puyazos con saña tapando la salida, en general traseros y abuso de la carioca. Mala colocación de los picadores situándose en algún caso casi en el tendido nueve sin hacer la suerte. Pedro Iturralde, aplaudido en el tercero.

Cuadrillas: en general recibieron mala lidia lo que hizo que los toros aprendieran “latín” y dieran más problemas. Se desmonteró con justicia Jesús Romero en el quinto y fue aplaudido Raúl Ruiz de la cuadrilla del Robleño.

Los toros:
Primer toro: Aviador, de 575 kgs. Exceso de kilos para este encaste, flojo de manos, con casta de malas intenciones. Desde el principio se mostró poco claro y traicionero. Mal lidiado recibe un picotazo trasero y caído del picador de guardia sin rectificar y otro más a contraquerencia en igual sitio; el toro no empuja, sale flojeando. Silencio.

Segundo toro: Fogonero, de 526 kgs. También flojo, manso encastado. Puyazo fuerte trasero barrenando y un segundo puyazo sin emplearse demasiado el toro. Silencio.

Tercer toro: Rizos, con 502 kgs. Aplaudido de salida corniveleto, escurrido de hechuras, flojo, encastado. Puyazo en lo alto y picotazo sin empujar. División de opiniones en el arrastre.

Cuarto toro: Baratillo, de 527 kgs. Bravucón y encastado que desarrolló mucho peligro. Mal colocado recibió un puyazo duro y el segundo desde lejos acudió al encuentro recibiendo un puyazo bajo. Silencio.

Quinto toro: Horquillero, con 520 kgs. Recibido con ligeras palmas, buena arboladura, blando de manos, con casta, mansote y más noble que los anteriores. Pésima actuación del picador, puyazo del que sale blandeando y picotazo caído. Silencio.

Sexto toro: Murciano, de 545 kgs. Bravo y encastado, el más noble y manejable, también flojo. Puyazo sin empujar y picotazo trasero. Palmas en el arrastre.


Después de aguantar un abono de otoño desastroso en el balance ganadero, se anunciaba una corrida de los “adolfos” para rematar esta miniferia; los “Albaserradas” siempre son esperados con expectación por los aficionados pues de algo estamos seguros, no nos vamos a aburrir.

La corrida en su conjunto no fue ni mala ni buena, ni de peligrosas alimañas ni de toritos tontorrones, ni mansos del todo ni bravos … pero tuvo un gran interés y desde luego se cumplió el pronóstico. Hubo de todo menos aburrimiento, y eso en estos tiempos, ya es mucho. La terna la componían tres toreros de acreditado valor y oficio para estas lides, que pusieron todo lo que pudieron y sabían con mejor o peor acierto, lo que es muy meritorio, también en estos tiempos. Eso sí, quizás llevados a torear a ”lo moderno”, dieron muchas bazas a unos toros a los que hay que hacer las cosas muy bien desde el principio, dejar muy claro quién manda, e impedir que aprendan rápido las artes de buscar el cuerpo y las zapatillas. Toros listos, con casta, mala o buena, pero con ella, que necesitan toreros con mando y mucha técnica, pues a la más mínima, puntean, buscan y tiran gañafones; y de ahí al hule, no hay más que un paso. Hay que hacerles las cosas muy bien y después de lidiarlos si se puede, torear.

Esto es más o menos lo que dice el catecismo de los albaserradas pero la realidad casi siempre es otra. Rafaelillo venía con ganas después de su emocionante faena en San Isidro y estuvo con el pundonor y la honradez que le caracteriza pero le tocó el lote más complicado de la tarde. Con su primero, un toro traicionero, incierto y muy peligroso, cumplió; después de recibirlo de capa con lances por bajo, comenzó su faena muy torera, con pases por bajo de tanteo; el toro rebañaba, con oleadas inciertas sin embestir por derecho. El toro pronto vio cuerpo donde debía ver muleta pues el torero le retiraba el engaño a mitad del pase revolviéndose la res y creando más problemas todavía, dejando espacios por donde el toro tiraba gañafones constantes, quedando en permanente peligro y a merced del toro. Mató como pudo y acabó mirando a los tendidos como para pedir el aplauso ante la hazaña hecha. En su segundo y tras ejecutar unas verónicas casi de rodillas para parar al toro muy toreras, brinda al público y comienza una faena por bajo intentando dar naturales sin mando ni temple, cortándole el viaje, y rectificando constantemente. Cambio de mano ante un susto pero continúa con un toreo precipitado con mucho pico, sin rematar. Y el toro metía la cabeza pero claro dejando espacios por donde se colaba el peligro. Después de querernos mostrar “lo imposible” de su toreo acabó con él. Recibió cariñosas y generosas palmas.

Robleño, toreo valiente que traga con ganaderías duras, no tuvo su tarde. Su primero llegó a la muleta con poco fondo y se dedicó a darle mantazos sin temple, sin pasar, tirando del animal sin correr la mano de manera precipitada, unipase y colocarse para el siguiente; y el mismo problema: dejando espacios entre la muleta y el animal que era un coladero de problemas. ¿No saben estos chicos que hay que machetear al toro, ahormar su embestida, y no dejar que se haga el dueño de la pelea?. El quinto salió manseando y llegó a la muleta sin fondo. De nuevo la misma receta, mantazos sin mando ni lidia. Voluntarioso, pasó el trago sin pena ni gloria. Otra vez será.

Y llegó Ureña…con muchas ganas por aprovechar la ocasión y a fe que lo hizo. Tras recetar a su primero una buena tanda de verónicas brinda al público. Faena con emotividad y riesgo, pero claro eso no debe ser todo, primer susto, el torero se enrabieta, ya tenemos el “efecto López Simón” se descalza, busca la complicidad del público y asoma el tremendismo. Mal situado de nuevo otro susto; pases sin mando, sin rematar, dejando al descubierto al torero y el público asustado. ¿Pero torear? Nada. Con el bravo sexto, el más noble y toreable, fue otra cosa. Llegó el verdadero toreo de emoción y temple. Tras unas verónicas con torería de recibo, empezó la faena con un trasteo por bajo llevándose al toro casi a los medios. Con la derecha de nuevo un revolcón, el torero se viene arriba y le receta unos derechazos con temple y mando y con la izquierda después de dar una tanda vulgar y a las afueras…se produjo el milagro: se coloca a pies juntos de frente y le torea con naturales emocionantes, largos y profundos. La torería y el temple aparecieron en la tarde de manera casi mágica, me parece que ni siquiera él se lo esperaba, llevando la emoción a los tendidos; mató mal y perdió su oportunidad de triunfar en Madrid, no era de dos orejas pero con el público a su favor quizás habría abierto la Puerta Grande. Eso sí, la vuelta al ruedo con el aplauso unánime de todos le debió saber a gloria. Esperemos que Ureña y el resto de la terna sean muy tenidos en cuenta para San Isidro, se lo han merecido.

Y se acabó la tarde y se sucedieron las despedidas, las recomendaciones: ”cuídate…”, “espero que nos veamos…”, recuerdos… “. Se acaba la temporada y los aficionados nos refugiaremos en las pocas tertulias que nos quedan, leer libros, ver viejas fotos sepias y revisar vídeos de faenas inmortales. Con la esperanza de volver a emocionarnos con una verónica, un natural y una buena estocada. Si nos dejan.

 

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