El domingo 27 de julio, en Orthez, plaza vascofrancesa donde aún impera la verdad y la seriedad del toro, saltó al ruedo en sexto lugar el número 40 de Dolores Aguirre: Yegüizo, nacido en diciembre de 2020, negro levemente chorreado, hondo y de buen trapío, sin exageraciones en su arboladura y perfectamente proporcionado para cumplir con la exigencia de la lidia.
Hasta allí acudimos, como cada año, varios aficionados de la Asociación El Toro de Madrid. No vamos por turismo, sino por necesidad. Orthez no se visita: se conquista. Es una cita con la autenticidad, un rito que empieza en la carretera francesa al amanecer, con el runrún de la espera, el polvo del camino y el silencio reverente de un pueblo que aguarda al toro como a un dios antiguo.
El cartel anunciaba desafío ganadero entre Dolores Aguirre y Veiga Teixeira. Pero los desafíos de verdad no se cuentan por premios, sino por lo que dejan en la memoria. Y aquella tarde, entre la impronta portuguesa y la casta sevillana, brilló un nombre propio: Yegüizo, un toro que hizo de su bravura la razón de ser de aquella tarde en Orthez.
Desde que apareció por chiqueros, el toro dejó claro que no venía a pasar inadvertido. En el primer encuentro a caballo, con Gabin Réhabi montando a Cyrus —con el que Bonijol había entrenado esa misma mañana—, Yegüizo derribó con violencia, volteando al caballo y dejándolo patas arriba como un muñeco de feria. El empuje con los riñones, el rabo erguido y aquel aire de fiereza antigua evocaban estampas de otro tiempo. El tordo de Bonijol salió ileso, pero la montura quedó para museo de arqueología. Fue entonces necesario recurrir a Excalibur, un caballo que hizo honor a su nombre y que supo plantar cara a la tormenta de Dolores.
El segundo puyazo confirmó la impresión inicial: Yegüizo acudía fijo, humillando, mostrando toda su bravura y poder. La plaza contuvo la respiración; lo que se vivía no era un mero trámite, sino un tercio de varas excepcional, donde cada acometida del toro recordaba por qué la lidia a caballo sigue siendo la prueba suprema de la bravura de un animal íntegro.
En la tercera vara, el matador colocó al toro en toriles y Réhabi, sobrepasando las dos rayas con temple y conocimiento, provocó que Yegüizo estallara en una bella arrancada que solo un toro de verdad sabe dar: honda, poderosa y llena de transmisión. Bajo el peto la pelea fue intensa; el toro mantuvo fuerza y empuje, entregado de principio a fin. La ovación del público fue unánime.
Un cuarto puyazo, solicitado por el asesor español, redondeó la obra. Ejecutado a distancia, Yegüizo acudió con la misma determinación, rubricando su grandeza. La embestida bajo el hierro fue firme y poderosa, demostrando la bravura propia de los ejemplares de más alta casta. La plaza contenía la respiración, y al rematar el puyazo, los aplausos surgieron espontáneos, rendidos ante la fuerza y la entrega de Yegüizo. Fue la rúbrica de un tercio de varas memorable, ejemplo de cómo un toro se mide con el caballo. La plaza se puso en pie y el aplauso al picador se prolongó, cerrado y emocionado.
Con la muleta, el toro mantuvo la seriedad de su lidia. Aunque amagó en un par de ocasiones con buscar las tablas, respondió siempre con codicia, transmisión y constancia, sin ceder un ápice de su entereza. Cada embestida sostuvo la intensidad del duelo, confirmando que él era el auténtico protagonista de la tarde.
La muerte de Yegüizo no estuvo a la altura de su grandeza: pinchazo arriba y estocada desprendida. Tras sostener con casta y poder los cuatro puyazos y acometer hasta el final, buscó toriles para caer, cerrando allí su destino. Fue un borrón en un libro memorable, pero incluso en ese gesto quedó patente la integridad de un animal dueño absoluto de la tarde.
Los aficionados al toro, peregrinos un año más, éramos conscientes de que habíamos sido testigos de algo irrepetible. No era sólo un toro bravo: era un espejo de integridad y un recordatorio de lo que la tauromaquia auténtica significa frente a la banalidad de tantas plazas. Francia mantiene la liturgia y Orthez, con su veneración al toro, sigue siendo un bastión donde la fiesta aún se respeta. Nosotros la buscamos porque sabemos que la tauromaquia seguirá viva mientras existan toros como Yegüizo y aficionados dispuestos a cruzar kilómetros para honrarlos.
Nuestro viaje, con madrugones, carretera, comidas de paso y debates interminables sobre quién empujó más, no es ocio: es militancia. Ir a Orthez es recordar por qué amamos esto, volver a lo esencial, comprobar que la fiesta no está en luces ni modas, sino en el instante en que un toro se arranca al caballo y toda la plaza contiene el aliento. Ese instante nos lo regaló Yegüizo, número 40, diciembre de 2020, de Dolores Aguirre.
Al regresar a Madrid, cansados pero satisfechos, sabíamos que lo que habíamos visto se quedaba con nosotros. Como aficionados al toro, no podemos pedir más. Yegüizo de Dolores Aguirre, el de Orthez, el que nos devolvió la fe.